Redacción Animal Político · 22 de agosto de 2024
Entre las consecuencias colaterales de la crisis política y social venezolana que se reavivó tras las elecciones del domingo 28 de julio, circulan estimaciones según las cuales, un nuevo flujo de personas saldría del país. Estos se suman a los casi 8 millones que emigraron desde 2015.
La migración venezolana, la más importante de la región, transformó las dinámicas y tradiciones migratorias de todo el continente: países como Colombia, Perú, Ecuador y Chile que no habían sido receptores de migrantes tuvieron que dar respuesta a los miles, o millones de personas que llegaron a sus territorios. Además, el flujo venezolano conectó dos subregiones del continente con dinámicas migratorias bien diferentes: la histórica migración desde países centroamericanos hacia Estados Unidos y la migración sudamericana entre países vecinos. Hoy, norte y sur se comunican por la selva del Darién, un paso sumamente peligroso que le permite personas de Venezuela, Haití y Ecuador, entre otros, llegar a la frontera sur de Estados Unidos. Como contracara, estos nuevos circuitos generaron diálogos y presiones desde el país del norte hacia los gobiernos sudamericanos para alcanzar acuerdos que frenen dichos flujos.
Es común escuchar a representantes gubernamentales decir que la migración no puede atenderse de forma aislada, que hacen falta políticas coordinadas y con un enfoque regional. Sin embargo, la única coordinación que existe hoy entre los Estados es la del control y la restricción. Los diálogos y acciones que se dan son para coordinar la gestión de las fronteras, limitar el cupo de ingresos diarios o bien para agilizar las deportaciones.
Actualmente, los gobiernos encuentran más incentivos para enfrentarse a la migración que para recibirla e integrarla. Los discursos xenófobos toman cada vez más fuerza y las ideas -no por viejas, menos erróneas- de que los migrantes atentan contra la seguridad, colapsan los sistemas de salud, educación y los servicios públicos, circulan cómodas en la opinión pública.
Pero, también es cierto que las políticas migratorias restrictivas que hoy aplican dirigentes de distinto signo político a lo largo de todo el continente, no funcionan. Investigadores y expertos han demostrado que las personas continúan saliendo de sus países, aunque las condiciones para hacerlo sean más difíciles. Lo que sí provocan este tipo de políticas es que los viajes sean más peligrosos y que aumenten la irregularidad migratoria y el tráfico de personas.
Entonces, por más utópico que suene, ¿no sería mejor pensar en políticas que atiendan a los flujos migratorios que realmente existen? Y lo mejor es que no hace falta partir de cero, basta mirar hacia atrás (comienzos del siglo XXI) y hacia abajo (América del Sur) para identificar algunas lecciones aprendidas y replicables.
En noviembre de 2002, los Estados del Mercosur y sus Asociados tomaron una decisión trascendental para la vida de las personas migrantes intrarregionales: firmaron el Acuerdo de Residencia Mercosur, que establece un criterio basado en la nacionalidad para acceder a la regularización. Sólo con demostrar ser nacional de un país miembro o asociado del Mercosur, no tener antecedentes penales y pagar la tasa del trámite, se obtiene una residencia temporal que conduce a la permanente. Esta fue una decisión política, pero también realista: la mayoría de los migrantes de estos países provenían de la misma subregión y enfrentaban enormes dificultades para acceder a los papeles.
Con la suspensión de Venezuela del Mercosur, en 2017, Perú, Colombia y Ecuador interrumpieron el Acuerdo para los migrantes venezolanos. Sólo Argentina y Uruguay lo mantuvieron. En este momento, volver a aplicarlo plenamente sólo depende de una disposición administrativa y, lo que es más difícil, una decisión política.
Sin embargo, los resultados son claros: desde su entrada en vigor, en 2009, y hasta el año 2020, el Acuerdo ha solucionado la situación migratoria de casi 3.500.000 de personas, a las cuales se han otorgado residencias temporarias y permanentes.
Hoy en día resulta más difícil pensar en un mundo más humano y solidario que en uno donde prevalezcan la violencia y las guerras. Y este marco condiciona, excede e impacta fuertemente en los procesos migratorios. No obstante, los ejemplos de buenos resultados de políticas migratorias integradoras, utópicamente realistas, pueden generar propuestas e inspirar consensos aún entre gobiernos de signos político/ideológicos diversos. Ya ha sucedido.
* Sofía Rojo es gestora de incidencia y vinculación en Sin Fronteras.