¿Cuándo tendremos en México un memorial de nuestro genocidio?

Joel Aguirre · 18 de agosto de 2026

¿Cuándo tendremos en México un memorial de nuestro genocidio?

Por Edgar Rubio*

Hay un silencio particular en el Memorial del Genocidio de Kigali, en la capital de Ruanda, que no había sentido en ningún otro lugar del mundo. No es la ausencia de ruido: es el peso de 250,000 personas cuyos restos descansan bajo ese mismo suelo, ordenadas en fosas que se cuentan de 100,000 en 100,000, porque no existe otra forma de nombrar una cifra así de grande y así de humana al mismo tiempo. 

Entre abril y julio de 1994, en apenas 100 días , entre 800,000 y 1 millón de personas, en su inmensa mayoría de la etnia tutsi, junto con miles de hutus moderados que se negaron a empuñar un machete, fueron asesinadas a golpes, a tiros y a filo de arma blanca por sus propios vecinos. Caminando por ese memorial no dejé de preguntarme: ¿cuándo tendremos nosotros un espacio así para nombrar lo nuestro?

Las cifras de México, sin ser un genocidio en el sentido que el derecho internacional le da a la palabra, se acercan a las de Ruanda. Y sin embargo, vivimos una realidad completamente distinta a la que marcó un cambio generacional en aquel país africano.

Ruanda y su clase política decidieron, contra todo pronóstico, apostar por la reconciliación y por la supresión deliberada de la polarización étnica y política, para transitar, con memoria y con justicia como brújulas, hacia una reconstrucción nacional.

Lo hicieron, entre otras cosas, a través de los tribunales gacaca, cortes comunitarias presididas por los propios vecinos, donde más de 1 millón de casos fueron escuchados a la intemperie, frente a quienes habían sido víctimas y frente a quienes habían sido verdugos. Cada 7 de abril, Ruanda entera se detiene durante el Kwibuka (“recordar”, en kinyaruanda) y guarda 100 días de luto nacional, uno por cada día que duró el horror.

Construir espacios para abrazar a las víctimas

Los expertos pueden argumentar, con razón, que se trató de un proceso construido desde el poder, incluso impuesto. Pero, en los hechos, cuando uno camina hoy por las calles de cualquier pueblo o ciudad de Ruanda, se siente más seguro que en muchos lugares de México.

Más allá de analizar a profundidad la política ruandesa, quisiera retomar dos ideas que pueden ayudarnos a mirar con más compasión y más urgencia lo que ocurre cada día en nuestro país.

La primera es la importancia de construir espacios para abrazar a las víctimas y a los sobrevivientes, sin olvidar tampoco a los perpetradores. Resulta profundamente conmovedor escuchar los testimonios de quienes, después de ser juzgados y de buscar el perdón de los únicos que pueden concedérselo, dedican ahora su vida a que las masacres que ellos mismos cometieron no vuelvan a repetirse.

Por otra parte, para los familiares de las víctimas estos espacios de reconciliación y de recuperación de la memoria (de los nombres, de los rostros, de las historias) son esenciales para transformar el dolor en una apuesta de vida por la esperanza. Son también lugares para visitar, para recordar y para insistir, una y otra vez, en que esto no debe volver a ocurrir.

En este sentido, cada uno de los memoriales que he recorrido en ciudades y pueblos de Ruanda me convoca a proponer que espacios así nazcan también en sitios emblemáticos de nuestro país. De alguna forma, ya están naciendo. Lo vi con mis propios ojos en la Glorieta de las Personas Desaparecidas, en la Ciudad de México, donde una joven, con todo el respeto que merecen quienes ya colocaron ahí el rostro de los suyos, buscaba un lugar del tamaño de una hoja carta, para colgar la fotografía de su familiar o de su amiga, también desaparecida.

“Un nombre, mil voces”

Pero tenemos que dar un paso adelante para que el impacto sea mayor. Siguiendo el ejemplo de Ruanda, necesitamos crear un espacio sagrado que cuente nuestra historia, que ponga luz sobre las víctimas y sobre los perpetradores, contando la historia desde su punto de vista y que siembre esperanza para que esto no se repita.

Por eso, desde el Diálogo Nacional por la Paz, lanzamos la campaña “Un nombre, mil voces” para devolverle el rostro a las personas desaparecidas: entre 150,000 y 300,000, según cifras que van desde el registro oficial (132,534 personas siguen desaparecidas de acuerdo con el Registro Nacional de Personas Desaparecidas y No Localizadas hasta marzo de este año) hasta las estimaciones de organizaciones de víctimas y de derechos humanos, que documentan un subregistro histórico. Detrás de cada una de esas cifras hay un rostro, amigos, sueños, historias y anhelos.

Cada una de esas personas amaba y era amada. Sentía la lluvia y el frío, como nosotros. Tenía sed, un equipo de futbol favorito y un guiso al que no le decía que no. Su ausencia es un dolor que no cesa en quienes la buscan, y es, sobre todo, una deuda histórica que no podemos seguir posponiendo.

Al entrar al memorial del genocidio en Kigali, me llegó una imagen que no he podido sacudirme: la de un joven mexicano que, dentro de algunos años (ojalá antes de lo que tememos), entra por primera vez al memorial de las víctimas y las personas desaparecidas de México. ¿Qué historia y qué imágenes se le contarán de esta etapa oscura y siniestra de nuestro país?

Ojalá sea la historia de una nación que supo mirar de frente su dolor y transitar, con memoria y con justicia, hacia la esperanza. Eso, todavía, depende de cada uno de nosotros. Y empieza por decidir, hoy, que no vamos a seguir mirando hacia otro lado.

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*Edgar Rubio es director de comunicación de Diálogo Nacional por la Paz.

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