Cuando el cansancio nos une

blogeditor · 25 de noviembre de 2014

Cuando el cansancio nos une

-¿Y realmente piensa que siguen vivos los normalistas?

-Están muertos, lo sabemos, pero cuando decimos que los queremos vivos, lo que pedimos es que no haya más desaparecidos.

Karen, 25 años, estudiante de Psicología, nota de El País (21/11/2014).

 

Por donde se le vea, estamos inmersos en una crisis política y social compleja. Quien quiera minimizarla está en todo su derecho; quien prefiera evitarla y continuar como si no pasara nada, adelante, siempre es más fácil evadir lo que resulta incómodo. Los eventos de los últimos meses se fueron sucediendo como una cadena de fichas de dominó. Tlatlaya, Ayotzinapa, la cancelación del tren rápido, el escándalo de la “Casa Blanca”y la violencia emprendida sin justificación contra personas que participaron pacíficamente en la marcha del #20NovMx. Cada pieza contribuyó a complicar un escenario ya de por sí difícil.

A más de dos meses de la desaparición de los estudiantes aún no hay una respuesta que deje satisfechos a los padres y a la sociedad mexicana. Pocos creen en la versión de la PGR. Y es que esta falta de credibilidad nos conduce inevitablemente a una crisis de legitimidad. Si agregamos el escándalo –y mal manejo– de la “Casa Blanca” y la falta de transparencia en el actuar de este gobierno nos encontramos ante una crisis política profunda, que alcanza a todos los niveles de gobierno y a todas las fuerzas políticas, y que va más allá de la tragedia en Iguala. Si éste fuera un sistema parlamentario ya estaríamos convocando a nuevas elecciones para elegir un nuevo gobierno de mayoría; para el actual sería muy complicado continuar.

Por una parte, es preocupante la lectura que se hace desde el poder de las espontáneas manifestaciones en la calles. El hecho de que se le vea como un movimiento que busca “desestabilizar a un proyecto de nación” da muestras de una enorme incapacidad e insensibilidad para entender la dimensión y profundidad de la coyuntura actual. No se trata de un asunto personal en contra del presidente y su proyecto de nación, se trata de la incapacidad colectiva para seguir tolerando la purulencia del sistema político mexicano.

Por el otro lado, la gran convocatoria que han tenido las marchas organizadas en torno a exigir justicia para los padres y familiares de los estudiantes desaparecidos está a años luz de poder ser manipulada por “fuerzas oscuras”. En éstas confluyen todo tipo de personas e intereses, de artistas y estudiantes a amas de casas y niños. Se congregan grupos diversos e intereses disímbolos que únicamente los une una serie de sentimientos compartidos, así como la solidaridad para acompañar a los padres en este largo y doloroso peregrinar al que han sido sometidos. Hay más fraternidad que afán desestabilizador; más dolor que furia.

El movimiento en torno a los estudiantes de Ayotzinapa es actualmente el conflicto social más importante que enfrenta el gobierno federal. Pasó de ser un evento meramente local a un conflicto de magnitud nacional en un par de semanas. Se equivoca gravemente quien piense que esto es una llamarada que se diluirá en un par de meses. “Esto apenas empieza” es una de las frases que se repite como mantra en las marchas. Esta tragedia toca la realidad de miles, millones de mexicanos que se sienten víctimas (también) como los padres de los normalistas, y por eso, sólo por ese sentimiento compartido se congregan en marchas masivas donde no hay mucho más en común. El dolor, el hartazgo, la impotencia.

Me preocupa que dentro de este movimiento, formado alrededor de la demanda de justicia para los padres de los normalistas, no alcanzo a identificar una o varias demandas concretas para el gobierno (honestamente, ni el “Fuera Peña”, ni el “Vivos los queremos” son demandas sensatas). Hay muchas consignas y enorme frustración manifestada ante la lenta y deficiente actuación de parte de las instituciones encargadas de esclarecer este caso, pero muy pocas propuestas. Observo a un movimiento basto, diverso, formado por múltiples organizaciones y actores confluyendo sobre todo en una sensación de hartazgo y cansancio frente a un sistema político que no responde adecuadamente a las demandas de la población. Una masiva acumulación de cansancios nos congrega alrededor de los padres de los normalistas.

Quizá, como sugieren algunos expertos participantes en movimientos sociales, es cuestión de tiempo y de que el movimiento madure para dar paso a una serie de demandas claramente articuladas. Me preocupa que antes de que esto suceda, el movimiento se desperdigue y cada quien regrese a dar su micro batalla particular. El momentum alrededor de las demandas de justicia de los padres es particularmente poderoso para concentrar sinergias de orígenes distintos.

Fue claro que la segunda marcha masiva, que terminó con aquella señal en la plancha del zócalo“Fue el Estado” fue lo suficientemente numerosa para dar el puntapié final a la salida del ex gobernador Ángel Aguirre. La cantidad de personas, los grupos presentes eran una señal para el PRD de que había que sacrificar el brazo por salvar el cuerpo. Esto despresurizó inmediatamente la furia del movimiento contra el PRD. No obstante, el gobierno federal no ha dado su brazo a torcer. Si ninguno de los numerosos errores cometidos por el gobierno federal tienen una consecuencia efectiva, la presión sobre la figura del presidente seguirá acumulándose y los gritos de “Fuera Peña” se multiplicarán cada día con más fuerza.

Hoy las calles están vivas, se vuelven ríos de personas de todos orígenes que se unen a la voz de los padres adoloridos por la pérdida de sus hijos. También las redes sociales están en ebullición: noticias, fotos, videos, artículos, críticas y comentarios en torno a estos sucesos se leen por decenas en las redes sociales. Hay algo muy positivo que surge de este acontecimiento, la gente está inmersa en el tema, las redes están saturadas de información, pero me parece que aún están ausentes los canales adecuados para verter toda esta frustración, coraje, impotencia, desesperación en algo que le pueda dar una salida propositiva. Sí, creo que este movimiento debe inevitablemente concitar cambios institucionales importantes o de lo contrario perderíamos una oportunidad de oro.

Me parece que es necesario conformar una agenda de cambios y reformas trascendentes para el país. Hay que replantear y repensar la estrategia de seguridad pública actual; hay que reformar y reforzar las instituciones de procuración e impartición de justicia, incluyendo acelerar la famosa reforma penal hoy en día muy olvidada. Hay que, en el fondo, fortalecer el Estado de Derecho, pero encontrar las formas muy puntuales para hacerlo, no sólo generar discursos. Hay que hacer reformas para combatir la corrupción, mejorar la transparencia y rendición de cuentas de todos los niveles de gobierno y poderes del Estado. Hay que eliminar los privilegios de la clase gobernante. Hay que democratizar las vías para acceder al poder y hay que revisar a fondo los perfiles de criminales ocultos bajo el manto protector del fuero, de los colores partidistas y las instituciones públicas. Todos estos temas son prioritarios, y seguramente hay muchas más que se pueden agregar y perfeccionar.

Lo que nos llena aún más de indignación y coraje es la actitud y el silencio de las autoridades, partidos y representantes “del pueblo”. La oposición está absorta en un mutis. Esos largos silencios incómodos sólo se suspenden para ver expresiones de represión y de más detenidos de forma arbitraria e injusta. La única voz del Estado que se escucha no ayuda a aminorar el conflicto. Todo lo contrario. La quema del muñeco que representaba a Peña Nieto es un acto simbólico que evidencia que de no abrirse los canales democráticos de dialogo para que algo dentro del enmohecido y anquilosado sistema político se modifique, ese fuego bien podría extenderse a cientos de plazas en el país.

Vivimos tiempos de dolor, de duelo, de ira y frustración colectivos. La manifestación pública en las calles no va a parar hasta que se encare al movimiento y entiendan su complejidad y el trasfondo de demandas que hay detrás de todas esas expresiones de dolor, hartazgo, cansancio y también ¿por qué no? de esperanza.

Sí, también en las calles, en las marchas hay esperanza en que se puede construir un edificio nuevo, más justo, más seguro, más equitativo y más benevolente con todos. Hay esperanza, otra vez, de encontrar ese momento para modificar lo que no funciona y transformarlo. Muchos, millones de personas, esperan que ese sea el desenlace de esta historia. Ojalá que así sea.

 

@rodaxiando