Redacción Animal Político · 12 de mayo de 2023
Al principio fue difícil. No podía concebir que, además de dividir la custodia de mi hijo, tendría que compartirlo con una persona que era desconocida y, de paso, que llevaba una carga negativa (impuesta por mí) debido al dolor que representaba entender y asumir que David y yo habíamos dejado por completo de ser pareja.
Después de cinco años de haber vivido juntos y tres de criar a Nicolás, la relación que para él era una nueva oportunidad, para mí representaba una amenaza: Nicolás habría de presenciar a su corta edad un vínculo entre su padre y otra mujer que no era yo. Eso me lastimaba en varios niveles, pero en especial en las historias que me hacía sobre la crianza.
Me vi en la disyuntiva entre reaccionar como mi instinto decía o actuar como mi hijo necesitaba. Eran dos formas distintas de ser yo, de ser mujer, de ser madre. En la primera, yo iba al frente; en la segunda, mi hijo. Suena fácil; fue un tsunami.
Hace dos años de esto. Ha sido un camino largo, complejo, delicado y ambivalente. He ido y venido de mirarle a él y sus necesidades y de mirarme a mí. De reaccionar desde la víscera y de reaccionar desde el amor y la humildad.
¿Quién sabe cómo enfrentar una situación así sin llevarse a sí misma de por medio?
Nicolás no falla en ayudarme a transitar lo que más me cuesta: al principio me preguntaba por qué la pareja de su papá no era mi amiga, si era su amiga. Después insistió en que quería mostrarle su cuarto, su casa, invitarla a su fiesta de cumpleaños. Ahora me cuenta sus anécdotas, sus bromas, me platica a lo que juegan y lo que hacen cuando no estoy, cuando no lo veo. Cuando imagino que es feliz en mi ausencia.
¿No es el mayor deseo de una madre que nuestros hijos no dependan de nosotras para ser felices? Suena fácil; es un tsunami.
Mientras antes imaginaba que mi hijo sufría sin mí (mi proyección), ahora tengo la certeza de que está protegido y amado, no solo por su padre que ha estado en cada momento con él y para él, sino también con su compañera. Ambos lo cuidan con ternura.
Antes de tener a Nicolás —y durante sus primeros años de vida— vivimos con Anna, la hija de David, en su propia custodia compartida, y fue ella quien me dio las primeras lecciones sobre la crianza, aunque de manera muy distinta. Con ella aprendí que para vivir en armonía necesitábamos estructura, límites, cariño y contención. Aprendí a habitar mi lugar como pareja y a respetar el lugar de su madre. Años después entendí por qué para su madre también había sido complejo.
Las mujeres vamos atravesando historias similares y al final de cada una comprendemos por qué se incendia lo que se incendia. Podemos ser distintas, pero nuestro fuego se enciende con la misma potencia. También aprendemos a agradecerle a otras mujeres las lecciones aprendidas en retrospectiva. Se dice fácil; es un oleaje.
Crecí con mi madre, mi abuela Emma, mis tías y las mujeres que siempre estaban en casa cocinando. Fui cobijada, desde muy pequeña, por mis maestras, amigas de mi mamá y amigas de mi abuela. Tuve una educación emocional generosa, brindada por todas esas mujeres con paciencia, cariño, fortaleza y confianza. Nunca, en mi infancia, sentí que el lugar de mi madre corría peligro. Mi madre es mi madre y será mi madre cada día de mi vida. Yo seré madre de Nicolás siempre. El miedo de perder a mi hijo por compartirlo se ha disipado no solo con la gratitud que le tengo a las mujeres que le cuidan y le aman, sino también con mi propia historia.
A quienes me criaron, a quienes colaboran en la crianza de mi hijo. A las mujeres que me han tendido la mano como persona y a las mujeres que me han tendido la mano como madre. A mis amigas, al recuerdo de mi abuela que me responde qué hacer cuando dudo. A la madre de David, por amarlo tanto. A la madre de Anna, que me compartió a su hija cinco años. A la madre de mi padre, que lo trajo al mundo. A mis colegas, que todos los días me demuestran que se puede ser madre y profesionista. A las madres que no sacrifican su felicidad, aunque sí comparten su tiempo y su espacio. A Karen, por la ternura con la que trata a Nicolás. Y, por encima de todos mis amores y mis admiraciones, a mi madre que me permitió crecer en su cuerpo, que me enseñó a crecer con el mío, que siempre ha confiado en mi capacidad, que reconoce cada paso que doy, pequeño o grande, que me abraza y me contiene, incluso cuando no lo noto. A la red de apoyo que me sostiene desde el nacimiento hasta el nacimiento de mi hijo y el desarrollo cotidiano de ambos: gracias.
Se dice fácil, es el mar entero.
