blogeditor · 9 de mayo de 2017
Por: Carolina Bustamante
“Ella tiene ese miedo que no tiene nombres que tiene muchos nombres que no sabe sus nombres Ella tiene ese miedo que ella es una imagen que va y viene se aclara y se oscurece el miedo de que ella es el sueño dentro del cráneo de otra persona …”.
Gloria Anzaldúa, Borderlands. La frontera, p.91.
Todas las personas estamos construidas socialmente por el cuerpo y nuestras características físicas. Éstas son más relevantes socialmente y culturalmente de lo que podríamos imaginar, pues antes de conocer los intereses, pensamientos o habilidades de alguien lo primero que juzgamos es la apariencia, es en ella en la que depositamos y experimentamos las desigualdades de género, sexo, raza y condición social.
El cuerpo también es nuestro vehículo hacia el placer y el sufrimiento, es decir, sólo a través de él podemos conocer lo que nos gusta y lo que no, lo que nos causa placer lo que no, lo que nos lastima lo que no, lo que nos asusta y lo que no, y es a través del cuerpo y todos nuestros sentidos que se instalan las experiencias y memorias en nuestro ser.
El cuerpo con el que nacemos marca experiencias diferenciadas abismales a las cuales se suman las desigualdades de sexo-género. Sobre esto último hablaré. En específico de cómo las mujeres, en plural, vivimos y nos reproducimos en los espacios públicos y privados. Aunque no me atrevo a decir que todas las mujeres viven con miedo, sí es una realidad que muchas tememos en diversas actividades de la vida diaria (quizás algunas más que otras, quizás algunas no sientan miedo).
Lo relevante de esto, es que el miedo puede leerse desde el cuerpo y el sexo género, porque por alguna razón el común denominador es temer a que seamos violentadas por ser e identificarnos como mujeres. El común denominador que tenemos es ser agredidas sexualmente, acosadas, abusadas, muertas y que nuestros cuerpos sean heridos brutalmente y expuestos en vía pública.
Sentir miedo va más allá de la individualidad y el presente, representa todas las posibilidades que hay en el futuro a ser agredidas. Sí, parece un laberinto y cómo salir de él si día con día vemos muertes extremadamente violentas, que nos recuerdan que el único delito es “ser mujeres”. Cuando estaba en la pubertad, más de una vez rechacé ser mujer, porque al expresar mi sexualidad, mi feminidad (lo que sea que eso sea) la constante era el “no lo hagas” “porque es peligroso”. No aprendí a sentirme segura y capaz de defenderme frente a las agresiones, pero sí aprendí a temer de noche, sí aprendí a no confiar, sí escuché más de una vez “para qué te vistes así”, aprendí a temer cuando caminaba sola no importando la hora, aprendí a vivir -a VIVIR- con miedo.
Y ¿por qué hablar de esto? porque como dice Sara Ahmed, las emociones también son políticas y delimitan cómo nos relacionamos y reproducimos en el espacio social. En sus palabras:
“El miedo al “mundo” como el escenario de un daño futuro funciona como una forma de violencia en el presente, que encoge los cuerpos y los coloca en un estado de temerosidad, un encogimiento que puede involucrar una negativa a salir de los espacios acotados de la casa o una negativa a habitar lo que está afuera de maneras que anticipan el daño (caminar sola, caminar de noche y así sucesivamente). Dichos sentimientos de vulnerabilidad y miedo moldean los cuerpos de las mujeres, así como la manera en la que esos cuerpos ocupan el espacio. La vulnerabilidad no es una característica inherente a los cuerpos de las mujeres; más bien, es un efecto que funciona para asegurar la feminidad como una delimitación del movimiento en público y una sobre-habitación de lo privado. […] el miedo funciona para alinear el espacio corporal y social: funciona para permitir que algunos cuerpos habiten y se muevan en el espacio público mediante la restricción de la movilidad de otros cuerpos a espacios que están acotados o contenidos.”[1]
El miedo nos cala el cuerpo, nos mantiene hipervigilantes e hipersensibles a los estímulos externos como si de trastorno por estrés postraumático se tratase. Recientemente, leyendo sobre trauma, aprendí que una vez que un trauma ocurre se instala química y físicamente en el cuerpo, sucede que para el caso de “trauma complejo” (aquellos eventos que son reiterados durante largas temporalidades, por ejemplo casos de abuso sexual) el cuerpo y la mente quedan condicionados de alguna manera a reaccionar ante cualquier estímulo que “recuerde” el trauma, puede ser lenguaje sexual, acercamiento de cuerpos extraños sin aviso, posturas corporales abiertas que pueden hacer que perdamos el control, entre otros.
Sí, caminamos hipervigilantes, hipersensibles, escuchamos y estamos atentas cuando las miradas o las palabras se vuelven invasivas, andamos más rápido, vemos por encima del hombro, sí es un trauma, que el contexto social y cultural nos reitera constantemente, que nos lo recuerda cada que muere una mujer violentamente, que nos lo recuerda cada asesinato de mujeres a manos de hombres, que nos lo recuerda cada violación, cada esterilización forzada, cada negación de nuestra libertad.
¿Por qué nos hemos acostumbrado a vivir con miedo? ¿Por qué hemos tenido que desarrollar actitudes defensivas que nos mantengan “protegidas”? ¿Qué espacios son seguros?
Hemos aprendido junto con la feminidad que nuestros cuerpos son frágiles. Pero como se ha dicho arriba la vulnerabilidad no es una característica inherente a los cuerpos de las mujeres… De hecho el silencio y el miedo son parte del paquete de la desigualdad de género y es un mito que lo mejor que podemos hacer para evitar ser lastimadas es dejar que nos lastimen como dice Sharon Marcus; pasará un largo tiempo hasta que ya no seamos violentadas, mientras tanto lucharemos hasta la muerte por nuestras vidas[2].
Por eso hemos decidido ocupar los espacios públicos y privados, hemos decidido seguir gozando la vida aunque los impulsos nos recuerden que no podemos ser completamente libres. Seguimos escribiendo, bailando, teniendo parejas, confiando, amando, nos atrevemos a salir en vestidos, faldas, como se nos antoja, seguimos atreviéndonos a ir más allá de lo que los estereotipos de género nos imponen, salimos a marchar y a exigir alto a la violencia.
Hoy más que nunca tenemos que “imaginar lo que por necesario y urgente, parece imposible: una mujer que crezca sin miedo”[3].
* Carolina Bustamante es Licenciada en Relaciones Internacionales por la FCPyS-UNAM. Se integró al Área de Derechos Sexuales y Reproductivos en 2015.
[1] Ahmed Sara, La política cultural de las emociones, UNAM, Programa Universitario de Género, México, 2015, p. 117.
[2] Marcus Sharon, Fighting Bodies, Fighting Words: A Theory and Politics of Rape Prevention, 2002, p.395-401. Disponible aquí.
[3] Subcomandante Insurgente Galeano, EZLN, Las artes, las ciencias, los pueblos originarios y los sótanos del mundo, 28 de febrero 2016. Disponible aquí.