Scroll, TikTok y escuela: la crisis de comprensión lectora que ya afecta a México

Jorge Avila · 24 de marzo de 2026

Scroll, TikTok y escuela: la crisis de comprensión lectora que ya afecta a México

Por Maura Rubio Almonacid

La escena ya es familiar: niños, niñas y adolescentes en el transporte público, en su casa o en la calle, con la mirada fija —a veces por horas— en una pantalla que brilla con intensidad. Sus pulgares se mueven con rapidez, deslizando contenido hacia arriba y hacia abajo en un flujo incesante.

El scroll se ha convertido en el gesto dominante de la cultura digital contemporánea. Este scrolling interminable esconde una degradación silenciosa pero significativa: la capacidad de comprensión lectora. El scroll acelera, fragmenta y salta de un lado a otro. El gesto produce una forma de leer —si acaso— rápida y superficial, que responde de inmediato a ciertos estímulos. Al “escrolear” no solo desplazamos los dedos: dispersamos la atención. La mente aprende a pasar, no a detenerse ni a reflexionar. Estamos presenciando cómo una generación aprende a consumir datos, pero no a comprender significados.

Esta es una crisis de comprensión lectora sin precedentes. No se trata de que “leen menos”, sino de cómo lo hacen. La transición del papel a la pantalla ha transformado la estructura de nuestra atención al sustituir el análisis por el escaneo.

La era del scroll está diseñada a partir de la gratificación instantánea. Las plataformas de redes sociales, por ejemplo, utilizan algoritmos de recompensa variable que condicionan al cerebro a buscar el próximo estímulo visual o textual en cuestión de segundos. En este entorno, la lectura se vuelve fragmentaria.

En el entorno digital, las personas ya no leen en línea recta: practican lo que se conoce como el “patrón en F” o el “patrón en Z”. Identifican el titular, buscan las primeras palabras de los párrafos y saltan directamente al final en busca de una conclusión rápida. Este hábito, funcional para algunas actividades —filtrar correos electrónicos o noticias de última hora—, es contraindicado cuando se intenta leer un libro de texto, un ensayo o una novela.

Esta impaciencia por llegar al final perjudica la comprensión. Los seres humanos no nacen con la capacidad de leer; es un aprendizaje que se desarrolla a lo largo de la infancia, por lo general. Toma tiempo aprender a enfocarse en letras y palabras y comprender su significado y su sentido. El desplazamiento constante y los fragmentos de información que se actualizan continuamente dispersan nuestra atención. A medida que nos habituamos a este ritmo de lectura, perdemos paciencia cognitiva. Este concepto —introducido por la neurocientífica estadounidense Maryanne Wolf— se refiere a la capacidad de mantener una atención enfocada y sostenida en tareas complejas o información extensa sin claudicar ante el impulso de realizar múltiples tareas, leer superficialmente o buscar distracciones inmediatas. Implica retrasar la gratificación para involucrarse en un pensamiento profundo y crítico, en lugar de consumir información de forma rápida y superficial.

Cuando el cerebro se acostumbra a la velocidad del feed —ese flujo de textos, imágenes y videos que se despliega sin cesar—, la lectura pausada y concienzuda se percibe como una tarea descomunal. La capacidad de mantener la atención en un texto de cierta complejidad hasta comprenderlo se atrofia. No solo nos cuesta concentrarnos en la página: tampoco dedicamos tiempo al contenido de lo que leemos. El cerebro entrenado digitalmente tiene más dificultad para detenerse y asimilar el significado y las implicaciones de lo que se ha leído. Así se pierden los propósitos esenciales de la lectura: la reflexión y el desarrollo del aprendizaje.

En la era del scroll, el formato impuesto por las pantallas fomenta la reacción sobre la reflexión. No hay lectura para entender o comprender, sino para reaccionar: un “like”, un comentario, un repost. Esta impulsividad digital se opone a la lectura profunda, que requiere atención, tiempo y esfuerzo mental.

Ante este panorama, la escuela no puede ser indiferente. Recientemente, la Unesco ubicó a México como uno de los países “sin progreso” en la comprensión lectora al término de la educación primaria, es decir, en la base misma del aprendizaje: la lectura. Al mismo tiempo, datos de la Encuesta Nacional de Consumo de Contenidos Audiovisuales 2023 del Instituto Federal de Telecomunicaciones (IFT) indican que 83% de las niñas y los niños utiliza internet y 68% de ellos usa alguna red social. Más aún, poco más de dos tercios consumen contenidos audiovisuales por internet. YouTube y TikTok son las plataformas más utilizadas —78% y 47%, respectivamente—, y lo hacen con mayor frecuencia en el teléfono celular (78%), que utilizan con frecuencia y por lapsos prolongados.

¿Qué pueden hacer las escuelas para recuperar la comprensión lectora en este contexto? No basta con prohibir el móvil; hay que ofrecer opciones pertinentes. Por ejemplo, integrar en la jornada periodos de lectura lenta y silenciosa (slow reading); emplear libros impresos —en particular para el aprendizaje de temas y conceptos complejos—; enseñar a las y los estudiantes a distinguir entre la revisión rápida de contenidos en internet y la lectura profunda; impulsar la relectura y el debate sobre los textos; priorizar la calidad de la lectura sobre la cantidad; fomentar la curiosidad, el hacerse preguntas y analizar cómo elaborar las mejores respuestas.

Parte de la solución escolar pasa por la alfabetización digital. Explicar a los estudiantes cómo funcionan los algoritmos y la monetización en las redes sociales para que su atención no sea capturada. La atención que posibilita el desarrollo de nuevos aprendizajes es el recurso más valioso. Si permitimos que el entorno digital la fragmente, estaremos formando generaciones que pueden decodificar letras y frases, pero no logran conectar los puntos para construir su propia visión y desarrollar su capacidad de agencia. Es necesario aprender a desconectarse para conectar con las ideas.

La escuela sigue siendo el gran igualador social. Para muchos estudiantes cuyo entorno está lleno de pantallas, el aula es el único lugar donde pueden experimentar el silencio y la concentración necesarios para desarrollar su capacidad de atención y el pensamiento complejo.

La crisis de comprensión lectora en la era del scroll es un desafío de nuestra época. Si perdemos la capacidad de leer con profundidad, perderemos la capacidad de pensar con profundidad. El scroll nos ofrece el mundo entero a un clic de distancia, pero los aprendizajes perdurables exigen aprender a comprender.

El problema trasciende las aulas y concierne a la base de nuestra democracia. La comprensión lectora no es solo una habilidad escolar: es la herramienta fundamental para el pensamiento analítico. Un ciudadano que no puede seguir un argumento complejo o detectar falacias lógicas en un texto es un ciudadano vulnerable a la desinformación. El derecho a aprender es también el derecho a leer con comprensión, porque de la forma en que leemos depende cómo pensamos.

  • Directora de Investigación, Mexicanos Primero