Mala Madre · 31 de agosto de 2011
En la primaria donde estudian mis hijas existe un espacio de discusión para que los alumnos diriman las diferencias que de vez en vez se presentan como parte de su convivencia diaria.
Se trata de una asamblea deliberativa. El objetivo es que los chicos aprendan a resolver sus problemas hablando, exponiendo argumentos, escuchando al otro. Un psicólogo modera la discusión y establece los parámetros para solucionar el conflicto.
El ejercicio ha funcionado la mayor parte del tiempo y con temas que van desde la niña blanca de pelo castaño y ojos claros que acusaba a su compañerito de no bañarse porque su piel morena se veía “sucia”, hasta el niño que moqueteaba a todos sin razón aparente y la chiquilla a la que nadie soportaba porque de todo hacía un pancho.
El año pasado hubo un cambio de maestro, porque el titular de ese interesantísimo espacio consiguió un mejor trabajo, o por lo menos uno mejor pagado. La sustituta no logró encausar los debates, a tal grado que los chicos prefirieron no hablar de sus problemas porque “salía peor”. Así que la directiva de la escuela decidió suspender las asambleas hasta encontrar a alguien idóneo para encabezarlas.
Este año hay nueva maestra. Las asambleas tienen un peso muy destacado dentro del programa educativo de la escuela, por la carga democrática y participativa que conllevan. No obstante, el objetivo no siempre se consigue cuando lo aprendido en la escuela choca con la realidad de la casa. Por ejemplo, la ternurita que discriminaba a su compañero por el color de piel nunca más volvió a hacerlo, pero se las arregló para discriminar a otros por no pertenecer a su club de amigos, por no tener ropa de marca, por no ser flacos. O la familia así va por la vida, o sus papás no la pelan.
La mayoría de los alumnos sale de esta escuela muy consciente de ese principio básico de la democracia que es la deliberación de los conflictos. Un documento publicado por Viva la Ciudadanía, Fundación Social y El Fondo para la Reconstrucción y Desarrollo Social del Eje Cafetero, Armenia, 2000, que encontré en la Biblioteca Virtual de Derecho, Economía y Ciencias Sociales de la Universidad de Málaga, España, resume de forma muy clara lo que pretende la escuela:
“La democracia es incluyente de todos los intereses. Para la democracia, la paz no es la ausencia de conflictos; la paz es el resultado de una sociedad que es capaz de aceptar reglas para dirimir el conflicto sin eliminar al otro (ni física ni sociológica ni psicológicamente), porque en la democracia no existen los enemigos, existen los opositores; personas que piensan distinto, que quieren distinto, tienen intereses distintos que pueden colisionar con los míos, pero con las cuales puedo concertar futuros comunes”.
Y por ello, explica el documento, “la deliberación se convierte en un valor social, cuando, frente a un conflicto: a) las diferentes personas son capaces de poner en juego sus intereses, b) pueden expresarlos, sustentarlos y defenderlos con serenidad y transparencia, c) buscan convencer a otros de la pertinencia de sus intereses, pero están dispuestos a dejarse convencer por la prioridad de otros intereses, d) aprenden a ceder y a recibir cesiones y e) entre todos, a partir de las diferencias, son capaces de construir bienes colectivos”.
Quisiera contarles que todos los chicos del colegio de mis hijas salen con esta idea. Ojalá así fuera. Pero la escuela no puede suplir lo que en esencia es un trabajo de casa. El otro día debatí con algunos de mis amigos en Facebook a propósito del apelativo escatológico con el que a tantos les gusta denominar al presidente Felipe Calderón, en el marco de la lamentable muerte de 52 personas inocentes en el incendio del Casino Royale.
De entrada, me descalificaron por “defender lo indefendible” al criticar el uso del apelativo, que en mi opinión no aporta nada a la discusión. Después cancelaron el debate por considerar el intercambio de opiniones “un exabrupto” que, dicho sea de paso, se dio de forma respetuosa.
Sé que me fue leve. En la mayoría de las redes sociales y en los portales de los distintos medios de comunicación se escribe barbaridad y media a propósito de lo que pasa en el país y de lo que cada quien opina, sin que medien argumentos lógicos, coherencia o congruencia.
Y todo eso potencia la crispación social que vivimos. Nos toca serenarnos y poner en juego nuestros intereses en busca de la paz como beneficio colectivo. Y la principal herramienta que tenemos es la información. Piensen cuántos de nuestros líderes políticos y morales comulgan con el principio de la deliberación de los conflictos y votemos en consecuencia.
Después, ejerzamos ese principio en casa e impidamos que se repitan casos como el del individuo que baleó el autobús escolar en Huixquilucan, porque no lo dejaba pasar. La escuela de mis hijas ha puesto su granito de arena y los padres hemos hecho grandes esfuerzos por corresponder. Por algo se empieza.