Jorge Avila · 22 de marzo de 2026
Por Alejandro Ochoa Figueroa y Mariana Nava López
Hoy es el día mundial del agua y México enfrenta una crisis hídrica que trasciende la escasez física del recurso. La sobreexplotación de acuíferos, degradación de cuencas, pérdida acelerada de biodiversidad dulceacuícola y aumento en la frecuencia e intensidad de sequías e inundaciones evidencian una problemática estructural: el deterioro de los ecosistemas que regulan el ciclo del agua.
Evaluaciones internacionales advierten que la degradación de ecosistemas es uno de los principales factores de riesgo para la seguridad hídrica global.
Durante décadas, la gestión hídrica se ha centrado principalmente en la extracción, distribución y almacenamiento mediante infraestructura gris, bajo el supuesto de que el agua es un insumo independiente del territorio. Sin embargo, la evidencia científica demuestra que la disponibilidad, calidad y estabilidad del agua dependen directamente del funcionamiento ecológico de las cuencas.
El agua no es únicamente un recurso que se administra; es el resultado de procesos ecosistémicos complejos. Los bosques capturan y regulan la precipitación; los suelos sanos permiten la infiltración y la recarga de acuíferos; los ríos mantienen conectividad hidrológica que sostiene a la biodiversidad; y los humedales almacenan agua, filtran contaminantes y amortiguan eventos extremos.
La biodiversidad sostiene estos procesos mediante interacciones ecológicas que garantizan resiliencia frente a perturbaciones, por lo que los ecosistemas funcionales actúan como infraestructura natural que regula flujos, mejora la calidad del agua y reduce riesgos hidrometeorológicos.
Cuando estos sistemas se degradan, el ciclo hidrológico pierde estabilidad: disminuye la infiltración, aumenta la escorrentía, se intensifican sequías e inundaciones, se deteriora la calidad del agua y se compromete la seguridad hídricade la población y de las actividades productivas. En este sentido, la crisis del agua es también una crisis de la naturaleza.
La biodiversidad dulceacuícola es una de las más amenazadas a nivel global. En América Latina las poblaciones han disminuido cerca del 85%. Su supervivencia depende del régimen hidrológico (magnitud, frecuencia, duración y estacionalidad de los flujos). Alteraciones derivadas de la extracción excesiva, fragmentación o modificación del flujo generan pérdida de conectividad, desaparición de hábitats e interrupción de ciclos biológicos.
Conservar biodiversidad implica conservar el régimen natural del agua, y su conservación, requiere ecosistemas funcionales que regulen los flujos hidrológicos. Esta interdependencia adquiere mayor relevancia frente al cambio climático, ya que los ecosistemas sanos funcionan como infraestructura natural que amortigua eventos extremos, reduce riesgos y contribuye a la adaptación, mientras que la degradación ecológica amplifica la vulnerabilidad social y económica.
En México, un punto de inflexión ocurrió en 2018 cuando el Estado decretó Reservas de Agua que protegen aproximadamente el 55% del agua superficial del país para el ambiente y el consumo humano básico, mediante 13 decretos Presidenciales que abarcan 295 cuencas hidrológicas. Este proceso, resultado del trabajo coordinado de instituciones como SEMARNAT, CONAGUA, WWF México, entre otros, ha sido reconocido como uno de los esfuerzos más ambiciosos a nivel global en la asignación de agua para el ambiente.
Este logro representó un cambio de paradigma al reconocer que los ecosistemas requieren volúmenes específicos de agua (caudales ecológicos) para mantener su funcionalidad y continuar generando beneficios sociales, económicos y ambientales.
El seguimiento técnico posterior ha confirmado que cerca del 85% de las cuencas con reservas mantienen el cumplimiento del caudal ecológico establecido, demostrando que integrar límites ecológicos en la planificación hídrica es técnica y operativamente viable.
No obstante, el aumento de la demanda y presión sobre las aguas subterráneas plantean un nuevo desafío: asegurar que estas reservas no permanezcan únicamente como instrumentos normativos, sino que se consoliden como mecanismos funcionales, medibles y socialmente apropiados.
A lo largo de 30 años de trabajo en México, WWF ha contribuido a transformar la forma en que se concibe la relación entre agua y naturaleza, promoviendo soluciones basadas en ciencia, colaboración y política pública.
Este trabajo ha permitido avanzar desde el reconocimiento técnico de los caudales ecológicos hasta su incorporación en instrumentos de gestión hídrica como las Reservas de Agua de 2018, así como impulsar Soluciones Basadas en la Naturaleza junto con comunidades en diversas cuencas del país.
En el marco del 30 aniversario de WWF México y el día mundial del agua que hoy se celebra, estos avances confirman que invertir en la conservación de los ecosistemas es también invertir en la seguridad hídrica del país y resiliencia frente al cambio climático.
*Alejandro Ochoa Figueroa es Director del Programa Agua, en WWF México y Mariana Nava López es Oficial Senior de Reservas de Agua en WWF México.