Joel Aguirre · 8 de julio de 2026
Por Mariana Guevara Miranda, Ana Paula Trujillo Cordero y Gino Jafet Quintero Venegas
En un país como México, donde la comida es territorio, memoria e identidad, pensar el futuro alimentario exige mucho más que cálculos de productividad o decisiones comerciales. Requiere una mirada amplia y crítica que reconozca que los alimentos no son simples mercancías, sino parte de un entramado de vida que involucra ecosistemas, comunidades, prácticas culturales y relaciones de poder. De ahí que la bioética y la geografía económica no sólo deben dialogar: necesitan entrelazarse para orientar decisiones que hoy resultan urgentes frente a la globalización, la presión ecológica y la desigualdad creciente.
La bioética —entendida como la disciplina que reflexiona sobre los dilemas morales que surgen en torno a la vida, el ambiente, la salud, las alteridades animales y la justicia, aporta el marco necesario para preguntarnos qué tipo de desarrollo alimentario es aceptable, a quién beneficia y a quién perjudica. La geografía económica, por su parte, permite comprender cómo las actividades productivas se distribuyen en el espacio, qué territorios se privilegian o sacrifican y qué consecuencias materiales tienen las decisiones económicas.
Si una se ocupa de los principios y la otra de las realidades territoriales, su encuentro se vuelve indispensable para trazar rutas de futuro que no solo sean eficientes, sino también éticamente defendibles.
En el contexto actual, la globalización ha sido presentada durante décadas como una promesa de integración y progreso; sin embargo, dicha globalización ha sido asimétrica: más que un intercambio equitativo de culturas, tecnologías o saberes ha implicado una expansión de los modelos económicos, políticos y culturales de las potencias —principalmente Estados— hacia países con menor poder estructural, como México. El resultado ha sido la consolidación de “regiones ganadoras”, que concentran beneficios, y “regiones perdedoras”, que cargan con costos, desigualdades y dependencias.
México, como caso paradigmático, ha experimentado esta globalización no tanto como una oportunidad, sino como una subordinación. La liberalización comercial, firmada bajo la promesa de convertir al país en un actor competitivo, implicó también la apertura a mercados agrícolas altamente subsidiados y la reorganización del campo mexicano para responder a demandas externas más que a necesidades internas. La geografía económica lo explica con claridad: cuando el territorio se organiza según las lógicas del capital global y no según las exigencias de la vida local, emergen desigualdades profundas. Y cuando esas decisiones se imponen sin un marco bioético que filtre sus consecuencias, el resultado es un deterioro simultáneo de las condiciones sociales y ambientales.
El capitalismo contemporáneo, centrado en la acumulación y la competitividad, ha relegado históricamente el bienestar ambiental y alimentario a un plano secundario. Los ecosistemas no son tratados como sistemas vivos, sino como recursos explotables; las comunidades, como mano de obra barata; y los alimentos, como mercancías sujetas a la lógica del costo-beneficio. En esta ecuación, el daño ambiental no aparece como una externalidad accidental, sino como un producto estructural del modelo.
Este escenario se vuelve especialmente preocupante cuando hablamos de algo tan fundamental como el maíz. Más que un cultivo, el maíz es un patrimonio biocultural y un componente central de la identidad mexicana. Sin embargo, las políticas comerciales impulsadas desde la década de 1990 —especialmente con el Tratado de Libre Comercio de América del Norte— transformaron radicalmente su producción y consumo. Se priorizaron las exportaciones agrícolas y los cultivos para el mercado internacional, mientras se debilitó la soberanía alimentaria. La entrada masiva de maíz amarillo transgénico, más barato debido a los subsidios estadounidenses, desplazó progresivamente al maíz nativo y reconfiguró tanto la dieta como la economía rural.
La narrativa común ha culpado al auge de la comida rápida del deterioro en la salud pública, especialmente del aumento en los índices de sobrepeso y obesidad, pero esta explicación es parcial. El problema es más profundo: la industrialización agroalimentaria ha modificado la calidad de los alimentos y ha generado nuevos riesgos que no siempre son visibles para el consumidor. Desde una perspectiva bioética, la introducción masiva de productos genéticamente modificados en la dieta exige una reflexión sobre los riesgos, los beneficios y, sobre todo, sobre la justicia. ¿Es ético que los sectores vulnerables reciban alimentos más baratos, pero de menor calidad nutricional? ¿Es aceptable que decisiones corporativas determinen la salud de millones? ¿Quién decide qué se produce, cómo se produce y para quién?
Al mismo tiempo, la geografía económica permite ver que esta dependencia alimentaria no es un accidente, sino un resultado espacialmente localizado: territorios que antes producían maíz para consumo local ahora se destinan al mercado global, mientras que el país entero se vuelve dependiente del grano importado. La paradoja es evidente: un país que es centro de origen del maíz depende del maíz extranjero para alimentar a su población.
Frente a este panorama, el diálogo entre bioética y geografía económica se vuelve imprescindible para pensar soluciones estructurales y no simples paliativos. Una primera tarea consiste en recuperar la soberanía alimentaria. Esto implica reorganizar el uso del territorio para garantizar que los alimentos básicos se produzcan localmente, privilegiar los maíces nativos y respetar las prácticas campesinas que durante siglos han asegurado diversidad y resiliencia. También supone revisar de manera crítica los tratados comerciales que han subordinado la seguridad alimentaria a los intereses de comercio internacional.
Pero esta recuperación no se puede dar bajo cualquier modelo productivo. Desde una perspectiva bioética, es necesario impulsar sistemas agrícolas sostenibles, que no dañen la naturaleza y que consideren el bienestar animal como parte de una ética más amplia del cuidado. La producción agroindustrial intensiva —tanto vegetal como animal— ha demostrado sus límites ambientales y sanitarios. Por ello, urgimos hacia un modelo que reconozca que los sistemas alimentarios forman parte de ecosistemas vivos y que deben funcionar en armonía con ellos.
En paralelo, es necesario replantear la cultura alimentaria. Promover una alimentación sana y accesible no es solo una cuestión de salud pública, sino de justicia social. Cuando los alimentos nutritivos se vuelven inaccesibles y los ultraprocesados se convierten en la opción más barata, el problema ya no es individual, sino estructural. La bioética nos permite ver las responsabilidades colectivas implicadas, mientras que la geografía económica muestra cómo esas desigualdades se distribuyen territorialmente entre centros urbanos, periferias y comunidades rurales.
Finalmente, cualquier propuesta (bio)ética y territorial debe incluir la protección de los ecosistemas marinos y terrestres. La sobreexplotación pesquera, la deforestación para monocultivos, la expansión de agroindustrias intensivas y el control extranjero sobre insumos estratégicos no solo comprometen la biodiversidad, sino también la capacidad del país para alimentarse en el futuro. Así, el diálogo entre bioética y geografía económica no solo es deseable, sino necesario.
Juntas pueden ofrecer una visión más completa del problema: una que reconozca la vida en todas sus dimensiones, humana, animal, vegetal y territorial, y que cuestione las estructuras económicas que hoy ponen en riesgo nuestro porvenir alimentario. Pensar el futuro de México exige, en última instancia, articular principios bioéticos con decisiones territoriales, porque la comida que llega a nuestras mesas depende tanto de los valores que defendemos como de los territorios que estamos dispuestos a cuidar.♦
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Mariana Guevara Miranda es una estudiante de sexto de bachillerato en la Escuela Moderna Americana; sus intereses están enfocados en estudiar derecho y buscar un mundo mejor. Ana Paula Trujillo Cordero igualmente estudia sexto de bachillerato en la Escuela Moderna Americana; sus intereses se dirigen hacia las relaciones internacionales al igual que la diplomacia y el derecho. Gino Jafet Quintero Venegas es doctor en geografía por la UNAM, con un posdoctorado en Bioética; actualmente es Investigador Asociado “C” del Instituto de Investigaciones Sociales en el área de Espacio Social. Redes: @bioeticaunam
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