Redacción Animal Político · 14 de octubre de 2025
Los algoritmos también envejecen mal. Esto no es una provocación, es una advertencia. La inteligencia artificial, esa herramienta que refleja y amplifica lo que somos, ha heredado los mismos sesgos de las sociedades que la crean: es sexista, racista y sobre todo, edadista. Los sistemas de contratación automatizada penalizan a quienes tienen trayectorias largas; los modelos de lenguaje asocian juventud con innovación y vejez con obsolescencia; las interfaces más populares ignoran a quienes no crecieron en un ecosistema digital.
El futuro, si no se corrige, será excluyente por diseño.
Pero el problema tiene su antídoto en el mismo lugar donde casi nadie mira: la economía plateada. Esa enorme red de personas mayores de 60 años, que en México ya representa cerca del 14 % de la población según el INEGI y que a nivel mundial representará en 2030 el 44 % del consumo global, puede ser el mayor motor de transformación ética, económica y cultural de la inteligencia artificial.
La inteligencia artificial no es neutral. Como advierte Justyna Stypinska en su investigación Ageism in AI: new forms of age discrimination in the era of algorithms and artificial intelligence los algoritmos aprenden de datos sesgados y tienden a reproducir las desigualdades, prejuicios e ideologías preexistentes. Un estudio del World Economic Forum sobre cómo se puede blindar la IA para no discriminar a las personas mayores de 50 revela que los sistemas automatizados de contratación tienden a filtrar y eliminar candidaturas de las personas en estos rangos de edad, porque sus patrones no coinciden con los de generaciones más jóvenes que los diseñaron. La consecuencia es que la inteligencia artificial está reforzando las mismas barreras que prometía eliminar.
La relación entre IA y longevidad no tiene que ser distópica. Si se usa con estrategia, puede abrir un campo inédito de inclusión, creatividad y liderazgo. La economía plateada tiene el potencial de convertirse en el detonador de una inteligencia artificial más humana y plural, donde la experiencia, la trayectoria y la memoria sean activos, no desventajas.
El estudio AI and the Future of Work in an Aging Economy de la Universidad de Wharton muestra que la IA puede extender la vida laboral, al automatizar tareas rutinarias y liberar a las personas mayores para concentrarse en lo que requiere juicio, creatividad y empatía. No se trata exclusivamente de prolongar el empleo por necesidad, sino de reinventar el trabajo como espacio de contribución y propósito. La longevidad productiva, acompañada por IA, puede ser longevidad creativa.
Al mismo tiempo, la IA generativa abre horizontes para la creatividad y las diversas manifestaciones de la vejez. Puede ayudar a potenciar el estudio, comprensión y diversidad que caracterizan a las personas que forman parte de la economía plateada. Bien usada, puede fortalecer esos procesos y fomentar no sólo el entendimiento, sino la inclusión y la planeación de políticas relacionadas con ellas.
La ética en el diseño es otro eje que hay que poner sobre la mesa. Expertas como Jaana Leikas proponen un marco intergeneracional de innovación en el que las personas mayores no sólo puedan participar, sino sean tomadas en cuenta, y que el diseño e impacto de lo que se desarrolla tenga una visión ética, incluyente y de largo plazo. No basta con adaptar la tecnología: hay que invitar a las y los mayores a co-crear desde el inicio. Una IA justa e incluyente se diseña con pluralidad, no sólo con precisión matemática.
También hay que reconocer el valor estratégico de esta tecnología para fortalecer la participación de las personas mayores en el mercado laboral, la innovación y la toma de decisiones. Usar IA con propósito puede ayudar a profesionales senior a mantenerse vigentes, a reinventar sus carreras, a generar nuevas formas de consultoría o emprendimiento y a construir redes de aprendizaje colaborativo. Esa es la verdadera inclusión: cuando la tecnología amplía la voz, no la silencia.
La IA puede impulsar la economía plateada de diversas maneras: desde la inclusión financiera y el aprendizaje hasta el desarrollo de negocios en esta etapa. Si a esto se incorpora la perspectiva de género, el impacto podría ampliarse: las mujeres mayores son un segmento clave y sistemáticamente subestimado en la economía en general, en la economía plateada en particular y en el ámbito tecnológico (tanto en su participación como creadoras como en su papel de consumidoras y usuarias).
El desafío no es sólo tecnológico, es también político, económico y cultural. Para que la inteligencia artificial no siga reproduciendo los prejuicios existentes y la desigualdad estructural, necesitamos repensar sus fundamentos éticos y sus incentivos de desarrollo. La economía plateada no debe ser observada sólo desde la fragilidad y el asistencialismo, sino también desde su poder transformador: su capacidad de integrar experiencia, creatividad y empatía en un futuro y presente, que suele obsesionarse con la juventud.
La conclusión es clara. Si la inteligencia artificial es hoy sexista y edadista, su transformación dependerá de quienes entiendan el costo de perpetuar esto y que tengan visión para intervenir en su desarrollo y uso estratégico.
Para las personas que forman parte de la economía plateada, dominar la IA no es un lujo: es una forma de participación, de autonomía y de incidencia. Usarla con propósito significa ampliar su presencia en el trabajo, la creación, la innovación y la toma de decisiones.
En esa convergencia entre tecnología y experiencia está uno de los horizontes más esperanzadores de nuestro tiempo: una inteligencia artificial verdaderamente colectiva, diversa y sin edad.