COPRED, un lugar para todas

Contenido Animal Político · 7 de abril de 2022

COPRED, un lugar para todas

El Consejo para Prevenir y Eliminar la Discriminación de la Ciudad de México (COPRED) es de y para todas las personas; no requiere credenciales, etiquetas o definiciones absolutas para atender cualquier acto discriminatorio, porque la discriminación nos toca (en sus dos interpretaciones) a todas.

La Constitución de la Ciudad de México reconoce los siguientes grupos de atención prioritaria: mujeres, infancias y adolescencias, personas jóvenes, mayores, con discapacidad, LGBT, migrantes y sujetas de protección internacional, víctimas, poblaciones callejeras, personas privadas de su libertad, que residen en instituciones de asistencia social, afrodescendientes, indígenas y minorías religiosas.

La lista no es exhaustiva, y mucho menos implica que son las únicas personas que pueden ser víctimas de discriminación. Caben también, por ejemplo, quienes la sufren por su ascendencia, por su corporalidad o por su modo de subsistir, que muchas veces es, también, de sobrevivir. El derecho y reconocimiento de unas no resta al de otras.

Los debates y la libertad de expresión pueden y deben ejercerse desde diferentes y diversas trincheras. Ante el derecho innegable, pero no absoluto, a expresarse, siempre será inaceptable la censura institucional. Dicho eso, también hay que decir que el mandato de ley del Consejo es claro: prevenir y eliminar la discriminación. Es desde ahí que puede decir, por todas las personas, por las mujeres y por las personas trans, por las que viven en calle o permanecen privadas de la libertad, por quienes migran y por quienes residen en instituciones: el discurso de odio es inaceptable; siempre apelando a construir un cambio cultural. No está llamado a callar, pero sí a señalar todas las pequeñas acciones –incluidas las palabras– que fortalecen, profundizan y validan el odio.

Cuando el Consejo cumplió 10 años (noviembre, 2021), algunas personas reflexionamos sobre nuestra experiencia en él. Ha sido una travesía profesional y personal. Conocer al Copred es incómodo porque implica cuestionarse. No es fácil la tarea de reconocer los propios prejuicios, privilegios y expresiones discriminatorias, no es fácil escuchar a alguien decir: “quienes han tenido una vida de bufete, hablan como si fuera sencillo elegir diferente, porque nunca han estado en la posición de no tener opciones”. No es fácil reconocer nuestro privilegio, incluso en medio de las violencias que hayamos podido, en mayor o menor medida, vivir.

El COPRED es también un reto permanente a romper esquemas. Nos llama a escalar a un nuevo nivel, a repensar nuestros privilegios, a llevar a más lo que habíamos creído hasta ahora sobre feminismos, interseccionalidades y corporalidades, o sobre el aspecto más incluyente del lenguaje incluyente —que implica, entre otras cosas, el nombrar a las personas no binarias—, o sobre determinadas elecciones de vida y de empleo que pueden retar lo que considerábamos “aceptable”. Si algo se aprende dentro del Consejo es que siempre hay más cuestionamientos y más lecciones.

Esta época convulsa y cambiante, así como la emergencia de nuevas narrativas y fenómenos discriminatorios, plantea un reto en particular: el de socializar ese universo donde los cuestionamientos escalan y se complejizan día a día, así como volverlos cercanos y asequibles a las personas que nunca han estado cerca de esos temas: algunas veces por falta de interés o de tiempo; otras, por falta de información más precisa o didáctica.

La tarea no es menor ni fácil. Con limitaciones temporales y presupuestales, la creatividad es una de las respuestas, pero también la reflexión de qué comunicamos y desde dónde: cómo repensamos y actuamos desde el propio privilegio que representa tener acceso a información con la que no cuentan todas las personas, y cómo aportamos desde ahí al cambio cultural, dejando a un lado los academicismos y las falsas pretensiones. Hablando el mismo lenguaje de quienes día a día reproducen la discriminación o son víctimas de ella.

Nuestro privilegio es, también, formar parte de un círculo que conoce y dialoga sobre derechos humanos, que entiende y analiza la discriminación, y que se preocupa por combatirla. Desde ahí, la responsabilidad es voltear la mirada hacia todas las personas y lugares que existen y persisten fuera de ese círculo: a las personas servidoras públicas que se quejan del vagón rosa, a quienes ven en las personas migrantes o en las poblaciones callejeras una amenaza, a quienes se expresan despectivamente –en situaciones sociales cotidianas y mediante claras alusiones a las poblaciones LGBT— de sus contrapartes hombres que muestran vulnerabilidades o gustos diferentes, a quienes diario cambian de acera por miedo a la otredad…

Ojalá la tarea del Copred sea, siempre, de y para todas las personas. Ojalá un día ya no sea necesaria. Ante la desigualdad y el odio imparables, hoy no sólo sigue siendo indispensable; ante contextos adversos internos y externos, es también encomiable. Hacen falta muchos argumentos para probar lo contrario.