¿Cuándo se nos acaba la salud? Geromedicina antes del “game over”

Animal Político · 1 de octubre de 2026

¿Cuándo se nos acaba la salud? Geromedicina antes del “game over”

En las maquinitas, la salud cabía en una esquina de la pantalla. Una barra, tres corazones. Recibías un golpe y el indicador bajaba; encontrabas un premio y volvía a subir. Cuando llegaba a cero, aparecía el letrero que nadie quería ver: game over, «fin de la partida».

Con el cuerpo llevamos años buscando algo parecido. Un reloj, algo capaz de decirnos cuánta salud tenemos disponible. Ahora esa inquietud tiene una palabra en inglés: healthspan, que podemos traducir como “años de vida saludables”. Se distingue de lifespan, la “duración de la vida”, independientemente del estado de salud. Suena sencillo hasta que intentamos responder cuándo termina la primera.

¿Con la primera cápsula diaria? ¿Al recibir un diagnóstico de diabetes? ¿Cuándo necesitamos ayuda para bañarnos? Si elegimos cualquiera de esas respuestas, estamos midiendo cosas distintas y podemos terminar diciéndole a alguien que sus años saludables acabaron mientras esa persona sigue trabajando, enamorándose y organizando la comida del domingo.

Incluso entre quienes estudian el envejecimiento hay desacuerdo sobre dónde poner esa frontera. Algunos trabajos cuentan los años hasta la aparición de una enfermedad; otros consideran la pérdida de capacidades o de independencia. Una revisión de las definiciones de vida en buena salud encontró esa falta de consenso. Podemos estar usando la misma expresión para describir vidas distintas, y eso complica saber qué estamos logrando cuando prometemos prolongarla.

Esto tiene consecuencias. Si medimos el éxito de la medicina únicamente por los años sin diagnósticos, detectar temprano una enfermedad podría parecer un fracaso estadístico. El expediente suma un padecimiento; la persona, en cambio, gana una oportunidad de atenderlo antes de una complicación. Confundir ambas cosas castiga justamente lo que queremos promover: llegar a tiempo.

Envejecer saludablemente

La Organización Mundial de la Salud ofrece una referencia útil: envejecer saludablemente implica conservar las capacidades que permiten hacer aquello que valoramos. Tener una enfermedad bien controlada puede ser compatible con ese objetivo. Los resultados del laboratorio importan, pero necesitan leerse junto a preguntas que rara vez caben en sus columnas: ¿puedes salir?, ¿escuchas la conversación?, ¿sigues decidiendo sobre tu día?

Ahí sitúo la geromedicina de precisión: una atención que incorpora el conocimiento del envejecimiento para anticipar riesgos y proteger capacidades a lo largo del tiempo. La geromedicina investiga los mecanismos biológicos que contribuyen a distintas enfermedades conforme envejecemos. Llevar ese conocimiento a la consulta exige distinguir entre lo que ya ayuda a las personas y lo que todavía estamos investigando.

También exige cambiar el momento de intervenir. Esperar una fractura para preguntar por el equilibrio deja pasar una oportunidad. Lo mismo ocurre cuando la pérdida de fuerza se atiende hasta que levantarse del sillón requiere ayuda. Envejecer merece seguimiento antes de la urgencia, incluso cuando todavía podemos decir que nos sentimos bien.

Riesgo de discapacidad

La propuesta de atención integrada para las personas mayores de la OMS lleva esa lógica a la atención primaria: identificar deterioros de capacidad, reconocer necesidades sociales y construir un plan personal de cuidado. Eso supone observar movilidad, cognición, nutrición, visión, audición y bienestar psicológico. Después viene la parte menos vistosa: dar seguimiento, comprobar qué cambió y ajustar el plan. Una evaluación sin continuidad sirve poco.

El estudio LIFE siguió a 1,635 personas de entre 70 y 89 años con riesgo de discapacidad. Un programa estructurado de actividad física, que combinaba caminata, fuerza, equilibrio y flexibilidad, redujo 18% el riesgo de discapacidad mayor de movilidad frente a educación en salud, durante un seguimiento promedio de 2.6 años. Era una reducción relativa; tampoco una garantía individual. El resultado midió algo concreto: conservar la capacidad de caminar 400 metros. Traducido a la vida cotidiana, distancias así pueden separar la casa de la tienda o de una visita. La prevención adquiere sentido cuando podemos explicar qué posibilidad cotidiana estamos intentando conservar, además de cuánto cambió un indicador.

Envejecer
La geromedicina preventiva tendrá que demostrar su utilidad ahí, en vidas concretas. Foto: Cuartoscuro

Esto tampoco significa pedir estudios sin descanso. Cada prueba debería responder una pregunta clínica y tener consecuencias útiles para el cuidado. Acumular resultados sin saber qué hacer con ellos también puede consumir dinero, tiempo y tranquilidad.

Por eso me cuesta la conversación sobre longevidad cuando todo gira alrededor de quién tiene la edad biológica más baja. Antes de celebrar un número conviene preguntar si su mejoría se traduce en menos enfermedad, mejor función o mayor bienestar. La medicina tiene que responder esa pregunta con evidencia.

¿Cuándo acaba la vida en buena salud?

Volvamos a las maquinitas. Una de sus trampas era hacernos creer que todos empezábamos con las mismas oportunidades. En la vida, alguien llega a los setenta después de décadas de atención continua; otra persona llega tras trabajos extenuantes y consultas pospuestas porque había que pagar la renta. Pedirles idénticos resultados y atribuir la diferencia a disciplina personal sería bastante cómodo para el sistema. Recomendar caminar requiere mirar la banqueta, indicar una alimentación adecuada obliga a considerar el presupuesto, la dentadura y quién prepara la comida. Una consulta preventiva que ignora esas condiciones puede producir recomendaciones impecables que nadie logra seguir. La capacidad de cuidarse también depende de las opciones disponibles fuera del consultorio.

Entonces, ¿cuándo acaba la vida en buena salud? Para investigar tendremos que acordar qué estamos midiendo y durante cuánto tiempo. Para atender a una persona, prefiero observar qué capacidades conserva, cuáles puede recuperar y qué apoyos necesita. Una hospitalización puede cambiar mucho su funcionamiento; la rehabilitación puede devolver parte de lo perdido. Esa trayectoria admite retrocesos y recuperaciones que una fecha definitiva no describe bien.

Y cuando las pérdidas persisten, el cuidado sigue teniendo objetivos: aliviar dolor, facilitar decisiones, acompañar y sostener actividades significativas. Necesitar ayuda nunca debería convertir a alguien en un caso perdido ni reducir el valor de los años venideros.

La geromedicina preventiva tendrá que demostrar su utilidad ahí, en vidas concretas. En que alguien vuelva al mercado, pueda conversar sin quedarse fuera o conserve fuerzas para levantarse. La próxima consulta podría empezar así: ¿qué has dejado de hacer y te gustaría recuperar? La respuesta puede orientar mejor el cuidado que muchas promesas de juventud.