blogeditor · 12 de mayo de 2017
Por: José Manuel Valiñas
El Washington Post editorializó en abril que lo que se viene en la confrontación con Corea del Norte es algo muy parecido a la “paciencia estratégica” que siguieron no sólo Obama, sino tres antecesores suyos, aunque en realidad en sus propias líneas describe algo muy distinto. En principio, porque la situación ha cambiado radicalmente desde Obama, el último presidente que pudo esgrimir la paciencia como estrategia. Esa doctrina probó estar equivocada al apostar por la caída del régimen en el momento de la muerte de Kim Jong-il, algo que no sólo no sucedió, sino que su hijo se afianzó en el poder con asesinatos de alto perfil, radicalizándose aún más.
Mientras Obama esperaba pacientemente, Corea del Norte logró la tecnología nuclear y misilística capaz de borrar ciudades enteras en Corea del Sur y Japón. Por ello es que, aunque se parezca a la paciencia estratégica lo que se espera que suceda en este conflicto, será muy diferente, como el mismo Post asume.
Los dos factores que más han venido a cambiar el rumbo a este conflicto largamente anunciado son la llegada del presidente empresario a la Casa Blanca y la nueva actitud de China ante Corea del Norte, provocada en parte por ese mismo empresario. China está sumamente preocupada por el potencial nuclear de su aliado rebelde, con quien no lleva una buena relación, aunque se crea lo contrario. Hace mucho que Pekín vota a favor de las sanciones a Pyongyang en el Consejo de Seguridad de la ONU, y Bloomberg informó hace unos días que diplomáticos de alto nivel fueron rechazados en la capital norcoreana, en donde los medios controlados por el estado se burlaron diciendo que “Pekín baila al son que le toca Washington”.
Sí, China es el único “aliado” que le queda a Kim, pero la razón es que el Politburó quiere evitar a toda costa que caiga el régimen y que lleguen millones de refugiados a su territorio, además de tener una Corea unificada, aliada de Estados Unidos, con casi 30 mil militares apostados (aunque ciertamente tampoco quiere una Corea del Norte con armas nucleares que también pueden llegar a apuntar a Shanghai o Pekín). Ni a Washington presionando comercial, militar y políticamente en momentos en que habita en la Casa Blanca un tipo imprudente e irreflexivo.
En un extenso artículo publicado en Foreign Affairs, Philip Gordon establece una “Visión de Trump en guerra”, con escenarios bélicos bastante creíbles con Irán, China y Corea del Norte. La influencia del siniestro asesor del presidente, Steve Bannon, está presente en ese análisis, y en los tiempos en los que vivimos no es algo del todo descabellado. Bannon es un teórico de la guerra inevitable (y para él, deseable) con China, “aprovechando que todavía Estados Unidos cuenta con una superioridad militar que quizá en el futuro no tenga”. Y Trump dijo, sin darse cuenta lo que sus palabras implican: “debemos empezar a ganar más guerras”, algo que reveló su deseo de restablecer la hegemonía de Estados Unidos vía el aplastamiento militar de los adversarios.
Así que la posibilidad de una guerra en la península coreana es real, de no ser porque traería como corolario una escalada que podría llegar incluso a lo nuclear, implicando a Seúl y a Tokio. En ese escenario, como hemos dicho, ni siquiera Trump quisiera caer.
Ya desde que era candidato dijo que de ser necesario se reuniría en la misma Casa Blanca con Kim Jong Un, si eso servía para resolver el problema. Y en los últimos días ha rebajado el tono pendenciero, diciendo que para Kim, que es tan joven, “no debe ser fácil”. Alguien con experiencia y conocimiento debe haberle aconsejado, y por descabellado que parezca, el presidente escuchó. Muy probablemente fueron el secretario de defensa, James Mattis, y su asesor de seguridad, Herbert McMaster, dos halcones que, sin embargo, son personas razonables y de un amplio conocimiento de la geopolítica. Quizá también el judío ortodoxo Jared Kushner, para quien una guerra nuclear provocada por la persona que él asesora, debe sonar a maldición bíblica.
Así que irremediablemente la solución pasará por aumentar la presión militar, sí, pero sin llegar a ataques, y hacer que China presione al límite, aunque sin provocar una implosión. Y, sobre todo, algo que resulta odioso pero necesario: garantizar la seguridad del régimen de Kim Jong Un.
“Es la economía…”
Corea del Norte vive obsesionada con sobrevivir. Es uno de los regímenes más atroces que existen en la actualidad, pero aún así, como escribe Jessica Mathews para The Atlantic (y coinciden expertos como Fareed Zakharia para el Washington Post, John Delury para Foreign Affairs, y Nicholas Kristof y Joel S. Witt para el New York Times), no va a quedar otra opción más que aprender a vivir con él. El mundo entero dejó que se armara durante más de 20 años, hasta el punto de que es un país con bombas nucleares, y eso ya no se puede cambiar. Es el precio que ahora la comunidad internacional tiene que pagar por no haber actuado antes.
Kim no va a dejar su programa nuclear bajo ninguna negociación que no implique compromisos claros para su seguridad, y eso es lo que Trump, muy probablemente, va a tener que soportar. Lo hará porque es la única manera en que puede evitar un conflicto nuclear, ya sea en el presente o dentro de algunos años. Así que es posible que el mundo tenga que convivir durante mucho tiempo con un régimen esperpéntico, que veja a su población y tiene armas nucleares, pero es la única manera de que no exploten esas bombas. Y pueden incentivarse cambios que provengan de la población civil si se apoya a la devastada economía norcoreana.
Sintiéndose seguro, si se rebaja la tensión y se retiran las sanciones… y sobre todo si se le garantiza un lugar en el concierto económico de los países asiáticos, es muy probable que Kim acepte negociaciones con un conjunto de países, coordinados por la ONU.
El asunto económico no es menor. Es algo que le puede interesar sobremanera a Kim, pues él mismo ha dicho que el sacrificio del pueblo debe de llegar a su fin, y que “ya no tendrán que apretarse más el cinturón”. Es significativo que haya puesto a la cabeza de la economía al reformista Pak Pong Ju, quien efectivamente ha hecho algunos cambios, por los cuales hoy la capital se antoja un poco más vivible y menos gris (aunque en el interior la gente sigue en niveles de sobrevivencia).
Algunos argumentan que a Kim no le interesan las reformas, ni instaurar un sistema como el chino (férreo en lo político pero abierto en lo económico), y que por eso mandó matar a su tío, Jang Song Thaek, quien también era un reformista. Sin embargo, todo indica que la ejecución fue más bien por la habitual paranoia norcoreana, para evitar sombras en su poder omnímodo (por esa misma razón se cree que mandó asesinar en Malasia a su medio hermano, Kim Jong Nam, que era protegido de China). En realidad, todo parece indicar que la segunda prioridad del régimen, después de su supervivencia, es mejorar la economía.
Si todo esto sucede, si se garantiza su seguridad y se integra a Corea del Norte en los organismos financieros internacionales para potenciar su desarrollo económico, el país tendría que aceptar inspecciones del Organismo Internacional de Energía Atómica.
Estos serían los primeros pasos para una reunión cumbre de Trump (más otros líderes mundiales y el secretario general de Naciones Unidas) con Kim Jong Un. Sería un verdadero hito en la diplomacia, y casi sin darse cuenta, el empresario lograría una victoria que no se le podrá escatimar, del tamaño de la de Richard Nixon, otro republicano tóxico quien, sin embargo, consiguió que China se acercara a Estados Unidos en el peor momento de la Guerra Fría.
Hay problemas que no se pueden resolver en años, décadas o generaciones enteras. Es posible que el de Corea del Norte sea uno de ellos. Escribe Delury en Foreign Affairs: “Convencer a Kim de que entregue su última bomba podría llevar décadas, y el mundo nunca llegaría al resultado perfecto de una desnuclearización completa, verificable e irreversible. Pero, a falta de eso, Estados Unidos podría hacer grandes progresos para revertir la trayectoria actual de capacidades y riesgos cada vez mayores”.
Eventualmente, las mejoras económicas harían que la población norcoreana se modernice y empiece a cambiar. Incluso llegaría el momento en que se le pueda exigir a Kim la disminución de la represión y el cierre de los gulags. Podría también iniciar una vía parecida a la de su poderoso vecino, de libre mercado en lo económico.
Se evitaría también una carrera armamentista nuclear que implicaría a Japón y a Corea del Sur. Y se prevendría, sobre todo, esa línea roja que resulta, ella sí, impensable para Washington pero también para el resto del mundo: los misiles intercontinentales con cabezas nucleares que en cuatro años lograría tener Corea del Norte, y que serían capaces de alcanzar cualquier ciudad estadounidense.
Nada mal para un presidente inexperto y arrogante que, inmediatamente, se postularía él mismo para el premio Nobel. Se enamoraría aún más de sí, ahora de su faceta “pacifista”. Un escenario del todo antiestético y nauseabundo. Pero el mundo se habría librado de una amenaza real de conflagración nuclear. Que le den el dichoso premio si es el precio a pagar…
* José Manuel Valiñas es articulista de política internacional. Dirigió el reposicionamiento de la revista Inversionista y fue de los fundadores de la revista S1ngular. Actualmente tiene su propia empresa de custom publishing.