blogeditor · 7 de noviembre de 2013
Hace apenas un año de la reelección de Barack Obama y el siguiente proceso presidencial ya se acerca en Estados Unidos. Primero, claro, habrá que pasar por las elecciones legislativas del año que viene. Sin duda serán cruciales para definir el equilibrio de poder antes de que este país escoja a su próximo presidente. Pero lo cierto es que los ojos de todos están puestos ya en quienes lucharán por la nominación republicana y demócrata.
Como ocurrió en el 2008, ambos partidos tendrán primarias completamente abiertas e impredecibles. Es una circunstancia poco común: generalmente, el partido en el poder nomina al presidente en turno para una reelección o a su vicepresidente, candidato natural para buscar la continuidad. En esta ocasión, los demócratas tienen a un vicepresidente que seguramente buscará la candidatura, pero sin el ímpetu o apoyo necesarios. Lo más probable es que los demócratas elijan a Hillary Clinton, si es que decide finalmente buscar la presidencia (sería extrañísimo que no lo hiciera, dada su trayectoria y bien ganada popularidad).
[contextly_sidebar id=”d5a6c73cdc5f9c161619c32ef3b74351″]El caso de los republicanos es distinto. Ahí, nos espera una batalla de verdad épica. Hay al menos cinco o seis posibles candidatos que, dadas las circunstancias propicias, podrían quedarse con la nominación. La pregunta central es si el partido elegirá postular a un conservador radical o a un moderado para intentar vencer a Clinton. Del lado de los conservadores hay varios aspirantes: los senadores Ted Cruz y Marco Rubio –o el polémico gobernador de Wisconsin, Scott Walker– seguramente buscarán la candidatura. En el bando de los moderados destacan dos nombres. Jeb Bush, ex gobernador de Florida y, sin duda, el mejor heredero de la mejor versión de la dinastía Bush, y Chris Christie, el popular gobernador de Nueva Jersey. Es este último el que resulta la figura más interesante, al menos por el momento.
Christie acaba de ganar cómodamente la reelección en su estado y ha dicho con toda claridad que su siguiente objetivo es la Casa Blanca. Para alcanzarlo, sin embargo, enfrenta obstáculos de toda índole. Evidentemente, el primero de ellos será su condición de moderado. El establishment republicano parece no estar de humor para candidatos de ideas moderadas. Increíblemente, tras las dos derrotas en el 2008 y 2012, los republicanos parecen haber decidido que la solución está no en la moderación sino en la radicalización. Están equivocados, pero esa es harina de otro costal. El caso es que, si la obstinación conservadora impera, Christie estará perdido.
Si de milagro logra convencer a sus copartidarios de la importancia de pelear por el centro del espectro político, Christie enfrentará otros retos que pueden sonar triviales pero que son significativos. Uno de ellos es su peso. Y me refiero no a su peso político sino a su peso corporal: la obesidad de Christie rebasa incluso la de el presidente Taft, quien llegó al poder en 1909 pesando 140 kilos. Ya en aquellos tiempos la apariencia importaba en la política. Ahora importa muchísimo más, nos guste o no. Tan Christie sabe que esto puede ser un problema que hace ocho meses se sometió a una cirugía para colocarse una banda gástrica. Desde entonces ha perdido peso, pero sigue siendo un hombre de obesidad evidente.
Aun así, para su fortuna, su carisma es del mismo tamaño que su cintura. Hay quien dice por ejemplo que Christie podría aprovechar su historia de pérdida de peso para ganarse la simpatía del electorado que se vería identificado con el esfuerzo de un hombre común y corriente. No es un escenario descabellado. La identidad del “everyman” es un activo innegable en la política. Además, Christie tiene exactamente 36 meses para llegar a la elección con una cintura digna de presumir. Si los republicanos apuestan por este carismático concursante de la versión presidencial de “Cuánto quieres perder”, la elección del 2016 podría ser mucho más complicada para Hillary Clinton.