Jorge Avila · 15 de abril de 2026
Hablar de las relaciones afectivas en el trabajo no es una pretensión ni una intromisión en la vida privada. Es una necesidad ética. Como investigadora, a lo largo de muchos años he observado una situación que se repite en distintos contextos laborales y académicos: cuando una persona dice “no” a una relación amorosa o decide poner fin a un vínculo afectivo, lo que sigue no siempre es el respeto a esta decisión, sino un proceso de desgaste silencioso, producto del dolor generado por esta negativa.
Ese desgaste rara vez se presenta como una agresión directa. Aparece en forma de rumores, comentarios ambiguos, versiones distorsionadas de los hechos y narrativas negativas que comienzan a circular sobre la persona que dijo no. Se cuestiona su ética, su estabilidad emocional o su profesionalismo. De manera casi imperceptible, la decisión legítima de no continuar una relación se transforma en un “problema” atribuido a quien se negó.
Lo que está en juego no es el amor, sino el control en el trabajo. En muchos ambientes laborales, decir no rompe un pacto implícito: la expectativa de disponibilidad afectiva, de complacencia o de silencio. Cuando esa expectativa se frustra, el rechazo se castiga socialmente. El daño ético no proviene del vínculo en sí, sino del rechazo a sostenerlo.
Este tipo de prácticas son comunes y generan un daño ético profundo porque vulneran la autonomía, la dignidad y el derecho a trabajar sin miedo. Cuando hablo de daño ético no me refiero a una categoría jurídica ni exclusivamente clínica, sino a una noción construida a partir de la observación etnográfica de prácticas institucionales que afectan la dignidad, la autonomía y la integridad moral de las personas, aun cuando no siempre puedan ser tipificadas como violencia laboral. Además, envían un mensaje peligroso al resto de la comunidad: negarse tiene consecuencias. Así, el rumor y el descrédito se convierten en mecanismos de disciplinamiento que buscan restablecer un orden afectivo y jerárquico.
En el análisis de las relaciones sexoafectivas en espacios laborales y académicos, resulta necesario considerar aquellas dinámicas en las que la idealización afectiva, el deseo no correspondido o la apropiación simbólica del otro pueden derivar en formas específicas de daño ético. Una de estas manifestaciones es la erotomanía, entendida no exclusivamente como una categoría clínica, sino como una construcción sociocultural que se expresa en contextos atravesados por jerarquías, poder y cercanía cotidiana.
Desde una investigación antropológica previa sobre acoso psicológico laboral, fue posible identificar que ciertas relaciones afectivas idealizadas —especialmente cuando se desarrollan en contextos laborales jerárquicos— pueden transformarse en dispositivos de violencia simbólica, exclusión y hostigamiento persistente. En estos casos, la erotomanía se manifiesta como la convicción subjetiva de ser amado o correspondido por otra persona —generalmente ubicada en una posición de autoridad o reconocimiento institucional— sin que sea cierta, lo que genera expectativas afectivas que, al no cumplirse, derivan en resentimiento, represalias o castigos.
Dentro de estas dinámicas aparece un fenómeno particularmente delicado: la idealización afectiva no correspondida. Cuando una persona construye la convicción de que existe un vínculo amoroso —real o imaginado— y este no se materializa, pueden activarse mecanismos de castigo y violencia. El afecto se transforma en control, el interés en vigilancia y el cuidado en hostilidad. No se trata de amor, sino de apropiación simbólica del otro.
A diferencia del enamoramiento —concebido como un estado relacional basado en la reciprocidad—, la erotomanía se caracteriza por una asimetría afectiva e ilusoria que vulnera la autonomía y la dignidad de la persona objeto de la idealización. El amor no es un fenómeno puramente privado ni inocente, sino una experiencia atravesada por mandatos de género y relaciones de poder. Puede ser espacio de cuidado y reciprocidad, pero también puede convertirse en un dispositivo de control cuando se basa en la dependencia, la idealización y la renuncia a la autonomía.
Desde una perspectiva bioética, estas situaciones constituyen una forma de daño ético, en tanto vulneran los principios de no maleficencia y justicia, y erosionan la responsabilidad afectiva que debería regir las interacciones en espacios institucionales. Aquí es donde el deseo deja de ser una emoción privada y se transforma en una fuerza política.
México no es ajeno a estas dinámicas. En universidades, centros de investigación y espacios laborales existen violencias silenciosas que no dejan marcas visibles ni siempre generan denuncias formales. Se manifiestan como exclusiones sutiles, decisiones opacas y trayectorias profesionales que se estancan sin razón aparente.
Hablar de relaciones afectivas en el trabajo sigue siendo incómodo. Se tiende a pensar que pertenecen exclusivamente al ámbito privado. Sin embargo, cuando estos vínculos se desarrollan en espacios atravesados por jerarquías, evaluaciones y decisiones de poder, dejan de ser asuntos privados y se convierten en un problema público.
El silencio institucional juega un papel central en la reproducción de estas violencias laborales. La ausencia de protocolos claros, la negativa a intervenir en lo que se considera “vida privada” y la normalización de relaciones jerárquicas desiguales generan un terreno fértil para el abuso.
Desde una mirada ética, el problema no es el deseo, sino la falta de responsabilidad institucional frente a sus consecuencias. Las decisiones afectivas, cuando se toman en contextos de poder, no son inocuas. Ignorar esto equivale a aceptar que la injusticia y el daño emocional formen parte de la vida laboral.
Además, estas prácticas no solo vulneran principios bioéticos, también contravienen el marco jurídico laboral en México. La Ley Federal del Trabajo establece que toda relación laboral debe desarrollarse en condiciones que respeten la dignidad humana y prohíbe cualquier forma de discriminación. Asimismo, reconoce y sanciona el hostigamiento y el acoso sexual como conductas que atentan contra la integridad y la libertad de las personas trabajadoras.
Sin embargo, muchas de las dinámicas descritas en este texto quedan fuera de los marcos formales de denuncia porque se presentan de manera sutil: como rumores, castigos simbólicos, exclusiones o deterioro de trayectorias profesionales tras el rechazo afectivo. Aunque no siempre se nombran, reproducen las mismas lógicas de subordinación, coerción y violenciaque la ley busca erradicar.
La bioética del cuidado ofrece una clave fundamental para pensar estas situaciones: cuidar implica reconocer la vulnerabilidad, asumir la responsabilidad por el impacto de nuestras acciones y garantizar que los afectos no se conviertan en instrumentos de exclusión o castigo.
Las instituciones no pueden seguir actuando como si las emociones no existieran. Nombrar estas dinámicas no busca moralizar la intimidad, sino proteger la dignidad, la justicia y el derecho a trabajar sin miedo.
Reconocer estas dinámicas resulta fundamental para evitar la romantización de prácticas que, bajo el discurso del amor, reproducen relaciones de poder y violencia simbólica. Cuando el amor se cruza con el poder sin responsabilidad, deja de ser un asunto privado. Se convierte en una forma silenciosa de violencia institucional.