Crónica de un entrenamiento de sumo

blogeditor · 20 de noviembre de 2013

Crónica de un entrenamiento de sumo

El sumo es el deporte nacional que más apasiona a las masas japonesas y a muchos visitantes extranjeros. Antiguamente era un acto ceremonial que se hacia solo en los santuarios shintoístas y después en actos solemnes frente al emperador. Hasta los siglos XVIII-XIX se convirtió en lo que hoy se conoce, una lucha para el entretenimiento público, y desde entonces también fue uno de los temas favoritos de los grabados en madera, cuyas impresiones se cotizan a muy altos precios en el mundo del arte.

Imagen de un grabado japonés del artista Hokusai. Siglo XIX
Imagen de un grabado japonés del artista Hokusai. Siglo XIX

Asistir a un torneo en la arena Ryôgoku, al noroeste de Tokio, es una experiencia sin duda memorable. Pero este deporte nacional, como muchos en el mundo, no ha estado exento de escándalos —aunque pocos— relacionados con el consumo de drogas, los torneos arreglados para cubrir cuotas de apuestas, los vínculos con la mafia y los abusos de autoridad por parte de los entrenadores, que han terminado en violencia e incluso en la muerte de luchadores.

Arena de Sumo Ryôgoku, Tokio

 Arena de Sumo Ryôgoku, Tokio. Foto: Monserrat Loyde

 

En 2007 leí una noticia que me estremeció: la muerte de un luchador de 17 años, Tokitaizan, cuyo verdadero nombre era Saito Takashi. “Murió poco después de la sesión de entrenamiento, al parecer por el completo agotamiento y los golpes de sus compañeros”. Fue la primera versión que se dio a conocer en la prensa japonesa.

[contextly_sidebar id=”72aa28f553c36a967baac01d0fd7202d”]Tras la denuncia de sus padres y la intervención de la policía, se supo que el cuerpo presentaba quemaduras, además de muchos golpes. “Un compañero afirmó que Tokitaizan había sido golpeado con un bate de metal”. Después se supo que “el master del establo lo había golpeado el día anterior con una botella de sake porque había intentado escapar del lugar.” Mientras leía esas escalofriantes notas, me vino a la memoria el día que fui a ver los entrenamientos de luchadores de Sumô en los establos que están en los alrededores del estadio Ryôgoku. De eso ya varios años, pero ahora comparto esa experiencia con ustedes.

Arena de Sumo Ryôgoku, Tokio.

Luchadores de Sumo en Ryôgoku, Tokio. Foto: Monserrat Loyde

 

Cuando recibí la invitación para visitar el establo de entrenamiento, no dudé en asistir a pesar de que significaba salir muy temprano en sábado. Las indicaciones que acompañaban la invitación parecían estrictas, pero siendo Japón no era para extrañarse: había que estar a las 7:45 de la mañana frente a la puerta del establo de entrenamiento, la sesión comenzaría a las 8 a.m. y terminaría a las 10 a.m. y no se permitía salir antes. Había que permanecer en flor de loto o con las piernas colocadas de manera que las plantas de los pies nunca dieran a los luchadores (por respeto a ellos), tampoco se les podía dar la espalda y por supuesto había que permanecer en silencio. Lo que si estaba permitido era llevar cámara o videograbadora.

Trainning of Sumô wrestlers VI

Establo de entrenamiento Ryôgoku, Tokio. Foto: Monserrat Loyde

 

Ese día entrenaban los más jóvenes y novatos (jonokuchi), contra los de rango superior a ellos que no eran los más famosos. Se podían distinguir por el color del calzón que llevaban (mawashi); los novatos usaban negro y los otros blanco. Además, las diferencias en la estatura y el peso eran evidentes; los novatos eran menos gordos y no pasaban de los 18 años. La primera hora y media tomé sin parar fotos y de vez en cuando grabé escenas de un minuto en la cámara. Pero de pronto la emoción de tomar las escenas del entrenamiento se tornó amarga.

Trainning of Sumô wrestlers II

Establo de entrenamiento Ryôgoku, Tokio. Foto: Monserrat Loyde

 

Un muchacho se distinguía de los demás por ser el único que no llevaba el pelo largo untado de aceite y peinado con coleta en la nuca, como es la costumbre. Tenía el cabello corto, era delgado y de piel morena. Llegó el momento en que por el cansancio se desvanecía cada vez que intentaba empujar a su oponente. Los de rango superior le gritaban que se levantara, pero una y otra vez se desvanecía. Lo tomaban de los pelos, lo arrastraban por el ring de arcilla y le gritaban sin parar que se levantara y siguiera.

Esa escena duro más de una hora y para ese entonces yo sentía vergüenza y horror de haber estado tomando fotos las primeras horas como cualquier turista emocionada. Todos los visitantes, incluyéndome, guardábamos un silencio sepulcral y yo intentaba desviar la mirada a todos lados menos hacia aquel luchador novato.

Trainning of Sumô wrestlers IX

Establo de entrenamiento de sumo. El muchacho de calzón negro que se ve a la izquierda terminó hecho una piltrafa. Foto: Monserrat Loyde

 

El espectáculo parecía interminable también para el novato, que para entonces sangraba de brazos y piernas por las caídas y arrastradas, además de que estaba absolutamente embarrado de arcilla. Para mí la sesión turística se convirtió en un castigo al tener que esperar a que dieran las 10 en el reloj, sobre todo tomando en cuenta que no había para dónde moverse, pues la distancia entre los luchadores y nosotros era de apenas dos metros. La experiencia para mí terminó siendo desoladora aunque no igual que la historia de la muerte de Tokitaizan.

 

Entrenamiento en el establo de sumo en Tokio. Videos: Monserrat Loyde

 

 

@lamonse