Jorge Avila · 17 de marzo de 2026
En marzo solemos hablar de los derechos de las mujeres y la conversación se centra en temas como la violencia de género y estructural, la brecha salarial, de representación política, de autonomía reproductiva, entre otros. Hay, sin embargo, un ángulo que sigue casi ausente incluso en el marco de la agenda feminista: la situación de las mujeres mayores.
Hace poco mi madre hizo un trámite bancario. Tiene noventa y seis años y el sistema biométrico simplemente dejó de reconocer su huella digital. No hubo mala voluntad, hubo algo mucho más profundo y grave: un sistema tecnológico diseñado sin considerar el envejecimiento.
Puede parecer un detalle técnico. No lo es.
Estamos entrando en una transformación demográfica que cambiará profundamente nuestras sociedades. Según Naciones Unidas, el número de personas mayores de 65 años se duplicará hacia 2050 y superará los 1.6 mil millones de personas en el mundo. Como ocurre en casi todos los países, las mujeres vivirán más que los hombres. En otras palabras, la población será más vieja y más femenina.
Por otro lado, muchos de los sistemas que organizan nuestra vida cotidiana —bancos, plataformas digitales, trámites gubernamentales, servicios financieros, seguros— siguen diseñados bajo supuestos invisibles: cuerpos jóvenes, manos firmes, alfabetización digital, acceso permanente a dispositivos, entre otros. Detrás de esto existe una omisión que cuesta mucho: la tecnología no es neutral y reproduce desigualdades de género y de edad.
Como está ampliamente documentado, el mundo digital sigue teniendo profundas brechas de género. Según la Unión Internacional de Telecomunicaciones, existen 280 millones más de hombres que de mujeres conectados a internet en el mundo. Quienes diseñan esa tecnología siguen siendo mayoritariamente hombres: Sólo el 26 % de las personas que trabajan en áreas STEM son mujeres.
Cuando a esas desigualdades se suma el envejecimiento, aparece una forma de exclusión que casi no estamos discutiendo: el edadismo tecnológico. ¿De qué hablamos cuando nos referimos a esto? Hablamos, por ejemplo, de sistemas biométricos que no reconocen huellas envejecidas, de plataformas digitales diseñadas para usuarios jóvenes, de trámites que asumen habilidades tecnológicas que millones de personas simplemente no tienen.
Cuando eso ocurre, lo que está en juego no es simplemente un trámite. Es mucho más; hablamos de acceso a recursos propios como el dinero, de autonomía y libertad, inclusive, de dignidad. El otro lado de la moneda es este: una creciente dependencia de las personas mayores, falta de libertad, exclusión sistémica, edadismo. Estamos hablando de la existencia y reproducción cotidiana de ecosistemas que no toman en cuenta la realidad del envejecimiento y que, cuando lo hacen, no lo hacen con perspectiva de género, pues las realidades de mujeres y hombres en esta fase de la vida no son iguales. Los retos personales, biológicos, familiares, financieros, tecnológicos de salud no son iguales.
Tenemos que hablar de los derechos de las mujeres no solo en marzo, sino todo el año. Es urgente incluir en esta conversación a las mujeres mayores; de lo contrario, estamos excluyendo a una parte creciente de la población femenina del planeta. Cuando reconocemos que la pobreza tiene rostro de mujer en todo el mundo y que son las mujeres quienes llevan la mayor carga del cuidado (la mayoría de las personas cuidadoras en el mundo son mujeres y, además, más del 70% desempeñan este rol sin retribución), estamos hablando de un hecho: el futuro que estamos construyendo y diseñando hoy no está tomando en cuenta el envejecimiento ni en las políticas públicas ni el diseño del mercado y cuando lo hace, no lo hace de manera diferenciada. ¿El resultado? Las desigualdades se siguen reproduciendo y la vulnerabilidad de las mujeres mayores se está consolidando a nivel estructural.
Es hora de preguntarnos seriamente ¿para quién estamos diseñando el futuro? Si los sistemas financieros, tecnológicos y administrativos dejan de reconocer las huellas de las personas mayores, el problema no es la edad. El problema de fondo es el diseño del mundo que estamos definiendo y construyendo hoy.
Un mundo, un país y un ecosistema que no sabe reconocer las huellas de la vejez en todas sus dimensiones no está preparado para enfrentar su propio futuro. En un contexto que envejece rápidamente, ignorar a las mujeres mayores no es sólo una omisión, es un grave error estratégico y político.