Contra lo normal: discriminación anti-LGBT+ en México

blogeditor · 27 de septiembre de 2022

Dedico este texto a mis camarades de la comunidad Trans.

Ni un paso atrás en sus derechos humanos.

 

Existimos. Hoy gracias a la Encuesta Nacional sobre Diversidad Sexual y de Género (ENDISEG) 2021 levantada por el Instituto Nacional de Estadística y Geografía (INEGI), sabemos cuántos somos. Soy parte de los 4.6 millones (4.8 % de la población nacional) de personas mexicanas que tenemos una orientación sexual diferente a la heterosexual. Y comparto mi país con más de 900 mil personas trans o no binarias. Una buena noticia es el avance de las percepciones nacionales sobre la población LGBT+ (Lesbiana, Gay, Bisexual, Transexual y más): más de la mitad de la población está de acuerdo con que podemos casarnos y mostrar nuestro afecto en público. Y 43 % está de acuerdo que podamos adoptar.

Sin embargo, hay muchas situaciones por las que no se puede ser optimista. Aún seguimos experimentando diferentes facetas de discriminación. Más allá de cómo somos presentados en medios, usados en debates por políticos de derechas, o agredidos en las calles (78 muertes violentas de personas LGBT+ en 2021, según Letra S), quería ver los datos de ENDISEG sobre discriminación en nuestros espacios vitales: la familia, el trabajo, la clínica y el banco. Les presento algunas estadísticas descriptivas de la encuesta.

Primero, contrario a la idea de que la familia siempre es un espacio seguro, las personas LGBT+ vivimos acoso por nuestras identidades en nuestras casas. Por ejemplo, padres que buscan que nos sometamos a terapias de conversión. En la tabla 1 ustedes pueden ver que las personas queer, transgénero, y los hombres homosexuales somos frecuentemente sometidos a estas presiones de nuestros propios familiares.

Luego, nuestros hogares son lugares hostiles. Según la tabla 2, más del 60 % de la población transgénero fue agredida en sus hogares de alguna forma, seguidos por la población no-binaria queer y luego los hombres homosexuales. La discriminación familiar es clave en la trayectoria de vida de la población LGBT+ porque aquí inician las trampas de pobreza, ya que varios son expulsados o escaparon de sus hogares por amenazas de violencia.

Las consecuencias en salud pública mental para la población LGBT+ son evidentes según se puede ver en la tabla 3. Más del 67 % de las personas de género fluido, queer y bisexuales han pensado alguna vez en el suicido. De hecho, todas las poblaciones LGBT+ con excepción de las mujeres homosexuales presentan pensamientos suicidas en su vida por encima del promedio de las personas heterosexuales en México.

Y seguimos experimentando barreras en acceso a diversos servicios públicos y privados. En la tabla 4 vemos que la población no-binaria y bisexual sufre de una alta carga de discriminación en atención médica y acceso a medicamentos. Esto ilustra la gravedad de la falta de medicamentos antirretrovirales, de testosterona, y provisión de salud mental en el servicio público dada la austeridad que estamos pasando en México.

 

En la tabla 5 podemos ver cómo la población no-binaria, bisexual, transgénero y hombres homosexuales sufrimos más de discriminación laboral. La inseguridad laboral nos impone trabajos precarios debajo de nuestros niveles de estudio, e incluso a aceptar salarios peores que nuestras contrapartes heterosexuales o personas que tienen en género con el que nacieron (cis). Lo mismo sucede en lo financiero, las poblaciones LGBT+ están siendo negadas de hogares o ingresos necesarios para vivir según la tabla 6.

¿Cómo se transmite la discriminación contra la población LGBT+ en estos espacios? Mi hipótesis central es que hay un “castigo” cuando las personas LGBT+ se presentan en público con sus familias, jefes y médicos (sus nombres, su vestimenta, -esto es conocido como comportamiento de género). Esto pasa porque hay una percepción conservadora en segmentos de la población de que el comportamiento de género no conforme con la heterosexualidad cis es una transgresión del género. En particular, el género asignado al nacer para las personas transexuales. En el caso de las personas bisexuales porque se les castiga por ser ambivalentes o ser inexistentes. Esencialmente, la discriminación (negar derechos por razones de identidad) proviene de la violación de lo “normal”.

Por eso el orgullo LGBT+ es necesario, urgente, y claramente tiene que transgredir la idea social cristiana de lo normal. En lugar de una simple adaptación a los cánones de lo normal de algunas poblaciones homosexuales al capitalismo y a la sociabilidad católica, nuestra expresión disruptiva del género es una forma de solidaridad con las personas no-binarias, transexuales, pansexuales y bisexuales: si ninguno de nosotros es “normal”, pero vivimos en la misma comunidad con los cis – heterosexuales en paz, elles también pueden, deben y merecen vivir en paz. Y esa paz es vivir con derechos.

Recuerdo cuando vi la película Milk en 2008 (sobre la vida del activista gay Harvey Milk en San Francisco, Estados Unidos, en los años 70). En una de las escenas más inspiradoras, las personas activistas se comprometían salir del closet con el solo propósito de hacerle ver a las personas cis heterosexuales de la ciudad que había gente LGBT+ en San Francisco. Cada salida del closet es un acto de pequeño heroísmo contra la idea de lo “normal” que consigo lleva violencia. Contra la idea de lo normal, debe venir la idea de la comunidad. Quienes nos usan en sus guerras culturales (y dicen que nuestros derechos son secundarios) no entienden que de nuestra identidad dependen nuestros derechos económicos y sociales. Que el patriarcado es más antiguo que el capitalismo. Que se abra esa puerta, decía Carlos Monsiváis, cada arcoíris, beso y maquillaje usado. Los que la abrimos debemos ayudar a quienes no han salido. Por eso, como nos dicen nuestras amigas las feministas, en esto también lo personal es político.