Animal Político · 9 de marzo de 2026
Por: Sandra Paola Lara Betancourt
En el marco conmemorativo del 8M, resignificar la importancia del trabajo que realizamos también es una muestra de amor propio, sobre todo ante la feminización de los cuidados, los retos de conciliar vida personal y laboral, así como afrontar las diversas violencias que vivimos día con día, donde el descanso se vuelve un acto político con gafas violetas.
Muchas de nosotras crecimos con los cuidados de nuestras abuelas, aunque pequeñas, sabíamos que el cansancio era notorio en sus miradas. La realidad es que con una mano se hacían cargo del cuidado de las infancias mientras con la otra nos preparaban de comer, limpiaban la casa, organizaban los gastos para llegar a fin de mes, y en algunos casos, se alistaban para salir a trabajar, todo ello sin un solo día de descanso a la semana.
Al mismo tiempo, recordamos a nuestras madres, quienes muchas de ellas hacían doble jornada de trabajo remunerado, siempre con prisa y pocas horas de sueño encima, volviendo por la noche para ahora dedicarse a cuidar. Aun así, siempre fueron reconocidas por su desempeño en los puestos laborales que ocuparon, lo demostraban con emoción cuando en la quincena llegaba su bono de productividad o incentivos económicos que les ayudaban a brindarnos una mejor calidad de vida.
Esas imágenes se han vuelto, por generaciones, un ejemplo del referente que tenemos sobre la fortaleza de las mujeres y la importancia de las redes de cuidado. Sin embargo, también nos hizo conscientes de que enfrentamos diversas violencias y desigualdades en nuestros entornos, pues a pesar del cansancio, carga de trabajo, cuidar a otres, cumplir expectativas como la de las trabajadoras ejemplares o madres modelo, el descanso se vuelve un privilegio que contadas veces se puede disfrutar.
Y es que, en datos recientes de la Encuesta Nacional sobre Uso del Tiempo (ENUT), se ha señalado que las mujeres dedican semanalmente 61.1 horas a trabajar, de las cuales, 39.7 son destinadas al trabajo no remunerado; es decir, se distribuyen en 28.2 horas semanales al trabajo doméstico, 13.6 horas al trabajo de cuidados, 2.6 horas al trabajo comunitario, más las 42.2 horas semanales de trabajo para el mercado. Lo cual muestra la evidente falta de corresponsabilidad y distribución de las actividades en el hogar por diversos motivos, entre los que destacan los roles de género o la persistente idea de que las mujeres somos “cuidadoras natas o instintivas”, término mejor conocido en la academia como la feminización del cuidado.
Con esas cifras, podemos comprender por qué la pregunta de ¿cuándo se nos permite descansar de ser mujeres? se agudiza cuando llegamos a otros espacios como la universidad, donde conocemos a las mujeres que se vuelven un modelo a seguir para nosotras en nuestras respectivas carreras. Ya que, muchas de ellas comparten dos factores en común, el primero, ser académicas de excelencia, referentes cada una en su área, con posgrados destacables; mientras que el segundo sale en conversaciones más íntimas: la complejidad de cuidar, maternar y continuar con su profesión sin fracasar en el intento.
No es casualidad, en los contextos laborales se sigue castigando la maternidad y las múltiples facetas que ocupan el tiempo de las mujeres más allá del trabajo. En la actualidad, el mundo del empleo no es del todo adecuado para que, quienes deciden formar una familia, puedan seguir con su desarrollo profesional. Lo cual es más visible en el trato discriminatorio, condicionamiento al otorgar licencias de maternidad, la brecha salarial, poca flexibilidad en los horarios, falta de políticas que concilien vida personal y trabajo, como se menciona en Maternidad y trabajo: el mercado laboral no es apto para madres.
Sin duda, el descanso de calidad al que acceden las mujeres es poco, la absorción del tiempo refleja la urgencia de desfeminizar el trabajo de cuidados y comenzar a fomentar la corresponsabilidad entre personas, familias, empresas así como autoridades gubernamentales, con el fin de garantizar que las condiciones en las que se brindan y reciben los cuidados sean adecuadas para todas las partes. Asimismo, se reafirma la importancia de implementar políticas públicas eficientes por parte del Estado para reconocer el impacto de este trabajo en el funcionamiento de la sociedad.
Como podemos ver, el panorama que vivimos no es nada sencillo, siempre se espera que seamos grandes profesionistas, pero sin dejar de cumplir con el rol de esposas, madres, amas de casa y cuidadoras, mientras se insiste en seguir estándares de belleza insostenibles en una sociedad que no perdona el paso natural del tiempo. Es complejo ser mujer ante una realidad que te exige a gran escala, donde destinar tiempo para el autocuidado te hace sentir culpa por no “aprovechar” en adelantar los eternos pendientes de la agenda.
Este 8M recordemos que sin justicia de tiempo, no hay justicia de género y abracemos al descanso como una muestra de amor propio para cultivarnos, disfrutar de pasatiempos, celebrar los pequeños grandes logros que tenemos y mantener nuestras redes de apoyo. Ello es un acto político de resistencia, uno tan feminista como poderoso, de esos que se ponen sus gafas violetas y te recuerdan que, a pesar de las narrativas actuales donde se busca normalizar la sobreexplotación, merecemos vidas dignas que reconozcan nuestra importancia en la sociedad más allá del trabajo y el cansancio extremo acumulado.
Sandra Paola Lara Betancourt es feminista y actualmente realiza prácticas profesionales en el área de Investigación en @GIRE_mx.