blogeditor · 12 de julio de 2022
Ayer cumplí 33 años. Más allá de la alegría ocasional, hoy me debato: ¿dejarme caer en el cinismo climático o actuar? Los recientes acontecimientos en la política internacional del continente me dan piezas tanto para el pesimismo cuanto la esperanza. La tediosa discusión partidista suele empañar todo debate público mexicano. Uno de esos temas es la política exterior. En esta ocasión, quiero explicar por qué es tan relevante que veamos a nuestra región bajo los lentes de las advertencias sobre los próximos desastres climáticos en México.
No tengo mucho interés en discutir quién fue invitado o no a la IX Cumbre de las Américas. Hay temas más relevantes. La cumbre tuvo algunos resultados que son trascendentes para los problemas del futuro. Desafortunadamente, estos reflejan lo muy poco que México y Estados Unidos se han comprometido a solucionarlos. La Declaración de Los Ángeles sobre Migración efectivamente trata de regularizar cómo el continente actuará ante la gran movilización de desplazados forzados centroamericanos y de Venezuela. Hay compromisos concretos y esperanzadores, como cuotas de personas que serán aceptadas en cada país, pero limitados a la actual crisis y no a sus bases estructurales, como la pobreza o la violencia. Después de tanta discusión, el prometido financiamiento para atender los problemas socioeconómicos de la región no pasó más allá de una débil propuesta de movilización de créditos del Banco Mundial y el Banco Interamericano de Desarrollo.
Ciertamente, podemos ver en estos avances un primer paso para acciones más ambiciosas, pero el tiempo apremia. Recientemente, el Diálogo Interamericano publicó un reporte preocupante. Guatemala, Honduras y El Salvador están en severos problemas dado el aumento de la temperatura por la emisión de gases de efecto invernadero: escasez de alimentos y desastres naturales mucho más agudos se aproximan. La Declaración de Los Ángeles se queda corta no sólo porque no atiende los actuales problemas de desarrollo e inseguridad que enfrenta la región, tampoco considera el gran problema que se avecina: masivo desplazamiento forzado por desastres climáticos.
Tanto las acciones de México como de Estados Unidos siguen atrapadas en el enredo migratorio actual. Ese es el tema de la reunión de los presidentes López Obrador y Biden el día de hoy. Evidentemente hay que atenderlo, pero sus anuncios se quedan por debajo de las propias expectativas que han levantado los presidentes de ambos países al referirse al tema previamente. La asistencia que ambos países ofrecen a la región ni resuelven los problemas de hoy ni prevendrán los del futuro. En esencia, los resultados de la cumbre fue salir al paso ante la presión migratoria actual.
Tanto el presidente Biden como el canciller Ebrard hicieron discursos reflexionando sobre desenvolvimiento del escenario global que enfrenta el continente: hay una creciente regionalización de la economía derivada de varias fuerzas que se mueven en todas las direcciones. Por ejemplo, la expansión del crédito chino en economías en desarrollo, una creciente ambición territorial de Rusia, el cuello de botella de la distribución global de alimentos, la transición energética inacabada, y el atraso que el mundo sigue enfrentando por el impacto de la pandemia de los últimos años. ¿Cuál es la alternativa? Aunque Biden tiene un plan climático ambicioso, este parece que seguirá paralizado en su Congreso. En el caso de México, simplemente no hay plan, solo replicar en pequeña escala los programas sociales mexicanos a El Salvador y Guatemala.
Nuevamente, el cortoplacismo predomina ante problemas que requieren planeación de largo plazo y mucha inversión. Más allá de las escaramuzas diplomáticas que pasarán al anecdotario, lo que creo que importa más es la falta de ambición en las promesas de las inversiones y los compromisos públicos. Reconozco que recientemente el presidente López Obrador anunció algunas medidas climáticas adicionales, como inversión en energías renovables, pero el modelo mexicano sigue siendo uno dependiente del petróleo. Lo anunciado será insuficiente a pesar de los reiterados esfuerzos del enviado climático de Estados Unidos, John Kerry, de cambiar la inflexibilidad mexicana. Mientras se hacen anuncios endebles, en el mismo mes de junio municipios de la costa de Oaxaca fueron arrasados por un huracán y hasta la fecha el norte del país enfrenta una aguda escasez de agua para sus habitantes.
Igualmente, la reciente gira del presidente López Obrador por Centroamérica refleja la usual ambivalencia mexicana respecto a su política de asistencia internacional en la región. Sin duda hay programas que México implementa en El Salvador o Guatemala, pero es hay que poner en tela de juicio esa inversión. Hoy por hoy no parece que alcanzará para atenuar la situación migratoria de la región, si ayudará a sacar del atraso en el desarrollo de estos países. Una vez más, la política exterior mexicana, desde el Plan Puebla–Panamá, pasando por el proyecto Mesoamérica, acude tibiamente a la región. Entiendo no se puede hacer mucho cuando un país se restringe sus propias herramientas de asistencia con una ya permanente austeridad, autoinfligida.
¿Qué haremos con los millones de desplazados climáticos del futuro que vendrán desde Centroamérica y el sur de México? No hay política en el horizonte. A pesar de los avances marginales de los últimos meses, el tamaño del desafío es gigantesco, y las políticas de adaptación climática siguen ausentes. ¿Qué haremos para al menos reducir las emisiones de gases de efecto invernadero para que los huracanes sean menos destructivos y las sequías menos prolongadas? Me gustaría leer menos recriminaciones entre países, y más ambiciones. Sobre todo, después de lo decepcionante que fue la participación de México en la COP 26 en Glasgow el año pasado.
Hay un término que se está popularizando en inglés: “climate doomism”. ¿Podría decírsele “perdicionismo climático”? Es decir, un pesimismo que cunde entre las generaciones jóvenes que vemos cómo los liderazgos políticos del mundo no hacen lo suficiente para enfrentar la emergencia climática. Es un pesimismo que desarticula la acción. Una parte de mí quisiera tener esperanza en los pocos anuncios de estos meses. En cambio, ante la falta de ambición de estos, otra parte está desalentada. Tengo 33 años, y mientras la banalidad partidista invade la discusión pública, yo cada día me vuelvo más pesimista. No puedo evitar imaginar con horror el futuro que depara al mundo. ¿Qué planeta más horrendo viviré(mos) cuando cumpla 50 años por el tóxico romance de la humanidad con el petróleo? Un romance que en México se traga poco a poco nuestras finanzas públicas, nuestro planeta y nuestro futuro.