alejandrohopeeditor · 29 de mayo de 2012
El pasado fin de semana, en los estados de Michoacán y Guanajuato, fueron incendiados cinco bodegas y 42 vehículos de Sabritas, filial de la multinacional Pepsico. Según las declaraciones de unos individuos detenidos, el ataque fue resultado de un intento de extorsión de los Caballeros Templarios en contra de la empresa. Sabritas, por su parte, ha negado que algún grupo criminal haya intentado extorsionarla.
No quiero prejuzgar que hay detrás de esta cadena de incendios. Pero si esto fue una tentativa de extorsión (o de intimidación, para luego extorsionar, o una represalia por sabrá Dios que motivo), estaríamos ante un caso de primerísima importancia. Todos los casos de extorsión o intimidación a empresas son serios y ameritan que las autoridades investiguen a profundidad. Pero este debería de recibir un tratamiento excepcional por al menos cuatro razones:
Muy bien, ¿cómo proteger entonces a Sabritas (y empresas similares)? En primer lugar, hay que hacer lo que aparentemente ya se está empezando a hacer en este caso: detener y procesar a todos los implicados en el ataque. Es necesario mandar el mensaje de que, en este tipo de incidentes, no va a haber impunidad para los perpetradores directos. En segundo lugar, se requieren medidas de disuasión táctica: apretar los sistemas de seguridad interna, reforzar controles de acceso a instalaciones, meter vigilancia adicional en centros de distribución y rutas particularmente expuestos, etc. Con alta probabilidad, la empresa y otras similares ya están en eso (aunque luego se acabe desmintiendo la hipótesis de la extorsión) y han de estar recibiendo apoyo de las autoridades (reforzando patrullajes, escoltando convoys, protegiendo a funcionarios de la empresa, etc.).
Esas acciones son necesarias, pero insuficientes. Creo que ya debería de quedarnos claro que meter a la cárcel a autores materiales de delitos específicos no tiene efectos disuasivos suficientes sobre los grupos a los que pertenecen (en muchos casos, esos individuos son absolutamente dispensables). La disuasión táctica puede ser muy útil, pero, en empresas con amplísimas redes de distribución, es difícil cubrir todos los flancos vulnerables. Se requiere por tanto pasar al plano estratégico.
Los principios de una respuesta estratégica serían similares a los de mi propuesta anti-masacres: pintar una raya en la arena y dar una respuesta excepcional al grupo que la rebase, en todos sus puntos de vulnerabilidad. En concreto, la estrategia podría funcionar de la siguiente manera:
Como en el caso de las masacres, es válida la objeción de un posible engaño (un grupo extorsionando a una empresa de la lista para incriminar a un grupo rival) y se aplican algunos de los mismos contraargumentos: a) se trataría de un número limitado de empresas e incidentes, lo cual reduciría la posibilidad de error; b) se podrían dedicar en paralelo recursos excepcionales de investigación para no equivocar la atribución organizacional; c) en este caso, se podría potencialmente contar con más elementos materiales para identificar correctamente al grupo agresor (grabaciones, fotos o videos del intento de extorsión, etc.); y d) el grupo incriminado se volvería una fuente valiosísima de información. Asimismo, habría que tener cuidado con los llamados “fakers” (individuos que, sin serlo, se hacen pasar por miembros de una banda de la delincuencia organizada), pero ese parece ser un problema que afecta más a las familias y a los pequeños negocios que a las empresas grandes.
Que quede claro: esto no erradicaría, ni mucho menos, todas las formas de extorsión. Para ello, se requieren otro tipo de estrategias: por ejemplo, se podría replicar la experiencia exitosa de la zona PRONAF en Ciudad Juárez o se podrían aplicar algunas de estas ideas. Esta propuesta simplemente tendería un manto protector sobre algunas de las principales empresas del país. Lo sé: todos los mexicanos nos merecemos protección. Pero supongo que todos reconocemos el valor colectivo de garantizar la seguridad del Presidente de la República, por ejemplo. Algo similar ocurre en este caso: se debe proteger a Sabritas no por ser Sabritas, sino porque si una empresa de ese tamaño puede ser amenazada impunemente por la delincuencia organizada, más vale que Dios nos agarre confesados.