Cuando veas las barbas de tu vecino…

blogeditor · 15 de julio de 2021

Cuando veas las barbas de tu vecino…

Esta semana comparto espacio con el médico y científico, Abraham Ochoa. Él tiene un hospital en el Estado de México y ha atendido miles de casos de COVID a lo largo de esta pandemia. Alertó, en su momento, a las autoridades de la entidad para ejecutar acciones de prevención. Construimos en colectivo ideas para una mejor atención de la pandemia.

 

¿Cuáles han sido los eventos más drásticos que provocan cambios radicales y profundos en nuestra civilización? ¿Las guerras mundiales y las guerras civiles? ¿Las crisis económicas? ¿Las revoluciones? ¿Los grandes desarrollos tecnológicos? Éstas eran algunas de las respuestas comunes antes de la pandemia por COVID-19 de 2020. En este siglo XXI, fue un virus de tan solo 100 nanómetros de diámetro el que transformó todas las relaciones sociales, económicas y políticas del mundo tal como las conocíamos.

Cualquier persona en el mundo puede describir en qué ha cambiado su vida a partir de la pandemia. Pueden referirse a amistades y familiares que padecieron la enfermedad y murieron o sobrevivieron en casa o en los sistemas de salud públicos y privados de mayor o menor calidad que los atendieron. Familias que perdieron todos sus recursos por atender a sus familiares en instituciones privadas y otras que perdieron a sus familiares en listas de espera o en los pasillos de los sistemas de salud públicos. Cada ser humano vivió el encierro de forma distinta; con una disparidad profunda entre quienes menos tienen y quienes más tienen en el mundo. Hay millones de personas en el mundo que perdieron sus empleos y sus fuentes de ingresos y, a pesar de la pandemia, tuvieron que salir a buscar un ingreso mínimo para poder comer y alimentar a sus familias. Otro tanto de millones de seres humanos vivieron el encierro estricto a costa de su propia salud mental.

La enfermedad alteró todo: nuestra forma de pensar, relacionarnos o vivir, nuestra economía familiar, nuestra relación con la tecnología, nuestra relación con nuestros gobiernos, y un largo, largo, etcétera. La pandemia desnudó la realidad política mundial y expuso a la opinión pública la capacidad y calidad de los sistemas de salud, así como la competencia o incompetencia de todos los gobiernos para enfrentar una crisis de esta dimensión. Tanto que hoy la estabilidad política de Cuba pende de un hilo; pero lo mismo Brasil, Haití, Colombia, la India o Myanmar.

La competencia de algunos gobiernos es muy digna de reconocerse, así como de las multimillonarias inversiones de los sectores públicos y privados para desarrollar las vacunas.

Un honroso ejemplo de competencia es la República de Mauricio, un país ubicado en el suroeste del océano índico que, hasta el día de hoy, ha reportado solo 18 muertes con 1,858 casos totales. Del mismo modo, Nueva Zelanda ha tenido también un saldo extraordinario con 2,759 casos y 26 muertes. Estas cifras se obtuvieron gracias a una respuesta rápida y contundente del gobierno y la disciplina de los habitantes. Cabe resaltar la enorme disparidad económica que existe entre ambas naciones: la Republica de Mauricio se encuentra en el puesto 123 del ranking mundial del producto interno bruto mientras que Nueva Zelanda ostenta el puesto 52.

La incompetencia gana en ejemplos. En Latinoamérica, Brasil, con un presidente de ultraderecha con el menor porcentaje de aprobación desde que entró al gobierno (22%), tiene un escalofriante numero de infectados y fallecidos por la evidente incapacidad del gobierno para entender, aceptar y controlar la respuesta del gobierno ante una crisis de salud. Desde el pináculo del gobierno se rechaza no sólo la importancia de atención a la pandemia, sino la existencia misma de una crisis que se sigue expandiendo por todo el territorio. Por suerte para la ciudadanía indignada, el contrapeso en la Cámara de Diputados les permite dar una fuerte llamada de atención en muchas decisiones al presidente, como fue el caso de aprobar una renta básica de emergencia para millones de familias que perdieron sus ingresos.

Estados Unidos, por su parte, muestra una imagen clara de que, sin una dirección adecuada, no sirve de nada ni el dinero ni el poder. En solo un año de ocurrencias, desatinos y minimización de la pandemia, Donald Trump pasó de estar en los cuernos de la luna de aprobación a, no solo perder las elecciones de Estados Unidos sino a ser despojado de sus redes sociales por incitar la violencia, en medio de la disputa del reconocimiento de su derrota. Todo porque, aunque el gobierno quiera vender control, el dolor humano evidencia la realidad y su profundidad sin importar el tiempo que tarde en llegar.

Esta última frase nos lleva al Caribe, a una Cuba austera, carente y oprimida por tantos años que ha despertado de un largo letargo, inducido por control político interno y un embargo doloroso y estrujante. Esto fue posible porque una persona puede aprender a aceptar injurias o maltratos, pero no hay quien tolere el hambre y la muerte colectiva por la incapacidad gubernamental. Las cifras oficiales de muertos desentonan con la realidad que vive toda una población. Esto lleva a flor de piel las carencias, el abandono, los problemas y el dolor que llevan sintiendo más de 60 años como ciudadanos. La huella de dolor, diría el Dr. Mauricio Merino, hace tambalear, aparentemente, hasta a los más poderosos regímenes de la historia moderna.

México, por su parte, pareciera empezar a cansarse. La polaridad de las narrativas, vamos muy bien versus todo está mal, ganan terreno en pequeñas burbujas y siguen desgastando el debate público, mientras que las cifras oficiales de la pandemia hablan por sí mismas (más de 235,000 de personas de manera oficial y casi 500 mil personas según las cifras de exceso de mortalidad) y un sistema de salud que fue incapaz de atender con calidad a cientos de miles de personas. El manejo de la pandemia por Gatell fue más un show político de defensa ideológica en las vespertinas que un ejercicio informativo estratégico de atención a la pandemia.

Las elecciones del pasado 6 de junio mostraron que el presidente y su centralización profunda del poder no son invencibles. La mayoría cómoda que lograba en ambas cámaras, ahora requerirá un nuevo equilibrio. Los 30 millones de votos de 2018 se convirtieron en 18 millones de votos aproximadamente en 2021. Así se pierden mayorías, se pierden alcaldías y, finalmente, el poder.

A un año de renovar otras 6 gubernaturas, dos años de que se elija el gobernador del Estado de México, uno de los estados más importantes del país, y a tres años de la elección presidencial, podremos decidir si cambiamos de proyecto de país a uno que nos permita construir un futuro más promisorio e igualitario, en lugar de uno polarizado y sombrío. Ante los escenarios que nos muestran países vecinos y otros países del mundo, bien reza el dicho: cuando veas las barbas de tu vecino cortar, pon las tuyas a remojar.