Crónica del atropellado vuelto a atropellar

blogeditor · 19 de noviembre de 2015

Crónica del atropellado vuelto a atropellar

En casa tengo un sobre rotulado con la leyenda “Mi denuncia rodilla”. A un lado del título y con el mismo plumón, dibujé un pequeño buda del que nace un globito de diálogo que dice “Oooom”. Este batiburrillo espiritual pretende sintetizar el hecho de que cada uno de los documentos que contiene dicho sobre han debido pasar por un largo y espeso camino para que su contenido sirva de algo. Si es que ha de servir. Y es que en este país para que una denuncia avance hay que tener paciencia tibetana.

[contextly_sidebar id=”BPvY5aQ1d9WMf81yslNIe46eMq21GvzF”]El primero de agosto fui atropellado en calles de la colonia Roma por un tipo que luego de dejarme tirado en el piso se dio a la fuga. Una mezcla de incapacidad, vocación espiritual —confianza en que el karma hará que al que me atropelló se le pudra el tamal, pues— y desconfianza en las instituciones me llevó a no presentar la denuncia luego de acontecido el hecho, pero después de que me dijeron cuánto tendría que pagar (sólo de deducible) por la resonancia magnética que se hizo necesaria, y una vez que comencé a hacer cuentas y me di cuenta que todo lo que venía (y vino) me iba a dejar arruinado, decidí finalmente acudir a las oficinas del Ministerio Público, con la esperanza de que la rápida y oportuna intervención de las autoridades trajera en unos cuantos días al responsable del atropellamiento ante mí, con el fin de que comenzara a hacerse cargo de todos los gastos que su imprudencia (creo que no les conté que antes de atropellarme el tipo se pasó el alto) me había generado.

Pero mi indignación y mi bolsillo olvidaron que vivo en México, y que aquí cualquier institución dedicada a la procuración de justicia se caracteriza, precisamente, por procurar muy poco y, en multitud de ocasiones, por sencillamente no procurar nada. Así, desde mediados de agosto hasta la fecha, aún contando con el número de placas del auto que me embistió, 341-FYA, no he tenido el gusto de conocer al ciudadano que me dejó tirado en la calle.

Así, pienso que hoy da la impresión de que quien me atropelló hizo lo correcto: pasarme a traer y luego darse a la fuga. Y es que el MP ni siquiera ha emitido un citatorio para sacar de la comodidad de su hogar al sujeto que quizá a estas alturas del partido sólo debe estar preocupado por renovar su suscripción a Netflix.

¿Se les hace justo? Pues no. Por eso, aquí les va la relatoría de lo que hasta el momento he tenido que hacer en la Agencia del Ministerio Público CUH-5 (ubicada en Santa María la Ribera núm. 37) y en la Secretaría de Seguridad Pública locales sin conseguir absolutamente nada.

  • Para empezar, si no vas a la Agencia del MP que te corresponde inmediatamente después de los hechos que quieres denunciar, todos te van a regañar ahí. No le aunque que tú no te hayas podido mover y hayas pasado varios días incapacitado. De entrada te dicen que estás haciendo la denuncia tarde y que los videos que generan las cámaras de seguridad que hay por toda la ciudad —y había una muy cerca del lugar en el que me atropellaron— se borran a los siete días de acontecido el hecho. Primer gran detalle a favor del criminal: si tu incapacidad no te permitió irte arrastrando a presentar tu denuncia, lástima Margarito. El video ya no existe.
  • Una vez que asumes ser un mal ciudadano por no haberte ido a presentar durante las primeras horas luego de tu trancazo, finalmente se te toma la declaración… en el piso de arriba. Luego hay que bajar escaleras (no existe elevador) para que el médico legista certifique tus lesiones. Las que yo presento quedan “tasadas” en el rubro que indica que han tardado más de quince días —y, según, tardarían menos de sesenta— en sanar. A la fecha, calculadora en mano, llevan más de cien días (109 para ser exactos, al momento en que escribo esto), sin recuperarse del todo. El número de las placas de quien me atropelló fue declarado ante la autoridad desde ese momento, el agente del Ministerio Público Emigdio Salgado Ramos.
  • Luego de esa primer visita, fui citado para regresar unos cuantos días después a fin de ratificar mi denuncia. En esta nueva cita, me comparten el número de mi carpeta de investigación y me dan un NIP con el fin de que yo pueda seguir vía internet mi caso sin necesidad de tener que desplazarme. Ya en casa, descubro que el NIP no sirve para nada, y que la hojita que me dieron trae impresa en la esquina inferior derecha, justo a un lado del logotipo de la PGJDF, una minúscula leyenda: “Página web: en desarrollo”.
  • En una visita posterior al MP, una licenciada -ahí dentro, todos son licenciados- me informa que es muy difícil que encuentren el video del momento en el que me atropellaron pues ya han pasado muchos días desde la comisión del crimen. Me sugiere escribir una carta al Director General de Asuntos Jurídicos de la Secretaría de Seguridad Pública, el Maestro Emmanuel Chávez Pérez, para solicitarle (empleando un número de indentificación o “ID” que el propio MP me da) las imágenes. Una vez que la SSP selle de recibido el oficio -que por supuesto, yo soy el encargado de llevar- y lo muestre de vuelta en el MP, ellos podrán solicitar el video.
  • Una vez que he escrito la petición que me han indicado, me traslado a la SSP con la instrucción precisa de llevarla a la Oficialía de Partes de la Secretaría. Es de noche cuando llego a la SSP (para ese momento, me muevo empleando un bastón ortopédico) y las agentes en la mesa de recepción me indican -muy amablemente, eso sí- que debo esperar unos veinte minutos antes de subir pues se encuentran en cambio de turno. Ninguna de ellas sabe exactamente en dónde está la Oficialía de Partes, pero luego de un par de llamadas me informan que se encuentra ubicada en el décimo piso (aquí sí hay elevador). Una vez concluido el cambio de turno, subo con mi hojita.
  • Arriba, un oficial desatento y sumamente indiferente me informa estentóreamente que en esa Secretaría no hay Oficialía de Partes. Yo le espeto que del MP me mandaron precisamente ahí, y que sus compañeras en recepción me pidieron subir hasta ese piso. Muy molesto y de forma por demás grosera, el agente abre una puerta y me señala un cubículo al fondo de un pasillo repleto de folders arruinados por el paso del tiempo. Me murmura mientras atiende la ventana: “Ps a lo mejor es ahí”.
  • Efectivamente es ahí. El joven que me recibe me brinda esperanzas diciéndome que es muy posible que sí puedan encontrar el video, pero que es muy importante que lleve la copia de mi escrito con el sello de recibido al MP, a fin de que entonces ellos hagan “la petición formal“. Sin comprender por qué hacen falta un par de “peticiones formales” para conseguir el video, me retiro de ahí sin ánimo de dar las gracias a nadie.
  • Pasan los días. Como no tengo información de que haya sucedido nada con mi caso, vuelvo a presentarme ante el MP donde se me pide, una vez más, ampliar mi declaración. Repito básicamente lo mismo, agregando que espero que pronto aparezca el responsable. Se me cita pues a fines del mes de septiembre en punto del mediodía, “a efecto de continuar con su correspondiente trámite legal”, según dice en el citatorio que me entregan. No sé por qué, pero mi esperanza vuelve a surgir. Me da por pensar que ese día quizá me informen que ya tienen localizado al propietario de las placas que denuncié desde un principio. Incluso me emociono con la idea de que a lo mejor ese día también él está citado, y que finalmente voy a ver el inicio de la película en la que me devuelven todo el dinero gastado en mi recuperación.
  • Llegado el día, la licenciada que me dio la cita niega haberlo hecho (“en este lugar no damos citas”, dice con rapidez) y ante mi desconcierto resuelve ¿qué creen? mandarme nuevamente a ampliar mi declaración. Como considero que mi declaración es ya muy amplia -amplísima- sólo añado a la misma que debido a la gravedad de mis lesiones se hace necesario que me operen. El agente que escribe todo me sugiere volver en unos cuantos días. Yo le digo que luego de la operación eso es complicado pues pasaré semanas inmovilizado y luego será difícil subir las escaleras con muletas y la rodillera mecánica que deberé traer por cuatro o seis semanas. Con cara de resignación, el agente me dice que si yo no le doy seguimiento, mi caso se va a alentar aún más.
  • En muletas y con rodillera mecánica, me presento ante el MP transcurridas unas semanas. Vuelvo a ampliar mi declaración y me piden que me dé la vuelta a la semana siguiente, con mi(s) testigo(s)… para continuar ampliando mi declaración.
  • Como parte de mi fiesta de la ampliación, regreso al MP junto con mi testigo. Ambos cumplimos con el ritual amplificador y salimos de ahí con la sensación de que lo único que hicimos fue perder el tiempo. A pregunta expresa, quien nos toma la declaración me informa que no se le ha enviado ningún citatorio al propietario de las placas. Pese a todo, mantengo la esperanza absurda de que eso algún día efectivamente suceda.
  • Y ya no los aburro más. Debo preparar los documentos que integran mi carpeta de investigación para darme nuevamente una vuelta al MP mañana. Algo me dice que me pedirán ampliar mi declaración y que no le habrán girado ningún citatorio al responsable de lo que me pasó, y es que en este país la procuración de justicia, en el mejor de los casos, es como vivir dentro de un eterno déjà-vu.

 

* Eduardo Limón (@elimonpartido) es Periodista y Conductor de#TriánguloDeLetras (miércoles 20 hrs, por @Canal22).