Dulce Ramos · 23 de enero de 2013
Se acomodan en sus sillas, sonríen, comentan los chismes sabrosos, escuchan discursos, aplauden, ponen cara circunspecta, algunos se afligen y hasta echan lágrima cuando hablan. En ocasiones hay firmas, casi siempre convocatorias a todos-los-actores-somos-uno-mismo y viene el road show, el “ahora sí es en serio”, matraqueros incluidos. En suma, lo necesario para mantener la atención hasta la próxima administración. Como ritual, todos los presidentes comienzan su sexenio prometiendo que ahora sí erradicarán la pobreza extrema, esa que “tanto lacera a los mexicanos”.
Carlos Salinas, en su discurso de toma de posesión, propuso con entusiasmo “poner en marcha de inmediato un acuerdo nacional para el mejoramiento productivo del bienestar popular y elevar así el nivel de vida de nuestros compatriotas. Para hacer realidad este acuerdo, concentraremos recursos y esfuerzos en […] temas críticos, prioridades sociales de mi gobierno, cuya atención ya no admite ni titubeos ni posposiciones, éstos son: la erradicación de la pobreza extrema […]” y entonces anunció el Programa Nacional de Solidaridad (Pronasol). El componente alimentario incluyó becas y entrega de despensas como parte de “Niños en Solidaridad”.
Ernesto Zedillo le puso escenario y a pesar de las turbulencias financieras al inicio de su sexenio, cuatro meses después de tomar posesión se embarcó en el anuncio del Programa de Alimentación y Nutrición Familiar. Cobijado por las fuerzas vivas del PRI en la Montaña de Guerrero , el presidente afirmó que “tenemos el reto de combatir la pobreza, tenemos el reto de crear nuevas opciones productivas, tenemos el reto de disminuir esos graves rezagos sociales, tenemos el reto de combatir la desnutrición entre nuestros niños y las mujeres, y quiero decirles, amigas y amigos, que ése es mi compromiso: el trabajar con ustedes y con el gobierno del estado para hacer la justicia, la justicia social que ustedes reclaman y que ustedes merecen”.
Vicente Fox decidió ir a Oaxaca un día después de asumir como Titular del Ejecutivo. Allí afirmó que “es una prioridad nacional en nuestro Plan de Gobierno combatir la pobreza, dar las oportunidades mínimas de desarrollo a cada familia”. Para que no quedara duda de su compromiso, llevó a la tierra del barro negro como testigos de honor a su entonces amigo Hugo Chávez “quien está luchando, luchando en su país por transformaciones profundas” y al legendario Lech Walesa. Pocos meses después anunció en medio de comunidades de Hidalgo y Villa Victoria en el estado de México, el Programa de Apoyo a 250 Micro Regiones y el Programa Nacional de Salud y Nutrición de los Pueblos Indígenas.
Seis años después, Felipe Calderón no se quiso quedar atrás y fue a Tlacochistlahuaca, Guerrero, y a Hueytlalpan, en la Sierra Norte de Puebla, para anunciar la grandilocuente Estrategia Integral para el Desarrollo Social de los Municipios Marginados (100 x 100) . Para no desentonar con sus predecesores, Calderón sentenció: “sé que la pobreza es el problema más grave en nuestro país de carácter social y es el principal desafío del desarrollo. Si queremos ser un México mejor, debemos combatir sin tregua y superar la pobreza, ésta es una de las prioridades de mi Gobierno, además de la lucha por la seguridad pública”.
Así pues, llegamos a Peña Nieto. En el lanzamiento de la Cruzada Nacional Contra el Hambre que forma parte de la “Estrategia integral de inclusión y bienestar social”, el titular de Los Pinos reconoció una vez más que “resulta lastimoso, lamentable y doloroso que aún sigan existiendo mexicanos que padecen hambre aquí, en Chiapas, y hay que decirlo, en todas las entidades de la República Mexicana. Es una condición lacerante que nos cuesta reconocer como país en pleno Siglo XXI”. Y prometió, faltaba más, en Las Margaritas, Chiapas, que “superar el hambre es prioridad del Gobierno de la República. Superar la pobreza extrema es nuestra mayor obligación ética”. Palabras dichas en un escenario que no es el mismo pero es igual.
La política social de los últimos 40 años se ha llenado de una multitud de programas que buscan de forma directa o indirecta erradicar el hambre y la pobreza. Hay ejemplos de aquellos enfocados a la asistencia alimentaria, como el Sistema Alimentario Mexicano en el componente de “Suministro de Alimentos a Zonas Críticas”, con López Portillo; el Programa Nacional de Alimentos, con De la Madrid; el componente de becas alimentarias de Pronasol, luego Progresa, hoy Oportunidades desde Salinas y perfeccionado por Zedillo; el Programa de Apoyo Alimentario, con Fox y Calderón; los diversos programas del DIF como los desayunos escolares y el Programa de Asistencia Social Alimentaria a Familias. Tenemos los programas que buscaron coordinar diversas acciones con énfasis en inversiones productivas como el Programa de Inversión para el Desarrollo Rural (Pider), con Echeverría; en el desarrollo regional como la Coordinación General del Plan Nacional de Zonas Deprimidas y Grupos Marginados (Coplamar), con López Portillo; Programas de Desarrollo Regional, con De la Madrid; Pronasol, con Salinas; Programa de Atención a Microrregiones, con Zedillo y Fox; Estrategia Integral para el Desarrollo Social y Económico de los Municipios con Menor Índice de Desarrollo Humano, Estrategia 100 x 100, con Felipe Calderón. Y aún falta mencionar los programas de fortificación, enriquecimiento, suplementación vitamínica, etcétera. La creatividad gubernamental para crear programas, nombres y eufemismos es infinita.
La Cruzada Nacional Contra el Hambre se suma a este alegre recuento al agrupar a 66 programas existentes y con un detalle no menor. Según el anuncio oficial, la Cruzada llegará a 7.4 millones de personas . Según Coneval, en México 21 millones de personas viven en pobreza alimentaria. De acuerdo con la ENIGH 2010, 14 millones de adultos sintieron hambre pero no comieron y 6 millones de niños se acostaron con hambre en el trimestre previo a la entrevista. Al parecer, la tal Cruzada parece estar famélica en sus objetivos.
Tenemos, pues, las fanfarrias de un nuevo programa con viejos rituales, viejas prácticas propias de cambio sexenal, con la creación de nuevas lealtades y, en una de esas, nuevas clientelas. Por lo pronto, un dato. Luego de litros de saliva y atole con el dedo, la dichosa erradicación de la pobreza extrema no ha ocurrido: en el lejano año de 1968, 24 por ciento de la población vivía en pobreza alimentaria; en 1989 cerca de 22 por ciento estaba en esas condiciones. Veinte años después, a 19 por ciento de la población no le alcanza para comer. ¿Ahora sí será diferente?