Gonzalo Ortuño · 3 de febrero de 2023
La pregunta del millón cuando terminamos una relación de pareja es qué tan intacta queda nuestra capacidad de amar: cuánto se afectó, cuánto se retrajo, cuánto se expandió, cuánto creció. Nadie quiere un corazón discapacitado. Nadie quiere menos vida y no amar significa renunciar a vivir. Tal vez el corazón simboliza al amor porque enamorarse se siente como oxigenarse la sangre.
He aprendido algunas cosas tras mi última separación. Aprendí que es importante ponerle atención a las pérdidas, siempre y cuando honremos las ganancias; entendí que mi proceso terapéutico no era —solo— para sanar, sino para revelar(me). Para darme cuenta de mis errores, mis faltas y de mis ingeniosas formas de sacarme adelante. Tuve que aprender a cuidarme, a pesar de mi prolongado descuido y negligencia.
Comencé a ver el panorama más amplio con un retrovisor, luego con un espejo y al final con una lupa. La mirada que en principio se dirigía hacia afuera, donde según yo se encontraban las armas blancas, comenzó a mirar hacia adentro, donde se encuentra el refugio, el fuego lento y un poco de calma.
Es fascinante cómo las emociones fluyen como reloj de arena: tan precisas y revueltas en el tiempo. Con su propia voluntad que, sin que seamos conscientes de ello, va marcando ritmo y rumbo. Pesa a las resistencias y los miedos. Pese a querer dar el brinco hacia otro lado e, incluso, pese a nuestra obstinación. O negligencia. El amor existe contra cualquier pronóstico. Luego existimos nosotros.
Estoy convencida de que todo sana. Las venas sanan, las arterias sanan. Las heridas cierran, cicatrizan. El corazón no queda intacto y nuestra capacidad de amar está blindada contra los desastres naturales y contra cualquier atropellamiento. Incluso contra nuestra negligencia y descuido. Bien dice Fito Páez que el amor después del amor tal vez se parezca a este rayo de sol.
Así que, echando de nuevo la mirada a mi separación, llego a algunas conclusiones: no es necesario ver que al otro le duele ni fiscalizar duelos ajenos: cada quien se despide a su manera. Se puede vivir en paz y estar triste al mismo tiempo. Ningún corazón roto pierde su capacidad de amar. No solo hay un día después, también hay una vida. Estar convencida de una decisión no lo hace más fácil. El tiempo cierra heridas. No se ama mejor ni se ama más cada vez, pero si se pierde el miedo a ir más profundo, se ama más profundo.
Aquí hay un rayo de sol. El corazón bombea. Se oxigena mi sangre.
