Jorge Avila · 7 de mayo de 2026
Por Karla Cristina Barrientos Rodríguez
Hablar sobre la crianza implica adentrarse en un mundo infinito de preguntas y respuestas, donde sobresale particularmente una idea con un gran peso: “hacerlo todo bien”. Leer más, jugar mejor, no perder la paciencia, estar siempre presentes. Y cuando no se logra, porque simplemente no se puede, aparece la culpa.
Sin embargo, para comprender realmente esa experiencia, es fundamental diferenciar entre el no poder y el no querer. Muchas veces, esa exigencia de “hacerlo todo bien” no falla por falta de intención, sino por los límites reales que enfrentan las familias en su vida cotidiana.
Diferenciar el no poder y el no querer resulta imperativo. En México, donde casi la mitad de las niñas y niños crecen en condiciones de pobreza, hablar de crianza positiva sin considerar la realidad cotidiana sería injusto. Muchas familias enfrentan largas jornadas de trabajo, falta de redes de apoyo y acceso limitado a servicios básicos.
No es que madres y padres no quieran brindar una crianza presente y sensible, sino que su entorno muchas veces no lo permite. Aun así, en medio de esas condiciones, hay algo que sí está al alcance todos los días y que tiene un impacto profundo en el desarrollo infantil: la forma en que nos relacionamos con las niñas y niños.
La primera infancia es una etapa decisiva, pues en ella se construyen las bases del desarrollo cerebral, emocional y social. Y ese desarrollo no depende de estímulos sofisticados ni de entornos ideales, sino de algo mucho más cotidiano: las interacciones.
En contextos donde existen barreras reales —como el tiempo limitado, el trabajo o la falta de apoyos— es importante recordar que no todo está fuera de nuestro alcance. Hay acciones sencillas, pero profundamente poderosas, que sí podemos hacer todos los días y que marcan una gran diferencia en la vida de niñas y niños.
Las interacciones positivas, significativas, intencionadas y frecuentes son una de las herramientas más poderosas de la crianza. Dicho en términos simples: cómo miramos, hablamos, tocamos y respondemos a niñas y niños en el día a día.
No se trata de perfección, sino de conexión. Y tampoco es cuestión de “tener más tiempo”, sino de usar el tiempo que ya existe de otra manera.
Hablarles mientras se prepara la comida, responder cuando llaman, sonreír, cargarles, escucharles y jugar, aunque sea unos minutos. Estas acciones construyen vínculos seguros y estimulan el desarrollo.
Incluso en medio de las dificultades, estas pequeñas interacciones cotidianas tienen un valor enorme. La ciencia es contundente: cuando estas interacciones faltan, especialmente en contextos adversos, el desarrollo infantil puede verse afectado de manera duradera.
Si hubiera que elegir una sola estrategia para la crianza positiva, sería el juego. No porque sea una actividad extra, sino porque es una forma de relación.
A través del juego, niñas y niños aprenden, exploran, regulan emociones y se vinculan con quienes les cuidan. El juego es, además, un puente natural para generar estos momentos de interacción que muchas veces parecen difíciles de encontrar en la rutina diaria; abre un espacio accesible y poderoso para conectar.
Y no, no se necesitan juguetes caros ni espacios especiales. El juego puede suceder en cualquier momento: con una cuchara, con una canción o con una historia inventada. Lo importante no es el objeto, sino la presencia.
Existen distintos tipos de juego —libre, simbólico, de movimiento y de imitación— que no implican un costo monetario y que, desde lo cotidiano, permiten fortalecer la crianza y acompañar diferentes aspectos del desarrollo, así como abordar temas emocionales y de convivencia con niñas y niños.
Cuando madres, padres o cuidadores juegan con niñas y niños, no solo fortalecen su desarrollo, también transforman la dinámica familiar. El juego mejora la comunicación, reduce tensiones y abre espacios para relaciones más respetuosas.
Incluso, en contextos de vulnerabilidad, puede ayudar a disminuir prácticas de disciplina violenta.
Hablar de crianza positiva sin reconocer las condiciones estructurales sería quedarse a medias. En muchas comunidades, urbanas y rurales, la infancia crece con carencias acumuladas: nutrición insuficiente, acceso limitado a salud y pocas oportunidades de aprendizaje en el hogar.
Frente a este panorama, las intervenciones que funcionan no son las que imponen modelos ideales, sino las que acompañan a las familias desde su realidad.
El Modelo Integral para el Desarrollo Infantil Temprano (MIDIT) de Un Kilo de Ayuda es un ejemplo concreto. A través de visitas periódicas, seguimiento individualizado y trabajo comunitario, hoy se acompaña en la crianza de más de 23 mil niñas y niños y cerca de 20 mil familias en más de 500 comunidades del país.
La apuesta es clara: fortalecer las capacidades de madres, padres y cuidadores para que, desde su contexto, puedan ofrecer una crianza más sensible, más cercana y más consciente.
El aprendizaje es contundente: cuando se acompaña a las familias, es posible transformar prácticas de cuidado y mejorar el desarrollo infantil, incluso en condiciones adversas.
Hay una conversación incómoda, pero necesaria: ¿quién está criando?
En la práctica, la mayor parte del trabajo de cuidado sigue recayendo en las mujeres. Son ellas quienes cargan con la organización diaria, la atención emocional y la responsabilidad constante de la crianza. Esto no solo es injusto, también es insostenible.
Reconocerlo también implica abrir espacio a una idea clave: la crianza es de dos. No es una cuestión de género, es una cuestión de cuidado y amor, donde madres y padres tienen un papel igualmente valioso en la vida de niñas y niños.
La crianza positiva no puede existir sin corresponsabilidad. No es una tarea individual ni exclusivamente materna: es familiar y social.
La evidencia es clara al señalar que cuando ambos cuidadores se involucran de manera activa, las niñas y niños muestran mejores resultados en su desarrollo emocional, social y cognitivo.
La paternidad activa —estar presentes, involucrarse en el cuidado cotidiano, jugar, alimentar y acompañar— no es un extra, es parte fundamental del desarrollo infantil.
Los padres presentes no solo fortalecen el vínculo afectivo, también aportan de manera directa al bienestar y desarrollo de sus hijas e hijos. Y, al mismo tiempo, su participación es una condición necesaria para reducir la sobrecarga que enfrentan millones de mujeres.
Criar mejor también implica criar juntos.
Psic. Karla Cristina Barrientos Rodríguez
Monitoreo, Evaluación en Investigación, Un Kilo de Ayuda