Contra la ‘Verosimilidá’

blogeditor · 28 de febrero de 2011

Contra la ‘Verosimilidá’

Una simple ocurrencia, repetida hasta la saciedad, se vuelve dogma irrefutable si las circunstancias –y los medios- lo permiten.

Las zapatillas o tenis milagrosos que se anuncian en la televisión, están hechos para ofrecer resultados inmediatos. Pastillas o pomadas pueden modular la figura, sin esfuerzo alguno. Inútil y hasta redundante, hacer ejercicio: los resultados de la aplicación de ungüentos mágicos son garantizados, o la devolución de su dinero. De no ser ciertas estas afirmaciones, no estarían anunciándose bloques enteros de infomerciales, en distintas horas. Ya se atisba la tierra prometida y se obtendrán los resultados deseados en todas las guerras declaradas por nuestras autoridades. Con seis mil pesos mensuales se vive muy bien.

El método óptimo de conservación del medio ambiente, es mediante la destrucción sistemática de áreas verdes para habilitar carreteras que se demuelen en otras ciudades del mundo pues allá afuera no comparten la sabiduría de los políticos-empresarios nacionales. Hablar de ‘comida chatarra’ es erróneo, sostiene el titular de la Secretaría de Salud. Los niños no van a engordar en las escuelas, y vamos a resolver el sobrepeso y obesidad dotándolos con porciones más chicas de la basura que ya coloca a México en los primeros lugares en estos dos rubros (y que estará diseñada precisamente para que los niños la consuman, hasta con marcas de garantía, y compromisos ‘socialmente responsables’). Los datos duros y contundentes que obligarían a tomar medidas severas en otras latitudes, simplemente no son aplicables en esta tierra.

Menos, cuando las elecciones llaman a la puerta. El sindicato de maestros es democrático: no está capturada la SEP, ni se ve afectada negativamente la calidad de la educación. Las influencias perniciosas sólo existen en la mente enfebrecida de los detractores de siempre. Los discursos y buenos deseos son suficientes para llegar el barco del Estado a buen puerto. El imperativo categórico debe ser ‘echarle ganas’, y esperar tiempos mejores porque el horno político no está para bollos. Conformémonos con los logros incipientes: ya habrá oportunidades de seguir perfeccionando nuestras instituciones en algunos años, o décadas. No hay que hacer olas, porque la patria es primero.

Los monopolios están prohibidos en la Constitución (salvo en intocables áreas estratégicas), pero por lo pronto no puede hacerse nada para limitar sus grotescos -y muy redituables- excesos. Sus dueños son grandes capitanes de la industria y el comercio. Generan muchos empleos. Además, sus dueños son orgullosamente mexicanos. Más vale que nos fastidien ellos, y no los extranjeros.

Estas ideas y creencias, inherentes al pensamiento mágico, son las que presuponen una realidad paralela en donde los intereses de la sociedad juegan papeles muy secundarios. Por no decir irrelevantes.

Para entenderlas a cabalidad, quizá habría que incorporar a nuestros procesos mentales nuevas categorías epistémicas. Arriesgar la ira de nuestra ortodoxia, siempre dispuesta a anatemizar ideas novedosas o conceptos extráneos. Habría también que precisar su origen eminentemente satírico en aquellos lugares que las vieron nacer, y que aquí tomaríamos muy en serio.

Stephen Colbert ha hecho de la comedia política,  junto con Jon Stewart, una piedra de toque y referente obligado desde hace varios años en los Estados Unidos. Navegó con éxito las procelosas aguas de la gestión de Bush hijo, ganándose a pulso una autoridad moral que despilfarraron los medios convencionales; todos los que, casi sin excepción, cayeron en la trampa de volverse portavoces del gobierno americano, en su fase más xenófoba y belicosa. Una voluntad necia, que inventó y divulgó el trágico cuento de las armas de destrucción masiva en Irak, o los inexistentes vínculos con Al Qaeda y supuestos planes de desarrollo nuclear de Saddam Hussein. Una realidad alterna que se impuso al sentido común de los iconoclastas que (como los dos comediantes de marras), opusieron su verdad a los embustes oficiales.

Ante la vacuidad oracular de la gran mayoría de los comunicadores convencionales, se yergue el ejemplo de Colbert y Stewart. Para conocer la verdad de las mentiras, millones de televidentes y lectores depositan su confianza en ellos. Paradójicamente, su comicidad a contracorriente anula las distorsiones fabricadas por un sector de la prensa cortesana, cuyo emblema más acabado es Fox News y su remedo de objetividad al servicio de uno de los amos de las telecomunicaciones: el robber baron australo-inglés-americano Rupert Murdoch.

Para ponerle nombre y abarcar esta perniciosa forma de percibir el entorno, Colbert acuñó (o más bien: volvió a poner en circulación), un término aplicable a lo que sucede en México en estos días.

El vocablo ‘Truthiness’: facsímil de la certidumbre que se intuye nada más con la entraña, y que no tiene por qué procesar el tamiz de la mente (ésa se merece nuestra eterna desconfianza), ya forma parte del léxico anglosajón, junto a ‘google y ‘d’oh!

En virtud de la situación en la que nos encontramos, y procurando guardar las proporciones, propongo bautizar -en ausencia de un término equivalente: sin ardides extranjerizantes- a este neologismo como se merece.

Nombrémosla ‘Verosimilidá’. Humilde aproximación al aporte que México puede dar a una categoría alterna del conocimiento y la propaganda. Aquí prosperan versiones bastante aventajadas de Murdoch, o Berlusconi.

Lo hago con la expectativa de que sigamos combatiendo su prevalencia entrecomillada y  postiza de los infomerciales, o de los montajes que nos obsequian autoridades y empresas en horario triple A, o cuando la regulación de utilería se los permite. Cada una de sus producciones, tan cuidadas y bizantinas como las de los vecinos del norte. Pero en versión subrogada, con sello de origen y pretensiones de excepcionalidad autóctona y totalizante.

En eso estriba, aquí y ahora, el valor de las redes sociales y medios alternos. Para seguir ventilando estas cuestiones, ajenas a la Nomenklatura y sus dueños aparentes: celosos de su poder. Alérgicos a la discusión, y el verdadero debate. Resistentes a cambios inaplazables y necesarios.

Contra el compendio de recetas ‘de mentiritas’, el único remedio es la verdad.