¿Un Corbyn mexicano?

blogeditor · 27 de junio de 2017

¿Un Corbyn mexicano?

Por: José Pablo Abreu Sacramento (@JPeAbreu) y Enrique López Alonso (@lopezalonso88)

Una y otra vez, candidatos y partidos políticos en México copian fórmulas del extranjero —reales y ficticias— que presuntamente aseguran el éxito en las urnas. Tan sólo este año, un aspirante a presidente municipal en Veracruz plagió un spot del presidente de Argentina, Mauricio Macri, y un expresidente municipal de Tlaxcala se inspiró en Frank Underwood para promover su imagen en redes sociales, mientras que en las últimas semanas un grupo de intelectuales ha impulsado a un candidato presidencial llamándolo “el Macron mexicano”. Sin embargo, las experiencias de campañas en otros países no deben reducirse a recetas mágicas (spoiler: no existen). Más que buscar a la figura política mexicana que se asemeje más al candidato extranjero de moda, resulta útil echar un vistazo a las prácticas realizadas en otras latitudes —aún cuando no se trate de campañas paradigmática— con el fin de plantear mejoras a nuestro modelo de comunicación como herramienta central del debate público.

En este sentido, un proceso que acaparó menos reflectores en la prensa mexicana es el que concluyó el pasado jueves 8 de junio en Reino Unido, el tercero en tres años para los británicos. Apenas en abril, la Primera Ministra y líder del Partido Conservador, Theresa May, llamó a elecciones para conformar un nuevo Parlamento, tomando por sorpresa incluso a sus correligionarios. Según sus cálculos, la ventaja de más de veinte puntos que le otorgaban las encuestas sería suficiente para obtener una mayoría que le permitiera negociar el Brexit con amplio margen de maniobra y, de paso, legitimar un cargo al que había llegado tras la renuncia de David Cameron. No obstante, la elección británica demostró que las campañas importan. Si bien todo parece indicar que los Tories volverán a ser gobierno, los Laboristas—encabezados por Jeremy Corbyn— recuperaron treinta asientos en el Parlamento e incluso se rumora que un político conservador distinto a la actual Primera Ministra podría ocupar el número 10 de Downing Street. Además, se estima una alta tasa de participación de los jóvenes y una representación histórica de minorías en Westminster. ¿Qué hacen los candidatos británicos para comunicarse con los electores? ¿Qué diferencias hay con las campañas mexicanas? ¿Es posible modificar la intención de voto discutiendo propuestas y no pintando bardas?

Contaminación visual no se traduce en votos

En México estamos acostumbrados a ver el rostro de los candidatos en todos lugares y a todas horas debido al incesante bombardeo de spots de radio y televisión, así como a la práctica sistemática por parte de todos los partidos de contratar anuncios espectaculares, comprar publicidad en el transporte público y revistas, pintar bardas, colocar lonas y regalar utilitarios bajo la lógica de que a la gente no le interesa la política y acude a las urnas únicamente a tachar el nombre de quien le resulte más conocido. No obstante, este razonamiento conlleva tres supuestos: 1) que a los electores no les interesan las propuestas; 2) que el hartazgo ciudadano se orienta hacia lo político y no hacia las acciones de los políticos, cuando en realidad la sobreexposición puede ser la causante del rechazo, generándose un círculo vicioso, y 3) que colocar el nombre y la fotografía del candidato en cada rincón es una condición suficiente y necesaria para la victoria electoral, sin que exista evidencia sobre su efectividad.

En Reino Unido las calles limpias no están peleadas con la democracia. Los elementos visuales urbanos de las campañas se limitan a pequeñas calcomanías colocadas en ventanas —con el permiso de los dueños de las propiedades—, así como panfletos que los brigadistas reparten casa por casa y cuyos recorridos se publican en internet. Podríamos pensar, entonces, que la sociedad de aquel país es extremadamente culta, conoce a los miembros del Parlamento y no necesita que se les recuerde quiénes están compitiendo por un cargo, pero las estadísticas indican que ambas naciones cuentan con tasas similares de desinterés en política. Quizá la contaminación visual que sufrimos cada campaña obedezca a una costumbre sin fundamento y al ego de los candidatos, cuando es probable que no tenga efectos en las preferencias. Es posible que existan otras formas de posicionar una candidatura.

Las propuestas sí importan

En la tercera semana de mayo, los candidatos presentaron los manifiestos de sus partidos, los documentos que contienen las propuestas que llevarían a la acción en caso de ser electos. Por un lado, el laborista Jeremy Corbyn atrajo los reflectores al proponer un aumento significativo al financiamiento de los servicios de salud y al sistema educativo, mientras que la conservadora Theresa May recibió fuertes críticas por impulsar el cobro de tratamientos médicos a los jubilados. Corbyn aprovechó la oportunidad y bautizó la impopular propuesta de los Conservadores como un “impuesto a la demencia”, ganando la agenda a tal grado que May tuvo que replantear públicamente su postura. De acuerdo con los sondeos, la presentación de los manifiestos representó el punto de quiebre que permitió a los Laboristas recortar su desventaja a un solo dígito. Las propuestas, por lo tanto, jugaron un rol importante en el desarrollo de las campañas.

Vivir en una democracia deliberativa requiere, para empezar, dos condiciones: 1) que los asuntos públicos se decidan por la mayoría de la ciudadanía y/o sus representantes, y 2) que dichas decisiones se tomen con base en los argumentos presentados de manera libre y razonada. Si bien la democracia mexicana puede presumir que sus elecciones se deciden por la mayoría de la ciudadanía que acude a votar (reconociendo el avance sustantivo en el diseño de las instituciones electorales, sin ignorar los retos que se enfrentan), el proceso deliberativo deja mucho que desear. Tras observar las campañas electorales británicas, uno puede imaginar que el motivo de la pobre deliberación mexicana está relacionada, al menos de inicio, con las razones poco claras que ofrecen partidos políticos y candidatos para justificar el voto a su favor.

Las plataformas electorales en México son documentos en los que los partidos políticos debieran plasmar sus propuestas de campaña, su visión del país y el rumbo que proponen al electorado. Sin embargo, estos vastos textos ¾que en promedio duplican la extensión de los manifiestos británicos¾ no son materia de discusión pública. En lugar de cumplir con su objetivo democrático, candidatos y partidos los elaboran únicamente para cumplir un requisito legal. La falta de interés hacia estos documentos genera prácticas reprochables, como lo demuestra el plagio de ideas en cada período electoral. Sin ideas claras y concretas, el debate público se limita a lo meramente estético, dejando de lado las razones o justificaciones.

La sociedad también participa

Si bien son los candidatos los que buscan interactuar con los electores, idealmente se trata de un proceso que involucra a diversos sectores de la sociedad. Previo al día de la elección, las agrupaciones de alumnos en Reino Unido instalaron mesas para promover el registro en el padrón. Además, durante la noche de la elección se organizaron eventos para conocer los primeros resultados, analizarlos y comentarlos acompañados de profesores y expertos invitados, compartiendo impresiones, en un espacio relajado y de convivencia, que no por ello perdió rigor académico e imparcialidad.

En el sector privado se vivió un ambiente similar. Por ejemplo, Facebook recordó a sus usuarios el jueves 8 de junio que era momento de salir a votar, incluyó un estatus para que la persona pudiera dar a conocer a sus contactos que ya lo había hecho y, junto con Buzzfeed, organizó una jornada de seguimiento en sus instalaciones que incluyó un programa de análisis en vivo que fue visto por dos millones de usuarios, así como la actualización en tiempo real de los resultados circunscripción por circunscripción, para lo cual contrataron a estudiantes que trabajaron la noche entera en sus instalaciones.

Finalmente, el día de la jornada electoral resultó interesante observar en las calles el grado de involucramiento de la gente. Personas con cartulinas —rústicas y hechas a mano— en las esquinas invitando a la gente a votar por determinado partido (sí, aquí la jornada de reflexión no es un requisito para asegurar el voto libre), vecinos coincidiendo en un semáforo con cuadrillas de determinado partido, sonriéndoles y avisándoles que en un momento más irían a votar a su favor y, en general, gente portando camisas, broches o calcomanías para demostrar su simpatía hacia los candidatos. En suma, la promoción del voto y el análisis de lo que iba ocurriendo no fue un ejercicio limitativo de autoridades electorales, partidos y medios de comunicación. La sociedad tomó su lugar en la calle, las universidades y las redes sociales.

Encuestadoras y opinión pública

Con la llegada de la competencia electoral, en nuestro país se volvió cada vez más frecuente la publicación de trackings y encuestas de salida patrocinados por televisoras, periódicos y los propios partidos. El punto culmen llegó con la elección presidencial de 2012, cuando decenas de empresas midieron las preferencias en cortes mensuales, semanales e incluso diarios. La mayoría de ellas, no obstante, erró el resultado final más allá del margen de error, aunque el gremio se excusó con el viejo argumento de que una encuesta es como una fotografía, por lo que es incapaz de predecir resultados. Desde ese momento, cada vez más casas encuestadoras renunciaron a publicar datos porque ven mermada su credibilidad, pues siempre será más fácil justificar sus errores ante un reducido equipo de campaña que ante la opinión pública.

Por el contrario, las encuestadoras británicas optaron por asumir su responsabilidad y ajustar sus métodos tras las cifras erróneas que presentaron en la elección del Brexit. Apenas un año después fueron capaces de publicar estudios a lo largo de toda la campaña, así como encuestas a pie de urna que se correspondieron con el recuento final. En México, los encuestadores enfrentan hoy un reto similar, así como ocurre en Estados Unidos tras la pifia de la elección de Trump, por lo que el próximo año sabremos si deciden seguir alejados de los reflectores miedáticos o dar la cara, como el caso de Reino Unido.

¿La hora del té en lugar de Vitamina T?

Sin embargo, la elección británica no está exenta de críticas. Por ejemplo, so pretexto de presentar su libro y al más puro estilo mexicano, Bernie Sanders viajó a Inglaterra unos días antes de los comicios para apoyar a Jeremy Corbyn, aunque la obra fue relegada a una breve mención en diez segundos durante un evento de dos horas en Londres. Además, en una práctica que pudiera sonar familiar, los tabloides atacaron desproporcionadamente a los Laboristas escudándose en la libertad de expresión, a tal grado que The Sun publicó, el día de la elección, el rostro de Corbyn en un bote de basura acusándolo de ser amigo de los terroristas.

Al analizar el resultado de las elecciones en Reino Unido, la columnista de The Guardian, Suzanne Moore —una escéptica de la campaña de Corbyn— señaló que, así como ella, “la prensa y la televisión confiaron en viejas verdades: que los manifiestos no importan, que la cobertura de la prensa amarillista es crucial y que los jóvenes no acuden a las urnas. Nunca he estado tan feliz de admitir que estaba equivocada”. En nuestro país confiamos en nuestras viejas verdades simplemente porque “como México no hay dos”. Sin embargo, mientras sigamos pensando que un espectacular en cada calle, cientos de miles de bardas con el nombre de los candidatos y millones de spots de treinta segundos son condiciones necesarias para la democracia, el debate público seguirá alejado de las plataformas electorales y de las propuestas. No se trata de obligar a los mexicanos a tomar el té a las seis de la tarde ni de crear un Corbyn mexicano, sino de analizar con mesura las prácticas que fomentan la participación ciudadana. Tal vez, al final, no somos tan diferentes como pensamos.

 

* José Pablo Abreu Sacramento es Profesor universitario. Realiza estudios en Filosofía y Política Pública en la London School of Economics and Political Science (LSE). Enrique López Alonso es estudiante de la Maestría en Política y Comunicación de la London School of Economics and Political Science (LSE)