blogeditor · 13 de marzo de 2020
Este virus se irá con el calor.
Donald Trump
Pareciera que se trata de una especie de mascota. Si es natural llamar al gato empleando el clásico y universal bishito, bishito, en este caso, estirando algo la imaginación, daría la impresión que uno podría llamar al germen repitiendo bajito y con rapidez covi, covi, covi, chasqueando los dedos mientras se husmea por debajo de los muebles, las repisas…
El único problema aquí es que nadie conoce a nadie que quiera llamar al virus que se ha convertido en el personaje de la temporada y es que, independientemente de la mucha información rigurosísima que corre (¿ustedes también recibieron el mensaje de whatsapp que asegura que para evitar el contagio hay que dejar de comer helado?) la historia es testigo de que, en este tipo de casos, las más sesudas conclusiones científicas provienen directamente del grado de empirismo personal: “todavía siento las manos limpias y luego se resecan si se está uno lave y lave”, “no se veían tan sucios los tubos del metro”, “nomás con darle una pasadita queda limpio”.
El interior de cada uno es, en estos días, un reservorio de conclusiones epidemiológicas. Al parecer -aunque nada nos indique que así sea- el bicho cambia de humor dentro de cada organismo. A quienes le caen bien los ataca de manera sutil, casi amable: produce síntomas ligeros y prácticamente inocuos que envidiaría el sistema respiratorio que empeñamos a los cielos durante el catarrísimo que nos dio en diciembre y listo, sobrevivimos. En otros casos, el virus detecta que hay mucha maldad en nuestro interior y nos ataca con la fuerza de un peso completo en la pelea de su consagración. Los eventos más graves van relacionados con el instinto asesino de covi, que en miles de casos ha decidido que no tiene nada que negociar con el organismo al que ha entrado.
Un virus mutante, una emergencia latente que, más allá de los dictámenes de la ciencia, se presta a toda clase de elucubraciones académicas desprovistas de academia. En el curso de los últimos dos días, he estado en comidas donde una parte de los comensales parece haber obtenido doctorados en virología y he viajado en vehículos dentro de los que alguien ha dicho que gracias al calorón estamos acabando con todas las posibilidades de todos los bichos para el resto de la historia de la Tierra.
Y no importa si uno está comprando el periódico en la esquina, entrando al metro en hora pico o visitando a un amigo en el mismísimo hospital: la mirada de todos trae algo de miedo rebozado en inquietud y —ahora que al parecer nos encontramos en el estado previo a formar parte del elenco de la primera temporada de una emocionante serie de suspenso—, también una especie de tensa calma que pareciera contener dentro mil preguntas inquietantes, pero también toda clase de respuestas tranquilizadoras: “agua caliente con limón en la mañana y no te va pasar nada”.
Cuando el periodista y escritor estadunidense Michael Preston creó el best seller Zona Caliente imaginó un capítulo inicial en el que un personaje infectado por ébola entraba a un aeropuerto atestado para iniciar un contagiadero de proporciones épicas. La bolsita para el mareo que llenó de vómito antes de pedir a la sobrecargo que la desechara, el niñito del asiento de junto al que le revolvió el pelito a puros estornudos infecciosos y el chofer de taxi que luego del aterrizaje, sonriente y solícito, se dejó contagiar, sin saberlo, desde el sombrero de palma hasta los zapatos de charol, son hoy materia que, extraída de la irrealidad literaria, se han convertido en el ingrediente común que surte nuestra cotidianidad de expectativa ¿me va a dar o no me va a dar?
Los días pasan a partir de la declaración pandémica y, al fin y al cabo habitantes de un país sui géneris en el que el Presidente recomienda a todo mundo abrazarse, lo mejor es ir entonando el ánimo para las cosas venideras que, tal como las vueltas de esos juegos mecánicos que rechinan en las ferias de los pueblos, no sabemos qué tan fuertes nos van a tocar.