Cuando el odio se legitima

blogeditor · 18 de agosto de 2017

En una semana marcada por uno(s) más de sus acostumbrados yerros y en medio de una crisis adicional generada por su racismo manifiesto que, desde la optimista perspectiva de quienes simplemente queremos que ya se vaya, representa un elemento más que sumar al alud de autosaboteo trepidante en el que por lo visto le fascina vivir, Donald Trump chapotea en medio de reacciones iracundas y declaraciones absurdas que sólo sirven para demostrar a los seres humanos de buena voluntad -y suficiente sentido común- que o se le frena de alguna manera o en verdad (como dice el maestro Enrique Krauze al referirse a las enormes posibilidades con que cuenta para armar una guerra de dimensiones catastróficas) puede cambiar el sentido de la historia humana precisamente para que ya no quede nadie que siga escribiéndola. Así de grande la influencia negativa de un personaje que, como él, hasta tratando de fingir que es salomónico evidencia la suma de todos sus odios y las profundas perturbaciones mentales que padece.

Si no fuera tan ridículo daría risa. Pero no. Trump es un grave peligro que crece escandalosamente y por lo mismo desconcierta saber que exista un buen número de gente que, más allá de David Duke (el finísimo ciudadano estadounidense que lidera el Ku Klux Klan), aún apoya sus dichos y considera correcta su manera de ejercer eso que él, en algún rincón oscurísimo de su subconciente conoce como política. Baste para ilustrar el asunto en toda su magnitud el texto que publicarán los británicos de The Economist este sábado y del que el sitio chileno de noticias Emol.com, entre otros, condensa un adelanto, que a la letra señala: “Este es un momento peligroso. Estados Unidos está dividido en dos. Después de amenazar con la guerra nuclear a Corea del Norte, pensando en invadir Venezuela y habiéndose equivocado sobre Charlottesville, el Sr. Trump todavía tiene el apoyo de cuatro quintos de los votantes republicanos. Tal popularidad hace que sea aún más difícil para el país unirse”.

“Políticamente inepto”, es la síntesis precisa con la que una de las revistas más prestigiosas del occidente democrático describe al hombre que como un día dice una cosa, al otro dice cualquier otra.

Sugerir que había que terminar en caliente con la vida de los sospechosos detenidos en España luego del atentado ya era una declaración suficientemente brutal, pero evocar la idea de ejecutar a los terroristas con balas bañadas en sangre de cerdo es franca señal de que mientras el dueño del tupé más áspero del planeta continúe despachando desde la oficina oval, todos estamos en peligro.

Tan básico en sus reacciones como un rinoceronte frente a una llanta colgada de un árbol, a Trump le parece una idea genial responder a los derramamientos de sangre provocando más derramamientos de sangre.

“Moralmente estéril”, agrega también The Economist. A sabiendas de que existen mil terribles respuestas, un simple acto reflejo lo lleva a uno a preguntarse, a estas alturas de la administración Trump -que apenas ha logrado rebasar el medio año de mandato- ¿en qué estaban pensando los ciudadanos estadounidenses que votaron por él?

Ciertamente, no en que en el futuro se escribiría un texto como el que aparecerá publicado este sábado en el país que por siglos ha sido el aliado natural de los Estados Unidos.

 

@elimonpartido