Cortocircuito

blogeditor · 19 de junio de 2020

Cortocircuito

No ha habido un solo día, desde que tengo memoria, que no piense en la muerte: en lo absurdo de la propia y en lo doloroso de la ajena. No ha habido un solo día que no imagine a la vida como un laberinto con una única salida. Ni uno.

Cuando era niña, la muerte invadía violentamente mis pensamientos a la hora de pegar la cabeza a la almohada y me inquietaba tanto que tenía que correr hasta mi mamá para suplicarle la promesa de no morirse jamás. Falta mucho para que me muera, contestaba conmovida, cada vez. Tenía claro que la muerte se reiría de cualquier promesa falsa. Mi mamá algún día morirá y esa idea me sigue aterrando hoy de la misma manera que me aterraba de niña.

Odiaba la muerte. La odié cuando perdí a mi abuelo, la odié cuando perdí a mi abuela y la odié cada noche, durante muchos años. Nabokov dice que nuestra existencia no es más que un cortocircuito de luz entre dos eternidades de oscuridad.

Tras grandes tristezas acumuladas, transité del odio a la curiosidad y de la curiosidad a la fantasía. A los 24 años, anhelaba tanto mi propia muerte, que necesité de un fuerte grito de auxilio para dejar de concebir a la vida como una interrupción entre esas dos oscuridades. Se sentía como una victoria.

Años después, en el segundo trimestre de mi embarazo, de manera inesperada, comencé a imaginarme que mi hijo (todavía no tenía nombre) y yo moríamos durante el parto. No era capaz de imaginarme un futuro ni conmigo ni con él. Aunque había mucha vida en mí, en un sentido estricto, la muerte me habitaba sin ser invitada. Otra vez.

La depresión no siempre ocurre postparto, a veces se manifiesta de un momento a otro y te devora poco a poco; te consume hasta hacerte creer que no te perteneces y que la vida es una clase de suerte que corriste el día que naciste y que cada instante es un nuevo volado. La moneda permanece en el aire hasta que cae, o la dejamos caer. Salir de ahí fue otra victoria.

Hoy, mi mayor temor es otro, el peor de todos. En un país que no te garantiza ni tu supervivencia ni la de los niños, cuando pego la cabeza a la almohada, a veces, se me atraviesa la idea de perder a Nicolás. ¿Qué sería de mi vida si mi hijo muriera? ¿Si enfermara? ¿Si no lo volviera a ver? Y siento un vacío en el estómago en el que me sumerjo sola porque no puedo correr hacia él para suplicarle la promesa de que no se morirá jamás.

Esa relación con la muerte es mía y de nadie más. Mi relación con mi hijo se logró gracias a la vida, a la que pude darle a través de la mía. Mi mayor deseo es transmitirle lo que respiro, lo que siento, lo que doy, esto que soy, esto que la vida me permite hasta que la muerte se aparezca, no como una idea sino como el punto final.

Ha sido muy difícil quitarme el miedo estos días, donde a todos nos ronda la muerte propia y la ajena. Solo sé que tener a la muerte tan presente ha tenido una ventaja: respirar más hondo.

Nicolás me enseña un nuevo amor por la vida y me inspira a dar las gracias por este día, en que él y yo estamos vivos, cada noche que pego la cabeza a la almohada.

@barbarahoyo