Redacción Animal Político · 25 de junio de 2025
En los últimos años, el mundo ha vivido un repunte preocupante de discursos de odio, polarización ideológica y desinversión en políticas fundamentales para la construcción de sociedades igualitarias. Uno de los sectores más afectados por este retroceso es el de las mujeres y los feminismos, desde los recortes presupuestales a programas de género hasta el aumento de narrativas antimujeres que hoy ganan fuerza en las urnas y en las redes sociales.
No es una exageración afirmar que los avances en derechos humanos —y, en particular, en los derechos de las mujeres— están siendo amenazados. Esto no resulta sorprendente si consideramos el contexto político y económico global. Históricamente, en tiempos de crisis, los derechos de las mujeres suelen ser los primeros en cuestionarse. A pesar de décadas de lucha y de conquistas importantes, estos derechos aún no están garantizados.
En América Latina, diferentes países han enfrentado recortes significativos a los presupuestos destinados a políticas de igualdad de género, por ejemplo, en 2024, el gobierno de Argentina, encabezado por Javier Milei, eliminó el Ministerio de las Mujeres, Géneros y Diversidad. En su lugar, se estableció la Subsecretaría de Protección Contra la Violencia de Género, la cual fue posteriormente disuelta en junio del mismo año. Además, se implementó un recorte del 33 % en el presupuesto destinado a políticas para combatir la desigualdad de género.
En Europa se observa una tendencia similar. En el gobierno de la Comunidad de Madrid, liderado por Isabel Díaz Ayuso, se anunció una reducción del 34 % en el presupuesto destinado a acciones contra la violencia de género y promoción de la igualdad, pasando de 60,4 millones de euros en 2024 a 39,8 millones en 2025. Este recorte ha generado preocupación, especialmente considerando que, según el Balance de Criminalidad del Ministerio del Interior, los delitos contra la libertad sexual aumentaron un 5,2 % en la región durante el segundo trimestre de 2024 en comparación con el mismo periodo del año anterior.
Además, se ha observado que mientras se reducen los fondos para combatir la violencia machista, se incrementan las inversiones en otras áreas, como las ayudas por gestación, nacimiento y adopción, que alcanzan los 115,1 millones de euros para 2025, algo similar a las políticas anunciadas por el gobierno de Donald Trump en Estados Unidos hace apenas unas semanas.
En el hemisferio oriental, en Corea del Sur, durante su campaña electoral en 2022, Yoon Suk-yeol prometió abolir el Ministerio de Igualdad de Género y Familia, argumentando que ya no era necesario y que su existencia fomentaba la discriminación inversa contra los hombres. Esta promesa fue vista como una estrategia para atraer a votantes masculinos jóvenes que se sentían marginados por las políticas de igualdad de género.
Estos procesos no solo reflejan una crisis de gobernanza en materia de derechos, sino una polarización de género cada vez más visible en la arena política. Estudios recientes muestran que las mujeres votan cada vez más por partidos progresistas, mientras que los hombres se inclinan hacia opciones más conservadoras o de extrema derecha. Esta división, lejos de ser anecdótica, revela un quiebre profundo en la forma en que se entiende la democracia, la justicia social y el papel de los géneros en la vida pública.
Además, en España, datos del Centro de Investigaciones Sociológicas (CIS) indican que un 44 % de los hombres cree que la igualdad de género “ha ido demasiado lejos”, opinión compartida por el 52 % de los hombres jóvenes de entre 16 y 24 años. Esta percepción contrasta con la de las mujeres jóvenes, quienes muestran un mayor apoyo a los feminismos y a políticas de igualdad.
En Asia, particularmente en Corea del Sur, ha surgido un movimiento que ilustra de forma radical la respuesta de algunas mujeres jóvenes frente al machismo estructural: el Movimiento 4B. Su nombre proviene de cuatro negaciones en coreano: no al matrimonio (bihon), no a los hijos (bichulsan), no a las citas (biyeonae) y no al sexo con hombres (bisekseu). Las mujeres que lo integran deciden romper por completo con las relaciones heterosexuales como forma de autodefensa ante una sociedad profundamente patriarcal.
Este fenómeno es una respuesta al contexto surcoreano, donde persisten amplias brechas de género, violencia machista y estándares de belleza opresivos. El asesinato de una mujer en 2016, en un baño público de Seúl, por un hombre que alegó ser ignorado por las mujeres, catalizó la indignación y consolidó movimientos como el 4B.
Aunque comprensible, esta forma de separatismo plantea preguntas difíciles: ¿qué ocurre cuando el diálogo entre géneros se vuelve imposible? ¿Puede un feminismo sin hombres impulsar transformaciones estructurales duraderas? El Movimiento 4B, con su fuerza simbólica y política, obliga a repensar cómo se construyen las alianzas y los límites de la resistencia.
Desde los espacios feministas se ha intentado, con distintos grados de éxito, incluir a los hombres en las discusiones sobre igualdad, pero no siempre se ha encontrado una respuesta abierta. Muchos hombres perciben a los feminismos como una amenaza a su identidad o a sus privilegios. El problema no son los feminismos, sino la fragilidad del sistema que los formó.
Me pregunto entonces si estamos fallando también en la comunicación de nuestras luchas. ¿Cómo involucrar a quienes no se sienten interpelados sin diluir nuestras exigencias? ¿Cómo convertir la rabia legítima en acciones colectivas, sin caer en la trampa de la idealización de una sororidad que muchas veces no encuentra eco en la sociedad?
Crecer política e ideológicamente en Monterrey, donde los valores conservadores todavía moldean la vida pública y privada, es como aprender a hablar en un idioma que a pocas personas les interesa entender. Cuestionar los estereotipos es nadar contracorriente. A veces las dudas se me meten en el cuerpo: ¿será que estoy exagerando?, ¿será que soy yo la intensa, la problemática, la que no sabe ceder? Pero no se puede negar lo que todas gritamos. Si no me voy a creer a mí, al menos no me atrevería a dudar de las demás que comparten sus historias. Este es el resultado de una cultura que sigue premiando la discreción femenina y castigando la disidencia.
En este contexto, las mujeres cargamos una cruz simbólica: la de ser calladas, recatadas, serviciales. Y cuando nos atrevemos a incomodar, a desafiar esa imagen, lo que encontramos muchas veces es el aislamiento. Relacionarse emocionalmente con hombres —ya sea en la amistad, en el trabajo o en el amor— sin tener que suavizar el discurso o justificar nuestras posiciones políticas o éticas, se ha vuelto cada vez más complicado.
Y todo esto no sucede al margen de las decisiones políticas. Cuando un gobierno decide recortar el presupuesto a los programas de igualdad, de derechos humanos o de apoyo a mujeres organizadas, no solo les quita recursos: les quita legitimidad. En el imaginario social, lo que no se financia es lo que no importa. El mensaje es claro, que nuestras luchas ya no son prioridad, que nuestras demandas pueden esperar, que nuestros cuerpos y nuestras vidas vuelven a ser secundarias. Así, los recortes alimentan una narrativa de retroceso, una donde la rabia femenina es exageración, donde los feminismos son una amenaza y no una propuesta. Una narrativa que fortalece el odio y profundiza la polarización.
Por eso las redes de apoyo entre mujeres no solo son deseables: son fundamentales. Nos sostienen en medio de un entorno que constantemente nos hace dudar de nuestra percepción, de nuestras convicciones y de nuestro derecho a estar molestas. No se trata de una lucha individual. Se trata de resistir, juntas, a un sistema que todavía espera que seamos todo menos libres.
Si los presupuestos públicos no respaldan nuestras luchas, si los discursos de odio se normalizan y si la polarización entre géneros se agudiza, no podemos quedarnos calladas. Porque lo que se juega aquí no es solo el futuro de las mujeres, sino el futuro de una democracia verdaderamente inclusiva.
La rabia puede ser el inicio de una conversación urgente, pero la organización es el camino para que esa conversación tenga consecuencias reales. Y si algo hemos aprendido en este recorrido es que ninguna se salva sola.
* Sofía Mar es estudiante del octavo semestre de la Licenciatura en Relaciones Internacionales en la Facultad de Ciencias Políticas y Relaciones Internacionales de la UANL. Se desempeña como auxiliar legislativo en la Septuagésima Séptima Legislatura del Congreso del Estado de Nuevo León y es coordinadora de eventos en Aúna Nuevo León. Fue presidenta de GirlUp Políticas UANL durante el periodo 2024 – 2025.