Claudia Ramos · 30 de enero de 2026
Nos acostumbramos a vivir la salud como un expediente. Un conjunto de signos vitales, resultados de laboratorio, recetas, indicaciones y “seguimientos” que, a veces –y si corremos con suerte–, pasan por manos expertas para convertirse en un diagnóstico y luego tratarlo con medicamentos. Aunque el problema no es que existan la farmacología o la medicina, ¡benditos sean los antibióticos, la anestesia, las cirugías, los diagnósticos tempranos y la atención especializada! El problema es cuando una sociedad entera aprende, sin darse cuenta, a renunciar a su propia competencia para cuidarse.
Este tipo de dependencia institucional de la salud es a lo que Iván Illich llamó iatrogenia cultural: no el daño clínico de un procedimiento –que es una iatrogenia–, sino el daño social que aparece cuando delegamos nuestro bienestar a instituciones que convierten la salud en trámite y la autonomía en obediencia. 1 Se trata de un fenómeno que tiene historia, formas y nombres.
Durante siglos, la consolidación de la medicina “profesional” no solo organizó hospitales y universidades, también reordenó el mapa del cuidado. Parteras, curanderas y herbolarias —muchas veces mujeres con saberes transmitidos por generaciones— fueron desplazadas, subordinadas o directamente perseguidas; la curación dejó de ser un arte comunitario y se volvió un territorio regulado por credenciales y jerarquías.
Ehrenreich y English narran ese viraje como una captura política del cuidado, el paso de sanadoras autónomas a trabajadoras incorporadas a un sistema dominado por varones y por instituciones. 2 Pero la operación no fue solo laboral, sino cognitiva. Lo que no cabía en el canon se etiquetó como superstición, charlatanería o error. Boaventura de Sousa Santos propuso un nombre duro para esa amputación del conocimiento y lo llamó epistemicidio: la destrucción sistemática de repertorios para conocer y habitar el mundo, una injusticia social y cognitiva. 3
En América Latina, Eduardo L. Menéndez describió este patrón como un modelo médico hegemónico; un entramado que privilegia el biologicismo, la intervención técnico-burocrática y la autoridad profesional, y expande el lenguaje médico hasta colonizar la vida cotidiana. 4 Illich dibuja el mapa completo cuando advierte que un sistema de salud que crece “más allá de límites críticos” no solo produce daños clínicos, sino que también expropia la capacidad de las personas para curarse, acompañarse en sus vidas, darle sentido al dolor y a la muerte, y termina estableciendo un monopolio sobre los métodos y procesos que considera legítimos e “higiénicos” para los cuerpos.
Esa idea conversa, décadas después, con un concepto que la sociología bautizó como medicalización: el proceso por el cual cada vez más ámbitos de la vida ordinaria –como la tristeza o la inquietud– pasan a ser definidos, vigilados y gestionados como asuntos médicos. Peter Conrad y otros autores lo resumieron: más y más vida cotidiana bajo el dominio y la supervisión de la medicina. 5
¿Qué tiene que ver todo esto con el placer? Mucho. Porque si la salud queda “del otro lado del mostrador”, atendida por especialistas o por el Estado, entonces el placer —que es parte del bienestar, pero también una fuerza que empuja— se nos aparece como algo separado del cuidado. En un mundo de iatrogenia cultural, se aprende a pensar así: mi salud la ve alguien más; yo, mientras tanto, busco alivio, energía, calma, pertenencia, descanso, dopamina, sabor, sexo y comida. Y esa búsqueda puede tomar formas inocentes o intensas; café aunque sepamos que nos irrita el estómago; azúcar aunque la glucosa “salga mal”; alcohol aunque el sueño se destruya, o el uso de sustancias psicoactivas ilegalizadas en contextos donde el cuidado quedó reducido a regaño, castigo o clandestinidad.
El resultado es una brecha estructural entre placer y cuidado, y no sólo cuidado personal. A veces, hasta el cuidado a otras personas. Cuando esa brecha se normaliza, quedamos desarmados ante cualquier evento que atraviese la salud. Ya sea una gastritis, una ansiedad persistente, una presión arterial que se descompensa, un duelo, una búsqueda sexual, una ruptura, un dolor crónico, o un consumo que deja de ser esporádico y se vuelve refugio.
En ese escenario, la balanza suele inclinarse hacia el riesgo; no porque el placer sea enemigo, sino porque el cuidado fue expropiado. Ya no es una práctica cotidiana aprendida en comunidad que se puede aplicar a nuestras prácticas, sino un servicio al que se “acude” cuando el daño ya ocurrió. A veces ni siquiera pensamos en que necesitamos cuidarnos, porque de eso se encarga alguien más.
No se trata de fiscalizar el placer ni de convertir la vida en penitencia sanitaria. Se trata de recuperar la idea de que el placer también puede planearse. A veces lo hacemos intuitivamente; comemos pastel y luego caminamos. Tras una semana pesada de trabajo, buscamos una noche de fiesta y al día siguiente protegemos el sueño y la hidratación. Ese tipo de balance —simple, humano— es una forma de autonomía. El problema aparece cuando la cultura nos educa para pensar que el equilibrio es asunto exclusivo del consultorio, de la terapia, o peor aún, de ningún lado, y es ahí donde el placer se vuelve “huérfano”, no dialoga con el cuerpo sino que compite con él.
Reconstruir el puente entre el saber del placer, del cuerpo y la sustancia no exige negar avances médicos. Exige devolver voz y lugar a conocimientos históricamente marginados y, al mismo tiempo, reubicar a la medicina en un papel menos colonial. No como dueña del sentido, sino como aliada del autocuidado informado. No como monopolio del bienestar, sino como herramienta al servicio de vidas complejas.
Quizá el horizonte no sea más ni menos medicina, sino reaprender una cultura del cuidado, donde el placer no esté divorciado de la salud ni de la conexión con las otras personas. Donde las decisiones vengan acompañadas de contexto, información y comunidad. En ese punto, la reducción de riesgos y daños deja de ser “un servicio para casos extremos”. Se vuelve un idioma cotidiano, un conjunto de políticas, programas y prácticas orientadas a disminuir las consecuencias adversas del uso de sustancias psicoactivas —legales e ilegales—, sin convertir la abstinencia en requisito para merecer apoyo. Propone una forma de trabajar sin juicio con quienes usan, para reducir riesgos concretos y promover salud y bienestar.
Solo así podremos revertir el daño cultural de depender ciegamente de las instituciones. Con el tiempo podremos empezar a revertir la iatrogenia cultural, devolvernos herramientas para habitar el cuerpo, experimentar placer sin culpa y no condenarnos a buscar alivio a ciegas.
* Andrés Portilla Martínez es químico farmacéutico, maestro y doctor en Investigación en Medicina con especialización en Farmacología por el Instituto Politécnico Nacional, cuenta con una especialización en Endocannabinología por la UNAM. Como investigador ha publicado en múltiples revistas científicas nacionales e internacionales. Como divulgador científico desarrolla textos y contenido para redes sociales como Instagram y YouTube sobre educación en reducción de riesgos y daños, automedicación responsable y uso informado de fármacos y sustancias desde su canal @Farmadrux.
1 Illich I. Medical Nemesis: The Expropriation of Health. New York: Pantheon Books; 1976.
2 Ehrenreich Barbara, English Deirdre. Witches, Midwives, and Nurses: A History of Women Healers. New York: The Feminist Press; 1973.
3 De Sousa Santos, Boaventura. Epistemologies of the South: Justice Against Epistemicide. Routledge: Taylor & Francis; 2014.
4 Menéndez EL. El Modelo Médico y la Salud de los Trabajadores. Salud Colectiva. 2005;1(1):9–32.
5 Conrad P. Medicalization and Social Control. Annual Review of Sociology. 1992;18:209–232.