blogeditor · 5 de diciembre de 2019
Nací en una dictadura de derecha. Hasta los 17 años, nunca vi a otro presidente más que al mismo: Anastasio Somoza Debayle. En mi casa, mi abuelo y toda su familia eran opositores a este régimen de corte liberal y luego convertido en un poder familiar. Desde niña, en mi casa, escuchaba hablar a mi abuelo mal de Augusto C. Sandino, aun cuando ese nombre era impronunciable en mi entorno público. Era prohibido decirlo tajantemente por la dictadura somocista que gobernó mi país de 1934 a 1979.
Crecí en medio de un silencioso odio, más que hacia los políticos de la dictadura hacia la Guardia Nacional, fuerza militar creada por Estados Unidos luego del retorno a la paz en 1934, y de haber concluido la presencia de tropas estadounidenses que ocuparon Nicaragua y contra la que se levantó Sandino. Asesinado este general por Anastasio Somoza García, padre del presidente que siempre conocí, yo nunca escuché su nombre ni en mi barrio ni en la escuela ni en ningún espacio público. Solo mi abuelo, diario decía que Sandino era un “bandolero”.
La zona de donde soy originaria, la más alta del país y montañosa, ha sido siempre el escenario de las guerras que en mi país son bastante comunes. Nunca hemos tenido paz. Desde niña, vi y sentí la represión, no porque alguien de mi gente se opusiera abiertamente al régimen, sino porque así era la vida que conocíamos y hasta lo habíamos normalizado. Nací justo el año en que surgió la guerrilla Frente Sandinista de Liberación Nacional, FSLN, movimiento armado y de izquierda, creado por un hombre que también era de mi pueblo: Matagalpa. Carlos Fonseca Amador se convirtió desde entonces en el mítico revolucionario, como el Che Guevara nica.
En silencio, todos admirábamos a los “muchachos” del Frente Sandinista. Esta palabra estigmatizada como mala por mi abuelo, se volvió en mi mente un referente que nos iba a salvar de la dictadura, pero más que de la dictadura, para mí, de la Guardia Nacional. Yo a ellos les tenía horror por lo que leía en los periódicos que hacían a la gente que se les oponía y porque siendo una niña tenía que correrme de ellos por el acoso que ejercían sobre las pequeñas en la calle.
La dictadura tocó fondo en 1978. Jóvenes de mi ciudad fueron los primeros que, con armas pequeñas, se levantaron contra el poder de la dictadura. Esa insurrección llamada la “insurrección de los niños”, me marcó para siempre. Por primera vez sentí un miedo terrible de lo que podía pasar con mi país. Hasta ese momento, la guerra era en el campo, nunca en la ciudad. Vi el horror de cerca cuando a una familia entera la Guardia la aniquiló a escasos 200 metros de mi casa. Nada volvió a ser igual. Mi madre se enfermó, producto de la incertidumbre que dejó esa guerra y migramos a otro pueblo cercano. Pero la dictadura no se iba, ni los sandinistas ganaban la guerra.
Regresamos a casa de nuevo y cuatro meses después, el país se paralizó y se armó una guerra sin cuartel contra la dictadura de Somoza. Esa guerra llamada Ofensiva Final por los sandinistas, y en la que se involucró la inmensa mayoría del pueblo, derrocó a la dictadura de 45 años en menos de 40 días.
Con el derrocamiento de la dictadura la gente, eufórica, se lanzó de lleno a la reconstrucción del país encabezada por los “muchachos” revolucionarios. Palabras como “socialismo”, “lucha de clases”, “burguesía”, “solidaridad”, “Cuba” empezaron a ser comunes. La Guardia fue sustituida por el nuevo Ejército Sandinista, revolucionario. Nunca más nos reprimirían, pensábamos. Se creó una Policía también sandinista que sería “centinela de la alegría del pueblo”, ese era su eslogan.
Los jóvenes nos fuimos a alfabetizar a los campesinos iletrados, que según datos oficiales el analfabetismo era de más del 40% en 1980. El analfabetismo se redujo hasta el 5%, según la UNESCO. Todo sonaba bonito con la revolución.
Pero, debo ser sincera, yo tenía mis reservas porque esa alegría que supuestamente era justa con los pobres y campesinos, que además les dieron tierras para producir, estaba plagada de dogmas y obligaciones como estar organizados, no poder criticar lo que hacía la revolución, los sandinistas golpeaban a los jóvenes que no pensaban como ellos. Eso no me gustaba. Tampoco me gustaba las confiscaciones a gente que se iba del país. Todo eso hacía que yo criticara ese modelo y que por mi condición de ser una joven que se “sumaba a todas las tareas de la revolución” me permitían las críticas, pero me sugirieron organizarme para poder “criticar desde adentro”. Este fue mi error. Criticaba todo lo que hacían y consideraba que no respondía a los “ideales” de la revolución. En ese año ingresé a la universidad y me tuve que ir a vivir a la capital, Managua.
En la Universidad tuve que sumarme al movimiento estudiantil y así lo hice. Allí vi por primera vez una lucha sin cuartel entre dos bandos revolucionarios: los líderes marxistas que eran los dirigentes del movimiento estudiantil de la época de Somoza y los nuevos líderes organizados en la Juventud sandinista que venían a quitar el poder a la “vieja guardia revolucionaria”. Era una lucha de clases, dijo el líder de estos, pues los sandinistas provenían de sectores de clase media alta, y algunos eran familiares de altos dirigentes sandinistas. Ellos ganaron. Los “viejos” se retiraron.
Esta experiencia me marcó mucho y mi cuestionamiento fue en ascenso hasta que fui expulsada del movimiento estudiantil y calificada como “contrarrevolucionaria”. Aun con todo lo que me pasaba en el plano personal, yo seguía pensando que la revolución sandinista era la única vía de reivindicación de las “grandes mayorías” y la “apuesta por los pobres”, como decían los jesuitas con los que empecé a trabajar después.
Aun siendo estudiante empecé a trabajar en una revista de una organización jesuita que apoyaba la revolución y se criticaban algunas acciones, pero nunca se escribía en contra del sandinismo. A pesar de todo, hasta entonces yo creía que se podía vivir dentro de un proceso que se podía criticar sin afectar las políticas adversas que promovía y que se daban para combatir a los que se oponían a las ideas socialistas. Esto se justificaba aún más por la guerra de la contra que combatía la revolución, con el apoyo decidido de la administración Reagan.
Todo lo malo era por la guerra y así fuimos cómplices de los peores atropellos que el sandinismo hizo al país y a la libertad: obligó a los jóvenes a ir a una guerra imponiendo el servicio militar; nunca legalizó los títulos reales a los campesinos con su reforma agraria; impuso una ley de excepción que restringía las libertades públicas; aplicó una ley de medios que censuraba a la prensa independiente; creó organizaciones sociales que en lugar de luchar por sus gremios defendía las políticas del partido sandinista aun en detrimento de sus propias necesidades; se creó un sistema de vigilancia en los barrios que observaba cada movimiento de la gente y si criticaban al gobierno revolucionario eran acusados de contras; mientras, otros defensores de la revolución y yo mirábamos con complacencia cómo los comandantes del Frente Sandinista y personas ligadas al poder iban creado una nueva clase social pudiente. Pero nunca más me organicé ni defendí lo indefendible, a pesar que creía en las ideas de reivindicación social para el futuro.
Muy dentro de mí sentía que mis críticas afectaban el lindo proceso que, en el futuro y sin guerra, traería justicia social para la gran mayoría empobrecida. Qué largo estaba ese ideal. Nunca llegó. Solo se acentuó cuando, presionados por la guerra, las cúpulas del sandinismo y la contra decidieron negociar el fin de la guerra y firmar la paz. Se hicieron elecciones adelantadas y, contra todo pronóstico, perdimos la revolución. Qué trauma, qué dilema; mientras los críticos nos preguntábamos qué había pasado; la alta dirigencia se repartía propiedades confiscadas en un festín económico que dejó la ya deteriorada economía de guerra en una situación todavía más caótica.
Nunca en la historia de mi país salió tanta gente en busca de vida a otro país porque adentro solo quedaban recursos para las cúpulas de los nuevos ricos de ambos bandos. A este tiempo le llamaron los ganadores la democracia perfecta; para los sandinistas perdedores fue la era de “el capitalismo salvaje”, pero eso sí, ambos cogobernaban en todos los poderes del Estado.
Nunca hubo justicia para las injusticias y crímenes cometidos en la guerra. Si bien ningún bando en guerra es bueno, en el caso de Nicaragua la contra apoyada por Reagan y nombrada por este como “los paladines de la libertad” -e integrada en un 72% por campesinos-, entregó las armas y luego fue aniquilada de manera sistemática por el nuevo gobierno democrático y lo que quedó de las estructuras militares del sandinismo.
Hasta la fecha siguen apareciendo excontras asesinados por oponerse al sandinismo, que incluso se hizo del poder nuevamente después de 16 años de neoliberalismo (1990-2006) y ya alcanza los 13 años de gobierno consecutivo a la cabeza del único candidato que ha tenido ese partido desde el triunfo de la revolución hace 40 años: Daniel Ortega.
A 40 años del triunfo de aquel sueño de una revolución democrática, lo que ha pasado y quedado al país es el descubrimiento doloroso que el sandinismo fue y es una farsa: los índices de pobreza continúan incluso peor que en los años 70, época en que se inspiró el movimiento revolucionario; una sociedad anquilosada y sin expectativas de mejorar su condición ni social ni económica, con solo el 10% de su juventud con acceso a la educación superior; catalogado como el segundo país más pobre del continente después de Haití, con políticas económicas entreguistas de los recursos naturales; la aplicación de políticas macroeconómicas del FMI, sin mediar los intereses del país; la ampliación de la brecha de clases, producto de las políticas neoliberales de hacer más ricos a los ricos y más pobres a los pobres; la alianza de gobernar con el gran capital y la jerarquía católica, para quienes el sandinismo se comprometió a legislar en contra del aborto, afectando así los derechos más elementales de las mujeres consignados en las declaraciones de las Naciones Unidas y que fue una de las pocas cosas que se respetó en la revolución.
Con el regreso de Ortega al poder desde 2007 a la fecha, los ideales de la otrora revolución fueron dando lugar al convencimiento de que los críticos de aquellos años que decían que los sandinistas no eran revolucionarios sino una cúpula de ególatras aspirantes a crear un grupito de mafia que lo que quería era formar parte del pastel económico de la oligarquía de un país pobre como este, se fue confirmando incluso con el dolor de muchos de mi generación que aunque sabíamos que era verdad, no queríamos aceptarlo. Formados en ideas de izquierda revolucionaria, fuimos dando lugar en nuestra conciencia a aceptar esta verdad, aunque dolorosa. Cada día éramos más los que planteábamos la necesidad de desenmascarar a ese partido para poder sanar. La práctica nos fue confirmando lo que a la vista era imposible de justificar.
Y aunque “el partido” tenía su base social calculada por muchos en el 35% del electorado, nunca lo creí porque durante tres periodos la gente votaba en contra del sandinismo. Lo que tenía al sandinismo como fuerza política era su estrategia sistemática de cooptación de las estructuras del Estado, aun cuando gobernaban los “demócratas”. Así las cosas y haciendo marrullas tras marrullas entre las élites de los partidos, logró retomar el poder en 2007 para no soltarlo más.
Pero, contra todo pronóstico y 39 años después de aquella supuesta gesta hermosa de revolución, amplios sectores del sandinismo, principalmente sus descendientes jóvenes, se levantaron junto a miles de ciudadanos en contra de lo que se fue confirmando con el tiempo -y a otros sectores como los excontras campesinos- en una lucha popular y cívica en abril de 2018 para dar al traste con la farsa sandinista que lleva ya, en este segundo periodo, 13 años de gobiernos consecutivos a la cabeza de Daniel Ortega y su esposa, Rosario Murillo, en un caso nunca visto que una cónyuge funja como vicepresidenta.
La respuesta de los otrora revolucionarios al levantamiento popular fue el asesinato de más de 350 personas, más de 2,000 heridos, centenares de presos políticos, un sinnúmero de desaparecidos y más de 80,000 personas en el exilio.
Sumados los diez años que Ortega gobernó en los años de la revolución, alcanzan 23 años en el poder, más que el presidente Anastasio Somoza Debayle, catalogado como el peor dictador de todos los tiempos.
La represión desatada, desde abril de 2018, ha permitido ver la verdadera cara del sandinismo, defendido únicamente por gobiernos, líderes, intelectuales de izquierda que se niegan a reconocer el fracaso del modelo revolucionario convertido en socialismo de Estado. Es difícil reconocerlo frente a lo que siempre se ha visto como la fuerza que derrocará las injusticias del capitalismo y sí, el discurso es válido, pero la práctica ha demostrado que cuando la izquierda toma el poder, inmediatamente crea un cerco de restricciones a la libertad e impone un modelo más parecido a un país ocupado que al ansiado modelo de justicia social.
La masa pasa a ser solo rehén de un grupito cerrado que gobierna para sí mismos y que requiere de un discurso incluyente y justo para sostenerse en el poder. Todos hacen lo mismo: seguridad del Estado; cooptación de las organizaciones gremiales hacia “el partido”, institucionalidad cero, pues todos los poderes del estado se adhieren al Ejecutivo que funciona como el representante del Estado y del “partido” en una fusión peligrosa que se acompaña de la alianza con las fuerzas públicas para defender su modelo.
Con su lucha en contra de la represión y por la libertad que ya lleva casi dos años desde el levantamiento cívico de abril, este pequeño país hace historia y pone a valorar qué tan importante es que la izquierda combine praxis y principios; o se quede meramente en el discurso emancipador, sin importar los hechos.
De todas maneras, la única herencia válida de la lucha revolucionaria que quedó en la memoria de la gente y que los jóvenes hoy levantan exponiendo su vida frente a la tiranía familiar sandinista, es la intolerancia a otra dictadura más.
* Carmen Herrera Vallejos es periodista nicaragüense, con sede en Managua. Con más de 25 años en análisis político, económico y social. Fue corresponsal de Noticias Aliadas de Perú hasta su cierre reciente. Escribe para los medios digitales gatonegroni.com y expedientepublico.org.