blogeditor · 8 de diciembre de 2015
En México hay quienes quieren dejar a la policía en el basurero de la historia. En ese lugar donde se avienta lo que nadie quiere, lo que se ha desechado, lo que apesta. Negarlo sólo ayuda a profundizar la descomposición, si acaso es posible. Hay dos manera de entender qué pasa con nuestras instituciones policiales, una es escuchando y la otra es no escuchando a quienes las integran. Llevo un cuarto de siglo haciendo lo primero. Converso con policías en actividades que son parte o no de proyectos de investigación e intervención. Sea estructurado o meramente informal el intercambio, una vez que las y los policías perciben que se les va a escuchar, hablan mucho y con enorme facilidad comparten sus vivencias e incluso su sentir profundo. La enorme mayoría de esos relatos representa verdaderas tragedias laborales, personales y familiares. Se trata casi siempre de personas que han aprendido a vivir física y emocionalmente fracturadas. Y no importa cuán grave sea su historia, casi nunca esperan ayuda de las instituciones en las que trabajan ni de la sociedad.
[contextly_sidebar id=”jQreTlzcmypinXS6QXqrl1hyPGVn0OCG”]La policía en México es un espacio donde cabe todo lo que no cabe en ningún otro lugar. Es donde se colocan los despojos. Lo que sobra. Por eso cuando un policía de tránsito intenta imponer su autoridad, la primera moneda de cambio social es la mentada de madre o unos cuantos pesos. Apenas es posible encontrar a alguien que crea en la autoridad de un policía en la vía pública. Es peor, cuesta trabajo encontrar a quien le importa qué es lo que en verdad sucede con el policía de la esquina y con la institución que representa. Estamos ante un juego de imágenes. Por eso se invierte en las formas que esconden el fondo. Los símbolos y los rituales oficiales que se usan para enaltecer al policía no son más que el maquillaje sobre un rostro desfigurado. Costoso maquillaje de uniformes, armas y patrullas que brillan tanto como esas enormes lonas que dibujan la fachada de un edificio en obra negra. Las instituciones policiales en realidad casi nunca brillan más tiempo de lo que resplandecen las patrullas perfectamente formadas en el conocido ritual, tan efímero como artificial. El fondo ausente es la construcción de la confianza. Encuesta tras encuesta, la mayoría de los mexicanos dice confiar poco o nada en la policía. Y en sentido opuesto es igual, entrevista tras entrevista, la mayoría de los policías dice confiar poco o nada en la sociedad. La fractura camina en ambos sentidos.
En los desfiles y las paradas policiales la policía configura una imagen organizada, alineada. En los hechos no lo está. La institución policial en México se desdobla. El portafolio donde están las leyes, los reglamentos, los organigramas, los manuales y los protocolos –cuando los hay- se queda en las oficinas, mientras los policías salen a la calle con otro portafolio, el de los saberes aprendidos en la calle misma. Y el primer y más importante de todos es el saber sobrevivir. El portafolio que llevan a la calle trae un complejo mapa de ruta que describe valores, opiniones y actitudes aceptados en el mundo policial para poder transitar sin problemas mayores, sin lesiones graves y claro sin enfrentar la muerte en el intento. No es que los policías no adquieran un saber experto, lo que pasa es que les funciona poco o nada el que adquieren en la educación formal, si es el caso que pasan por ella. Por eso afirman que “lo que se aprende en el aula se queda en el aula”. El desdoblamiento de la institución policial también confronta de manera evidente el discurso y las conductas. Como cuando una mujer policía no supo qué hacer cuando le pregunté para qué servía la etiqueta de “proximidad social” que portaba en el uniforme y de manera agresiva me pidió que me retirara. Lo hice pensando que a esa uniformada le quedaría mejor una etiqueta que mostrara “lejanía social”.
Las reflexiones vienen a cuento porque este viernes 11 de diciembre se cumplen 20 años de haberse promulgado la ley que creó el Sistema Nacional de Seguridad Pública. Los invito a leerla. El contraste de la realidad actual de la policía en México con los principios de actuación y formación ahí regulados enseñan dos décadas perdidas. Reitero, negarlo sólo funciona para profundizar la descomposición, si es que eso es aún posible.
Quienes promovemos la mejora policial desde afuera y adentro de esas instituciones vamos foro tras foro más o menos repitiéndonos. Es así porque los problemas que construyen la crisis policial han sido identificados desde hace mucho tiempo y su desatención obliga a insistir. Ha envejecido la lista de los problemas tanto como se avejenta la resistencia policial y política. Acaso el ejemplo estructural más contundente es la crónica debilidad en el proceso de implementación efectiva del sistema de carrera policial profesional, no obstante ser prometida un día sí y otro también por parte de los titulares de los poderes ejecutivos municipales, estatales y federal. De los legisladores, ni hablar; andan en otra cosa, no promueven las mejores normas inspiradas en las lecciones aprendidas en el mundo, pero tampoco cumplen con su función fiscalizadora respecto a las normas vigentes.
Ahí está la otra fachada, la política. El afluente superior de la crisis policial viene de la extendida y crónica evasión por parte de los funcionarios electos con respecto a la construcción de políticas públicas modernas y especializadas de reforma policial. La primera responsabilidad de las condiciones actuales de la policía está en quienes ostentan los cargos de elección popular, a los que llegan ofreciendo seguridad y profesionalización policial. La historia real casi siempre es otra. Llegan al anhelado escritorio y hacen todo lo posible por no embarcarse en iniciativa alguna que golpee el espinazo del paradigma policial vigente, es decir, el secreto y la opacidad respecto a sus prácticas. Y aquí emerge otra clave de comprensión del problema: la relación entre la autoridad política y el mando policial funciona como la llave que cierra o abre la puerta hacia el cambio. Lo común es lo primero. Los funcionarios electos y los jefes de las instituciones policiales negocian medidas que, en el mejor de los casos, arrojan avances marginales, pero nunca se enfocan en montar controles internos y externos que puedan funcionar sin su propia interferencia. Así cierran la pinza que hace imposible sacar a la institución de la manipulación política, reproduciendo con ello su crónica debilidad. No por otra cosa un policía promedio jamás tiene asegurado su trabajo ante posibles recambios atados a compromisos políticos y complicidades criminales.
“Cuando me di de alta en la policía, me di de baja en la sociedad”. La frase expresada por un policía mexicano parece un atinado sumario de lo que vienen logrando quienes, por acción u omisión, están haciendo lo necesario para dejar a las instituciones policiales en el basurero de la historia.