Opinión y Análisis · 27 de octubre de 2026
Una niña de 13 años llega a una sesión fotográfica con uno de los directores de cine más reconocidos del mundo. Otra, de 14, forma parte del grupo musical infantil más famoso de México y trabaja bajo las órdenes de un poderoso productor de 39 años. Una tercera aparece en las pantallas de cine y en campañas publicitarias, convertida en objeto de deseo por una industria que comercializa su imagen.
Samantha Geimer. Sasha Sokol. Brooke Shields.
Tres historias distintas frente a una misma estructura de poder: adultos e industrias que sexualizan, explotan o violentan a niñas y adolescentes, mientras la conversación pública termina concentrándose en la conducta de las menores, la responsabilidad de sus padres y madres o el prestigio de los hombres involucrados.
Sus nombres son conocidos porque fueron parte del mundo del espectáculo. Pero detrás de estas historias hay una realidad estremecedora. Según UNICEF, más de 370 millones de niñas y mujeres sufrieron violación o agresión sexual antes de cumplir 18 años. Si se incluyen otras formas de violencia sexual, como las que no implican contacto físico, la cifra alcanza los 650 millones.
En México, el 53 % de las adolescentes de 15 a 17 años ha experimentado alguna forma de violencia sexual a lo largo de su vida. Estas cifras representan millones de infancias violentadas, muchas de ellas sin acceso a la justicia ni posibilidades de denunciar.
El reciente estreno de la serie Timbiriche, producida para ViX, vuelve a colocar sobre la mesa una de las expresiones más perversas de esta violencia: la capacidad de los hombres poderosos y de las instituciones que los rodean para controlar la narrativa de los abusos que cometieron.
Sasha Sokol tenía 14 años cuando Luis de Llano, entonces un productor de 39 con enorme influencia dentro de Televisa, inició una relación abusiva con ella. No eran dos personas en condiciones de igualdad. Él tenía poder profesional, económico y simbólico sobre una niña cuya carrera se desarrollaba en una industria dirigida por adultos. Su responsabilidad era protegerla, no aprovecharse de su vulnerabilidad.
Décadas después, Sasha tuvo el valor de denunciar públicamente lo ocurrido, enfrentar a uno de los hombres más influyentes de la televisión mexicana y acudir a los tribunales. En 2025, la Suprema Corte de Justicia de la Nación dejó firme la sentencia civil en contra de De Llano y reconoció que las acciones de reparación por daños derivados de violencia sexual sufrida durante la infancia no prescriben. Su lucha produjo un precedente histórico que trasciende su experiencia personal.
Un año después de la sentencia, la serie de televisión vuelve a representar aquella relación mediante una narrativa que, como han denunciado Jesús Silva-Herzog Márquez, Ricardo Raphael y Yuriria Sierra, entre otros, romantiza el abuso y desplaza la responsabilidad hacia la víctima y sus padres. Una actriz de 25 años interpreta a Sasha cuando tenía 14, representación alejada de la realidad. El hombre adulto aparece víctima del poder seductor de una niña mientras se cuestiona la falta de control y vigilancia de la familia sobre esa criatura.
La operación resulta conocida: convertir a la niña en femme fatale, seductora; a sus padres, en personas irresponsables, y al hombre poderoso, en víctima de sus nobles sentimientos.
El caso de Brooke Shields permite entender hasta dónde llega esta inversión de responsabilidades. Desde niña, su cuerpo y su imagen fueron utilizados comercialmente por productores, directores, publicistas y medios de comunicación. Durante años, el cuestionamiento público se dirigió hacia su madre, mientras los adultos que diseñaron, financiaron y comercializaron aquellas imágenes permanecían fuera del centro de la discusión. La industria obtuvo beneficios económicos de la sexualización de una menor y después permitió que la responsabilidad recayera principalmente sobre otra mujer.
Algo semejante ocurrió con Roman Polanski. En 1977, el director, entonces de 43 años, agredió sexualmente a Samantha Geimer, de 13, y se declaró culpable de mantener relaciones sexuales ilícitas con una menor. Durante décadas, su extraordinario talento cinematográfico fue utilizado por numerosos defensores como argumento para minimizar su responsabilidad. Sus premios, su prestigio y su lugar en la historia del cine parecían pesar más que la violencia ejercida contra una niña.
El talento no absuelve. El poder tampoco. Ningún reconocimiento profesional concede a un adulto el derecho de violentar a una menor.
Hay una responsabilidad que va más allá de los agresores individuales. Las empresas del entretenimiento construyen fortunas alrededor del talento infantil. Contratan, representan, promocionan y comercializan a niñas y niños. Por eso tienen obligaciones concretas de protección. Cuando esas estructuras permiten relaciones abusivas, guardan silencio o contribuyen a justificarlas, la responsabilidad también es institucional y ellos forman parte del abuso. Se llama abuso institucional.
En el caso de Sasha, la contradicción es particularmente grave: la plataforma que hoy comercializa su historia pertenece al mismo conglomerado empresarial dentro del cual Luis de Llano construyó su poder. La justicia reconoció el daño que sufrió una niña, pero la industria conserva la capacidad de volver a contar aquella experiencia desde una perspectiva que beneficia al adulto y a la empresa.
La responsabilidad de Televisa no puede reducirse a las decisiones de un productor ni a las licencias creativas de una serie. Estamos hablando de una industria que construyó fortunas y prestigios alrededor del talento infantil, cuyos directivos tenían la obligación de proteger a quienes trabajaban bajo su autoridad, cuidado y responsabilidad. Décadas después, esa misma estructura empresarial vuelve a obtener beneficios comerciales de una historia de abuso, mientras la representación de los hechos desplaza la responsabilidad del adulto hacia la niña y su familia. Resulta revelador y preocupante que quienes tuvieron el poder de explotar y comercializar la imagen de esas criaturas conserven también el poder de contar y difundir sus historias décadas después sin tomarlas en cuenta.
Sasha Sokol enfrentó a uno de los hombres más poderosos de la televisión mexicana, sostuvo su denuncia durante años y consiguió una sentencia histórica que abrió camino a otras víctimas de violencia sexual infantil. Su valentía contrasta con el silencio, las justificaciones y las complicidades de una industria que todavía tiene cuentas pendientes con las niñas y los niños que crecieron bajo sus reflectores. La justicia ya reconoció la responsabilidad de Luis de Llano. Televisa sigue debiendo una explicación sobre la suya.♦