Crónica de un millennial en un festival de chavos

Redacción Animal Político · 9 de diciembre de 2022

Crónica de un millennial en un festival de chavos

Ya vamos para un mes después del tan sonado Corona Capital de tres días (18, 19 y 20 de noviembre) que, como seguro habrán leído, escuchado o tiktokeado, despertó leyendas urbanas, descontentos y fascinaciones. Y es que la música conecta, despierta emociones, invita a descubrir, pero también genera fricciones cuando se trata de festivales que buscan integrar varios géneros y generaciones. 

La logística de un evento de este tipo sin duda implica grandes retos y requiere una planeación basada en el conocimiento de la audiencia que se dividirá en diferentes tipologías dependiendo de la experiencia buscada, estos eventos reúnen, obviamente, al fandom de cada banda invitada, pero también atraen a aquellos que buscan simplemente vivir la experiencia de un festival de música, ya sea solos o en compañía de amigos, familia o pareja. El reto se sofistica cuando además de tener variedad de bandas en diferentes escenarios, sus trayectorias son distintas teniendo a las leyendas, los de moda, los de relleno y los emergentes. 

En las últimas décadas, los festivales de este tipo se han consolidado atendiendo a diferentes targets, siendo las marcas de cerveza y bebidas alcohólicas las que más han capitalizado el concepto pues música y alcohol siempre ha sido una buena dupla, aunque la mariguana también se cuela en estos foros, pero esa es otra historia. Cada marca de cerveza responde a una identidad y conecta con cierto segmento, en este caso el Corona Capital, es abanderado por cerveza Corona donde solo se vende esta marca, porque como me dijo una vendedora cuando pedí una Victoria, se llama Corona Capital y solo tenemos Coronas, daah.

Y aunque el concepto y el mismo nombre del festival gira en torno a esta marca, también encontramos otras marcas de diferentes categorías que buscan posicionarse con un mercado joven haciéndose presentes con activaciones durante el evento, desde condones y apuestas hasta galletas y dulces. 

Ahora bien, ¿qué fue lo bueno, lo malo y lo feo de esta edición del Corona Capital

Cabe destacar que esto es observación, experiencia y sesgo de millennial que se acerca a la etapa rancia de su generación, pues la jovialidad y forma de ver el mundo de los veinteañeros cada vez la comprendo de manera más estudiada que vivida y a mis casi 36 años siento como me transformo en la tía que baila aplaudiendo y se pone eufórica a la menor provocación. 

Para empezar, la vibra de la gente fue muy agradable, una mezcla de cuerpos, identidades, edades y estilos desfilaba por el largo pasillo de la curva 4 del autódromo Hermanos Rodríguez de la Ciudad de México. 

Pude observar variedad de personas en atuendos emo reloaded, gran cantidad de bucket hats (que además fueron parte del merch y obsequios de activaciones), prendas coloridas que traían a mi mente los noventa y dos miles como si de otra vida se tratara, chonguitos tipo Miley Cyrus, Lis Nas X attitude, entre otras diversidades. 

Y luego viene lo no tan bueno. El ambiente para mí fue diferente, los tiempos de festivales donde el driver de asistencia para la mayoría era la música, parece que están en peligro de extinción. En general se veía una actitud desconectada de los escenarios a menos que se tratara de una banda o artista top, aunque algunos escenarios llamaban la atención de grupos de jóvenes, parecía que no los atrapaban por mucho tiempo y mejor se iban a formar a las activaciones de marcas que prometían regalarles algo. A este segmento los llamo “los Jumpers”: no tenían un interés genuino en el festival, si acaso fueron por acompañar a algún amigo fan de una banda en específico que se presentaba en cierto día y el resto de días solo fueron a pasear y es bonito y está bien, y siempre ha habido ese grupo de personas, pero en esta ocasión los vi en mayor cantidad. 

Después están los “naive heavy fans”, esos que sueñan con tocar la mano de su artista favorito y verlo a los ojos, y por esa razón llegan temprano y se disponen a hacer sacrificio de Gandhi instalados hasta el frente del escenario donde se presentarán sus ídolos, aunque estos salgan a escena 7 horas después, sacrificando ganas de ir al baño, comida y bebida, para que al final en un movimiento estrepitoso de la masa, les fracturen el pie a pisotones y tengan que salir para ser atendidos por paramédicos o les ganen las necesidades básicas y decidan orinar o defecar en el lugar donde hacen guardia.

Estos aferrados fans son los que en muchos casos rompieron la experiencia de otros, pues al estar todo el tiempo hasta adelante se volvían una barrera en cada concierto previo al que era de su interés, se mostraban antipáticos y rompían con el ánimo de los fans de las otras bandas, tal es el caso de IDLES previo a Myle Cyrus o Yeah Yeah Yeahs previo a los Monos Árticos, solo por mencionar algunos ejemplos. Y si usted es uno de estos naive heavy fans, dirá: ¿y qué tieneeee?, pues tiene todo, porque la lógica de estos eventos no es apartar lugar como en la fila de las tortillas, pero bueno, se entiende la pasión y de fondo no es su culpa, compa, la realidad es que la falta de entendimiento de la audiencia por parte de los organizadores se reflejó en un mix amorfo de artistas por escenario que en muchos casos provocó que te perdieras otro de tus artistas favs porque se empelmaban los horarios, o te tuvieras que chutar a los rockeros pesados que te aventaron su humanidad sobre tu cabeza en un intento de crowd surfing y arruinaron tu look de Hannah Montana.

Después están los “melómanos de festival”, aquellos que además de ir por una gran parte de los artistas en el line up estaban dispuestos a descubrir nuevas propuestas. De actitud pasiva, se veían por ahí dando la oportunidad a cada escenario y manteniéndose a una distancia moderada donde nadie los apretara, bolseara o meara, disfrutando de la música en vivo, siguiendo propuestas interesantes como Madeon o Jamie XX (que tiene cierto guiño al euro dance de finales de los 90),  algunos con una pila considerable de vasos de chela en la mano y seguro con una larga trayectoria en festivales tanto en México como en otros países. 

Luego están “les niñes Topo” aquellas personas que se declaran expertas en meterse hasta delante minutos antes de que empiece la banda de su interés, se organizan, se agarran de las manos (si es que van en grupo o hacen grupo ahí mismo) y entran de manera pasiva pidiendo permiso, para después aprovechar los movimientos de la masa ante la emoción de la primera nota o el primer grito del artista para avanzar con ímpetu a base de empujones, colándose en el más mínimo espacio. 

Finalmente, los “sobrevivientes”, aquellos veteranos que acudimos al llamado porque alguna de las bandas icónicas de nuestra adolescencia estaría presente en el festival. Para mí fue como un cierre de mi juventud, una recapitulación de historia personal, mi vida en retrospectiva. Ver en el escenario a 1975, escuchar a Karen O cantando “Date with the night”, my Chemical Romance con “Na na na” -que suena a mis últimos años de universidad- o Liam Gallagher tocando Champagne Supernova, convocando con su particular voz e inconfundible look intacto en el tiempo a los sobrevivientes de un mundo pre-pandémico donde las canciones se cantaban a todo pulmón, donde se vivía cada concierto, y aunque dos o tres fragmentos se grababan en horizontal, no se vivía a través del Tik Tok el remanente de aquella época donde se brincaba, se aplaudía, se coreaba, se levantaba el encendedor y después la lamparita del celular. 

Con todo esto, me queda la impresión de que las generaciones más jóvenes viven de otra manera los conciertos, como si tuvieran miedo de mostrar sus emociones. Viven a través del celular, grabando todo en TikToks, aunque algunos más que grabar el escenario se graban a ellos mismos cantando, no se mueven, no aplauden, no gritan cuando el artista los convoca, no bailan, no se dejan ir, se enojan si brincas y te emocionas junto a ellos, simplemente se forman y levantan su teléfono mientras las reacciones aparecen en sus pantallas, tal vez la pandemia los castró metafóricamente en su manera de interactuar con la masa, no lo sé. Por lo mientras, pareciera que el Metaverso tendrá el éxito vaticinado. 

Seguramente hay otras tipologías de asistentes que has identificado y no todos los jóvenes son así de aguados, lo importante es que las diferencias existen y los organizadores de este tipo de eventos tienen como responsabilidad reconocerlas y diseñar experiencias que hagan fit con las expectativas que propicien la sana convivencia y saquen lo mejor de cada asistente. Sin duda, cada persona que acudió a la edición 2022 del Corona Capital tendrá una historia diferente, pero como decía Campoamor: “y es que, en el mundo traidor, nada hay verdad ni mentira; todo es según el color del cristal con que se mira”.

 

*Paulina Cebada Díaz (@paw_cediz) es Mercadóloga, chismosa profesional, poblana no apoblanada, observadora del mundo y catadora de experiencias cotidianas, curadora de memes y contadora de historias.