Corea del Norte, ¿estallará el conflicto nuclear? (I)

blogeditor · 11 de mayo de 2017

Corea del Norte, ¿estallará el conflicto nuclear? (I)

Por: José Manuel Valiñas

Hace exactamente un año, el semanario británico The Economist publicó un texto que resumía el grave problema que supone la capacidad nuclear de Corea del Norte. Apenas han pasado 12 meses, pero las circunstancias han cambiado radicalmente.

Lo que el semanario criticaba en ese editorial era que el anterior presidente en Washington, Barack Obama, seguía con Pyongyang una doctrina de “paciencia estratégica”. Argumentaba que, conforme pasara el tiempo, esa táctica ya no podría seguir su curso, ante el avance en la tecnología nuclear del archienemigo de Corea del Sur y Japón, y por tanto de Estados Unidos. Decía algo que resultaba cierto en esos tiempos en que gobernaba un progresista, pero que lo sigue siendo ahora que es un reaccionario el que lleva las riendas: “la paciencia estratégica es un lujo que no se podrá dar el próximo presidente”. Era mayo de 2016.

En efecto, si hubiera sido Hillary Clinton la ganadora en lugar de Donald Trump, tendríamos el mismo escenario. Sean demócratas civilizados o republicanos retrógradas los que gobiernen, existe una línea roja que ningún presidente puede dejar pasar, y esa es la capacidad de Corea del Norte de desarrollar un misil intercontinental capaz de transportar cabezas nucleares a cualquier ciudad de Estados Unidos, lo que se piensa que puede lograr en 2022.

Es la última línea roja, la frontera definitiva: la que nadie, ni un premio Nobel de la Paz como Obama, dejaría pasar llegado el momento. Una frontera a la que se llega porque Corea del Norte ha pasado antes infinidad de líneas rojas. Dado que hubo demasiada paciencia estratégica, hoy ese régimen ya tiene una veintena de bombas nucleares (y se cree que agrega una más a su arsenal cada dos meses), y eventualmente podría dirigirlas a Seúl, Tokio o Guam.

La famosa paciencia estratégica es una doctrina que podría tener éxito con cualquier otro proliferador nuclear, pero no con un régimen como el de Kim Jong Un, quizá el más desquiciado de todos los que existen en el mundo actual. La doctrina se basa en esperar a que se derrumbe precisamente ese régimen, agobiado por las sanciones que le imponen prácticamente todos los países del mundo. Pero el régimen no se va a derrumbar: ya pasó peores momentos en los años 90, cuando vivió la caída de la Unión Soviética y el retiro de su generosa ayuda, más la hambruna que mató a cientos de miles de norcoreanos. No tenían para alimentar a su población pero la dejaron morir antes que desviar recursos del programa nuclear.

The Economist no dudaba en acusar a Obama, en aquel lejano mayo de 2016, de haber dejado que Corea del Norte se hiciera de armas nucleares y misiles de alcance medio. Hace unos días acaba de publicar otra disertación sobre el tema, ante las nuevas circunstancias, llegando a la conclusión de que las opciones son en extremo limitadas, y el riesgo de una conflagración, real.

Desvergüenza

Trump lleva poco más de 100 días en el cargo, pero la escalada ha llegado a niveles que no se habían visto. No obstante, incluso los analistas más críticos reconocen algo positivo: el hecho de abordar el problema con ánimo de hacer algo al respecto, y no quedarse en la peligrosamente fallida paciencia estratégica.

Fiel a su estilo, Trump se ha mostrado irresponsable y agresivo, amenazando a Pyongyang como ninguno de sus antecesores. Se reunió con Xi Jinping, el presidente chino, y le pidió que haga algo con su protegido, “o Estados Unidos se encargará”. Le quiso poner una zanahoria diciendo que si lo ayuda con ese problema, no declarará a China como un país que manipula su moneda, mezclando desvergonzadamente la diplomacia con la economía. De pena ajena, como tantas cosas hoy en día, pero lo cierto es que Pekín está ahora llevando a cabo acciones que con Obama no se hubieran siquiera pensado.

Quizá la imprevisibilidad, la impetuosidad y la ignorancia de Trump les resulte una amenaza creíble a los líderes chinos. Quizá sí le crean que puede lanzar un ataque preventivo sobre Corea del Norte o, también desvergonzadamente, quieran evitar ser señalados como nación que manipula su moneda, pero lo cierto es que han ampliado las sanciones a Pyongyang. Han detenido las importaciones de carbón de su vecino, con lo que quedará aún más estrangulado. Y pueden llegar a dejar de venderles petróleo, con lo que llevarían casi a la parálisis al régimen que ya de por sí vive paralizado, excepto en lo militar.

Estados Unidos logró también algo que antes hubiera sido impensable: desplegar en Corea del Sur el escudo antimisiles THAAD. China no lo hubiera tolerado con Obama: su reacción hubiera sido desproporcionada. Todavía hoy está por verse la reacción de Xi ante este escudo, que para criterios chinos representa una verdadera amenaza, pero hoy es una realidad que ya está funcionando (aunque es incierto qué tan efectivo sea en un ataque real).

¿En realidad habrá un ataque preventivo?

Pero analicemos ese hipotético ataque de Estados Unidos, del que Trump tanto presume. El presidente, el vicepresidente y el secretario de Estado han insistido en que todas las opciones están sobre la mesa, haciendo referencia a lo militar. El asunto es que el multimencionado ataque es muy probable que no suceda, porque su viabilidad es poca y los devastadores efectos que desencadenaría los puede llegar a entender hasta alguien como Trump.

En principio, las instalaciones nucleares de Corea del Norte están dispersas, escondidas y en algunos casos sumergidas en el mar, como lo arrojan los datos de inteligencia, así que la efectividad del ataque sería baja. Por supuesto que ni siquiera Trump (¡ni siquiera Bannon!) pensará que un ataque preventivo de naturaleza nuclear sería una buena idea, así que emplearía artillería convencional, en un ataque que pretenda ser quirúrgico, o incluso misiles de mayor rango, pero no armas nucleares ni de destrucción masiva, como la MOAB (Mother of All Bombs) que lanzó en Afganistán. No obstante, para un régimen como el de Kim Jong Un, que se fortalece internamente con la amenaza de guerra, ningún ataque, excepto el nuclear, sería disuasorio.

¿Qué pasaría inmediatamente después del ataque preventivo? Pyongyang de inmediato lanzaría una ofensiva convencional a Seúl, que puede dirigirse a instalaciones militares en principio, pero también a la población civil. Aunque Corea del Sur también cuenta con un escudo para ataques convencionales, éste puede funcionar hasta cierto punto, y en lo que los misiles estadounidenses destruyen la capacidad de artillería norcoreana, se puede llegar a un escenario realmente macabro.

El armamento de Corea del Norte es uno de los mayores del mundo, y cuenta también con armas químicas. Es muy probable que estas últimas sean en parte obsoletas, pero sí podrían causar terror generalizado entre la población sudcoreana.

Los cálculos van de miles de muertos, a decenas de miles, tan sólo en Seúl, si se desatan estos ataques. Pero no todo acaba ahí, puesto que en un escenario tal, y conforme Corea del Norte esté a punto de perder toda su artillería convencional, es posible que quiera escalar el conflicto a lo nuclear, aunque esto signifique la consecuente represalia en esos mismos términos.

Si se llega a una nueva guerra en la península, según algunos autores, los perjuicios serían de un millón de muertos y un millón de millones de dólares de riqueza destruida. Si Kim, en un arranque suicida, intenta enviar misiles con cabezas nucleares a Seúl o a Tokio, existe la posibilidad de que uno o dos de ellos logren su objetivo, con todo y el sistema THAAD. Sería el Armagedón, y las bajas se contarían por cientos de miles. Es el mayor temor que vivieron generaciones enteras en la Guerra Fría, y que ahora que ya no estamos en ella, paradójicamente, se puede actualizar con un régimen desquiciado en Asia y con un presidente cercano al desequilibrio en América. Sobra decir que el corolario sería también uno o dos trimestres de recesión global, que sería casi imposible de evitar.

Afortunadamente, todo indica que esto no es lo que va a suceder. El curso de acción más probable es muy distinto a las bravuconadas de Donald.

 

* José Manuel Valiñas es articulista de política internacional. Dirigió el reposicionamiento de la revista Inversionista y fue de los fundadores de la revista S1ngular.