Redacción Animal Político · 8 de marzo de 2024
Me siento suspendida en el tiempo, intentando hallar desde dónde hablo y a cuál de mis múltiples yoes le pertenece la voz que grita, la que susurra, la que habla y la que calla. Algunas partes de mí han avanzado y otras han cambiado tanto que ya no las siento propias.
Estoy segura de que, hace poco tiempo, a mis laberintos mentales se les desapareció la salida de emergencia. Recorro un callejón, me encuentro a mi madre; uno más, a mi padre. Son fantasmas. ¿Dónde está mi hilo, Ariadna? Lo necesita mi Teseo.
Es inevitable, por más que me entusiasme tomar distancia de mis afectos primarios para aprender a dejar de ser tan reactiva ante el dolor, no anhelarlos conmigo y junto a mí. Como si no llevara un reclamo profundo que no surge desde una herida expuesta y grotesca, sino desde una cortadura de papel, mínima, incapaz de pasar desaperciba.
A veces, el hilo para salir del laberinto es el dolor y su rastro, la incomodidad de cada una de sus cortaduras. Me imagino que quienes no llevan heridas, si acaso eso existe, no tendrán idea de todo lo que no les duele, como las partes del cuerpo que no sabes que existen hasta que las sientes.
Ayer pensaba que esta vida —nueva, seminueva— que tengo, que (re)inició con el nacimiento de mi hijo Nicolás, que estos días cumple seis años, ha tenido un ritmo que me ha obligado a contenerme por primera vez. Yo, que siempre fui una persona contenida, aprendí a contenerme de verdad: a respaldar mis decisiones, a pagar mis deudas, a liberarme de la pesadez de la ausencia y a sacudirme un poquito de culpa.
A los padres una les reclama las heridas, las omisiones y el abandono. A los hijos una les agradece el reparo. A los padres se les entiende (y se les cuestiona) con la llegada de los hijos. A los hijos se les contiene en compañía de los padres. En los abuelos no hay omisión, tampoco reparo. Aunque sí hay cierto goce de saberles y verles capaces de amar sin deudas ni culpas.
Supongo que así es cómo se atraviesa la adultez: con los saldos a favor y en contra, con días en números rojos y noches en números negros, para recordarte que tienes más de una voz y que, de cualquier manera, a ratos estarás afónica o no sabrás desde dónde hablas.
La adultez se (te) atraviesa para recordarte, también, que tus narrativas están a punto de caducar y que tus heridas de papel cierran y se abren a su ritmo, no al tuyo. Creo que es así como me toca hallarme entre tantas voces, fantasmas y atravesamientos: dejándome estar, por momentos, suspendida en el tiempo.