blogeditor · 10 de septiembre de 2015
[contextly_sidebar id=”hf8QHtUQU0w8fk8btSpeH7Swj7CiWFIP”]Rafael Frías es médico anestesiólogo de MSF México. Nacido en Toluca, Estado de México, es egresado como médico y anestesiólogo por la Universidad Autónoma del Estado de México (UAEM). Su primera misión médico humanitaria fue en la ciudad de Bangassou, en la República Centroafricana (RCA), un país arrasado por la guerra desde el año 2012.
Cuéntanos cómo fue tu llegada a RCA…
Llegué a Bangui, la capital del país, y nos encaminamos -junto a un cirujano belga de MSF, quien iba a ser mi compañero- a conocer el proyecto materno infantil llamado “Castores”. Cuando estábamos dando el recorrido, reportaron que el anestesiólogo estaba enfermo. Nosotros seguimos con nuestra visita, pero llegó un enfermero diciendo: “¡Sufrimiento fetal, se necesita pasar a quirófano!” y como no había anestesiólogo, me miraron a mí y me preguntaron: “¿Tú puedes dar la anestesia?”. Y así comencé a trabajar en mi primera misión junto a MSF.
¿Qué significó para ti esta primera experiencia?
Yo iba llegando de México, todavía no sabía cómo funcionaba nada en República Centroafricana, ni siquiera las dosificaciones, sé que son un poco diferentes. No las dosificaciones para pacientes, sino para ámpulas, ya que tienen medidas diferentes y hay que hacer diluciones diferentes a las que estoy acostumbrado hacer. En fin, yo les dije: “Sí, claro que pueden contar conmigo en el quirófano”.
Normalmente cuando doy consulta privada en hospitales que no conozco aquí en México, trato de llegar antes para ver dónde queda el tanque de oxígeno, la máquina de anestesia, los medicamentos de urgencia, etcétera. Pero en esta ocasión no tuve oportunidad de prever nada. Me cambié, llegué a quirófano, vi que había dos técnicos en anestesia, y en lo que preguntaba en dónde están las cosas, me trajeron a la paciente. Todo fue muy rápido, éstas son urgencias.
Mi paciente ya estaba en quirófano, sentí mucha presión, pero me dije ‘tengo que hacerlo’. Entonces limpié a la paciente, me pasaron la aguja, y deposité el anestésico, voltearon a la paciente, y me preguntaron: “¿Podemos empezar?” Yo respondo que sí. Todo perfecto, todo sale bien, sale el niño, y después de todo eso, baja mi nivel de adrenalina. Estaba sumamente nervioso, y se me acerca uno de los anestesiólogos, y me pregunta: “Doctor, ¿de dónde es usted?” le dije “Soy de México” y me preguntó “¿En México trabajan así de rápido?” y le dije sí… aunque en realidad yo sabía que era algo inédito. Así fue mi primera anestesia en África. Supimos así que íbamos a ser un buen equipo médico.

¿Cuánto tiempo estuviste en Bangui?
En Bangui, solamente estuve una noche y al otro día me fui a Bangassou. Para mí fue impresionante ver que allí hay gente que no tiene agua, luz, que a veces vienen a quirófano con hernias estranguladas que son muy dolorosas. A veces llegan después de atravesar caminos de cinco horas en moto, ¡cinco horas! Después de ese traqueteo, en calles de terracería… cuando llegan hay que anestesiarlos y les quitas el dolor, entonces sabes que estás haciendo una gran labor.
¿Cómo era un día en Bangassou?
Nos levantábamos a las 6 de la mañana, para prepararnos, y partíamos de la base al hospital. Los vehículos salían a las 7:15 y llegábamos a las 7:30, se hacía una reunión con todo el hospital, y empezábamos a trabajar. Hacíamos una visita a los pacientes hospitalizados, a partir de ahí seleccionábamos qué pacientes pasaban a quirúrgico. A veces se hacía de noche y seguíamos pasando pacientes a cirugía, solamente hacíamos un descanso para ir a comer y regresábamos al trabajo. Es duro. Así era un día normal, de lunes a sábado. Los domingos trataba de integrarme con la gente, me gustaba visitar la casa de las personas. Me llamó la atención que, cuando íbamos al mercado local, mucha gente me llamaba por mi nombre, cuando era gente que yo jamás había visto. Después llegamos a la conclusión que al ser yo el único anestesiólogo en la segunda ciudad más grande de República Centroafricana, me reconocían, y se pasaban la voz entre la comunidad. Me daba mucha felicidad encontrar gente así en las calles.


¿Y tienes alguna anécdota que te haya marcado de alguna manera?
Sí, en una ocasión salí con una médico internista sueca, hacíamos recorridos muy seguido y esa vez caminamos mucho, lejos de la base, y encontramos a una niña muy sonriente que vendía unos productos locales que ella misma hacía. Quisimos comprarle, pero el billete de más baja denominación que teníamos era muy grande para el valor de lo que ella vendía, tratamos de cambiarlo, pero no pudimos, entonces con el billete tratamos de comprarle toda su mercancía. Nos hicimos amigos de ella, aunque como sólo hablaba Sango, era muy difícil comunicarnos. Una chica genial, encantadora, muy sonriente y entonces… descubro que tenía una deformidad en el brazo, tenía una cinta que les ponen para la medicina que es típica de ahí, de curanderos, pero ella nos decía que le dolía mucho en las noches. Nos llevó a su casa, vivía en un lugar donde no había nada, solamente las partes de un coche viejo donde ella dormía; después llegó un pariente que nos contó que la niña se había caído de un árbol, posiblemente tuvo una fractura, y por eso le dolía mucho. Le insistimos que viniera al hospital pero pasó casi una semana y finalmente llevaron a la niña, me dio mucho gusto, le dimos toda la atención necesaria, se la pasó a quirófano, y la niña estuvo mejor. Me dio felicidad cuando encontré a la niña caminando por las calles otra vez y sin dolor. Da mucho gusto hacer esta labor, y ver los resultados tan rápidamente.
También me marcó mucho conocer al cirujano belga de quien hablé al comienzo, él es un “dinosaurio” de MSF, tiene más de 30 años haciendo misiones humanitarias, y me gustaría ser como él. Me gustaría tener 60 años y seguir ayudando, contarle a mi familia mis experiencias y qué es lo que he hecho en mi vida por un mundo mejor.

