Redacción Animal Político · 31 de marzo de 2023
Ari Vera, Daniela Vázquez y Lía García 1 describieron en 2017 “el cuerpo” como “centro de toda acción política disidente”. 2 Una reflexión que coincide con la óptica cultural de la escena ballroom, 3 representada en México por diversas colectivas disidentes que acuerpan a muchas personas trans durante sus procesos de transición; y que también acompaña la idea de transición en todas las vidas trans que existen.
Una persona trans parte de un cambio corporal para defender la identidad que siempre ha estado escondida y es catalogada como trans por eso mismo. Me parece importante resaltar que acercarnos a la idea del cuerpo desde esta perspectiva nos ayuda comprender los discursos de odio que se están posicionando en la agenda política actual en contra de las identidades trans y también nos ayuda a visibilizar las razones por las cuales las personas trans tienen que esconder su identidad desde la infancia.
El panorama general siempre ha sido sumamente complejo y retador para el desarrollo integral de una persona trans en el mundo. México no es la excepción. Pensar en el contexto de las personas trans en México es llegar a la idea de una precarización permanente debido a la discriminación que sufrimos en el entorno laboral, educativo y familiar. Según la Encuesta sobre Diversidad y Talento LGBT en México realizada por la Alianza por la Diversidad e Inclusión Laboral en México (ADIL, 2018 4) el 41 % de las personas trans que buscan empleo y respondieron la encuesta tienen estudios superiores, pero a pesar de ello son quienes tienen menos oportunidad de conseguir un puesto de trabajo. María Clemente García, diputada trans en la actual legislatura, asegura que existe una tasa de desempleo de hasta el 90 % 5 para la comunidad trans hasta 2022. Este nivel de desocupación genera un ciclo de retrocesos en el acceso a derechos básicos de salud, educación y seguridad, que termina por exponer a las personas trans a un índice de violencia alto; peligroso en un país donde la seguridad pública está militarizada.
Francisco Robledo Sánchez, fundador y director de la ADIL, menciona que la precariedad es la “consecuencia máxima del acoso y la discriminación”, 6 ya que aunque no haya violencia física sino verbal, la discriminación es un problema latente que construye discursos que marcan a una parte de la población para ser objeto de la violencia normalizada en el país. Luis Tapia, Karina Ansolabhere y Gabriel Gatti, han explorado en diversos espacios la idea de que nuestro lenguaje sentencia a diversas identidades a ser sujetas de violencia, entendiendo nuestras expresiones y discursos como herramientas que generan una lógica política que permite entender la tolerancia frente a estas expresiones de violencia antes mencionadas y además la construcción de una clandestinidad en donde la población precarizada o “desechable” 7 queda cautiva para ser excluida, violada, asesinada o desaparecida.
En México cada año 60 personas trans son asesinadas en promedio desde 2016, de acuerdo con datos del Observatorio de Personas Trans Asesinadas, 8 el cual recopila esta información desde el monitoreo de notas periodísticas. La dificultad para evaluar si esta información es representativa recae en la ausencia de datos públicos de calidad que nos permitan identificar si una persona ejecutada o desaparecida es trans o parte del espectro trans. Plantear toda esta discusión retoma fuerza a la luz de la actualidad porque nuestros cuerpos, además de que siempre se han encontrado en un arduo y constante debate social, hoy están siendo utilizados para difundir una agenda política que nace desde el odio.
Este 31 de marzo, colectivas y defensoras trans vamos a marchar para exigir justicia en el Congreso de la Unión. Las demandas son claras: queremos que cese la transfobia institucional, la discriminación y la violencia que cada año cobra la vida de muchas personas al margen de las identidades normativas y cisgénero. Esta convocatoria se da en una coyuntura que no es exclusiva del momento, pero que ha tomado fuerza desde mediados del 2022 y cada vez es más arropada por las instituciones públicas, sobre todo en el marco legislativo. La coyuntura se construye por un discurso político basado en el esencialismo biológico con el cual diversos actores han propuesto abiertamente la necesidad del perfilamiento biológico, las terapias de conversión y la privación de libertad para personas trans, haciendo un llamado por volver a catalogarnos cómo una población peligrosa para el bienestar social.
Solo para ejemplificar el escalamiento reciente: en febrero, una diputada propone una ley que desinforma e instrumentalica la vivencia de la niñez y adolescencia trans con el objetivo de construir un discurso de odio generalizado hacia todas nosotras; a finales de ese mismo mes un grupo de personas trans es reprimido en las instalaciones del Congreso de la Unión tras intentar protestar por la presentación de dicha ley. El 11 marzo, se convocó a una marcha “contra el borrado de las mujeres”, la cual más allá de exigir demandas relacionadas con derechos, ha promovido un discurso de odio que desfigura a la comunidad trans, ignorando la existencia de la diversidad más allá del sexo. El 17 de este mismo mes, dos diputadas presentaron un libro en el Congreso que explica de manera explícita cómo discriminar y segregar a personas trans y su intención por frenar el avance del marco legal que otorga reconocimiento a las poblaciones trans en México.

Contrario a los argumentos de las iniciativas de ley transfóbicas, los datos de la Encuesta Nacional sobre Diversidad Sexual y de Género (ENDISEG) 2021 muestran que el 88 % de personas trans se identificaron así antes de los 18 años. Lo cual pone sobre la mesa aun más la importancia del reconocimiento a la vivencia de niñez y adolescencias trans. Las iniciativas de ley transfóbicas fallan en reconocer que los procesos de transición de género suceden de manera diferenciada y por lo general iniciando con el reconocimiento a la identidad de género durante la niñez, para en el pleno ejercicio de autonomía en la mayoría de edad, las personas podamos optar (o no) por una cirugía de cambio de sexo y/o un proceso de terapia para el reemplazo hormonal.
El centro del debate de los grupos cisgénero transexcluyentes es en ese sentido la genitalización y la capacidad de gestar como un mecanismo de corporalidad exclusivo de las mujeres y por tanto lo que les brinda identidad. En el fondo, este mismo debate justifica en su perspectiva defender el cuerpo de las niñeces para que no “pierdan su capacidad de procrear” pero en dicho esfuerzo visibilizan su intención de utilizar a las niñeces con un fin político, no porque realmente importa su bienestar. Su discurso por defender se basa en la utilidad que ellas le ponen al cuerpo de las niñeces, así que, ante sus ojos, pierde valor si una niña, niño o niñez disidente se nombra como trans, porque pone en peligro su capacidad de gestar.
Diputadas, activistas y colectivos acusan a la comunidad trans de generar propaganda en torno a una “ideología de género” argumentando que estamos promoviendo la “mutilación genital en infancias” y “el borrado de las mujeres”. Esto resulta contradictorio ya que todos estos actores parten de una ideología de género para defender sus intereses morales y anti-derechos. Esta ideología de género anti-derechos es la que argumenta que una mujer —y un hombre— se determinan solamente por su capacidad de gestar y la conformación de su cuerpo, ignorando por completo que la violencia se construye a partir de la identidad de género y sus intersecciones, no en la perfilación de sexo o en la evaluación genital. También ignorando que los roles de género se construyen lejos de la posesión de penes o vulvas, sino por la construcción cultural alrededor de nuestras identidades.
Las personas trans y las personas cis están expuestas a diferentes factores de riesgo de violencia en un contexto como el de México, sin embargo, las personas precarizadas, tal como lo son la mayor parte de las trans, somos uno de los grupos más vulnerables ante la violencia generalizada, social, criminal y económica por las razones que ya se mencionaron anteriormente. Este 31 de marzo, exigimos justicia. No solamente por el escalamiento de los discursos basados en conceptos cis-biologicistas, sino porque a pesar de todos los esfuerzos por el reconocimiento a nuestras identidades y nuestros derechos, la realidad de las personas trans sigue siendo precaria, insegura y completamente invisible en la mayor parte de los casos. Ser nosotras sigue siendo un riesgo.
Leyendo esto con una perspectiva de no repetición y derechos humanos, cada vez que asesinan a una, uno o une de nosotres, va por entendido la responsabilidad de todos estos grupos e instituciones que propagan el odio y siguen estructurando los discursos que nos excluyen de todos los ámbitos de una vida plena. Este 31 de marzo vamos a marchar por que lo cis ya no nos borre ni impida la materialización de nuestros sueños, metas y objetivos. Vamos a marchar por nuestro sueño de ser libres.
1 Tres activistas trans mexicanas que han defendido los derechos de otras personas trans víctimas de privación de libertad y violencia extrema
2 Vera, A; Vázquez, D; y García L (2017). El movimiento trans en México. Una mirada desde Almas Cautivas. Almas Cautivas.
3 Movimiento político-corporal que se construye a partir de la constitución de una red de apoyo entre miembras dentro de colectivas disidentes a los discursos hegemónicos que oprimen a identidades de manera diferenciada
7 Disponible aquí. Tapia Olivares, L (2022). Manual sobre desaparición de personas. Suprema Corte de Justicia.