blogeditor · 18 de enero de 2022
Los prejuicios que giran alrededor del uso de sustancias psicoactivas han dado cabida a un sinfín de falsas dicotomías que se utilizan para catalogar sus efectos, pero no precisamente desde la evidencia científica, sino desde una especie de superioridad moral.
Natural vs sintético; peligroso vs inofensivo; drogas duras vs drogas blandas son algunos de los conceptos contrapuestos que pretenden jerarquizar, en primera instancia, a las sustancias, pero que terminan impactando inevitablemente tanto en las leyes como en las políticas públicas y, por lo tanto, en la vida de las personas usuarias.
El discurso excepcionalista en términos de drogas afirma la existencia de sustancias que son intrínsecamente menos dañinas, adictivas, e incluso “mejores” que otras. La cannabis, los hongos psilocibes, la ayahuasca, el peyote constituyen, según esta lógica, drogas “más amigables” en comparación con aquellas que han sido rechazadas por ser “diseñadas en un laboratorio”.
El excepcionalismo viene acompañado de un amplio espectro; el cannábico y el psicodélico son los más populares. El primero, por ejemplo, Betty Aldworth anteriormente de Students for Sensible Drug Policy, lo cataloga como una actitud común entre algunas personas que consumen cannabis, la cual posiciona a la planta como esencial y categóricamente distinta a otros tipos de drogas. Esto, por un lado, refuerza el estigma hacia personas usuarias que no consumen mariguana y, por el otro, rechaza la posibilidad de que ésta pueda generar algún uso problemático o dependencia.
Cuando hablamos de excepcionalismo psicodélico, y si tomamos en cuenta el auge mediático que han mostrado los tratamientos con microdosis o macrodosis acompañados de psicoterapia para atender cuestiones relacionadas a la salud mental, también nos encontramos con diversos estudios que apuntan a su efectividad para tratar la dependencia a sustancias legales, como lo son el tabaco y el alcohol.
Que estén disponibles alternativas emergentes representa una excelente noticia, sin embargo, esto puede traer consigo una doble intención, y pretender minimizar otras estrategias de reducción de riesgos y daños, como los cigarrillos electrónicos en el caso de las personas usuarias de nicotina. De igual forma, tampoco se trata de utilizar estos estudios para desacreditar los antidepresivos, ansiolíticos y antipsicóticos convencionales. Dichas comparaciones no abonan lo suficiente ni tienen un impacto real si no se toman en cuenta los contextos particulares. Queremos facilitar el acceso a más opciones, no limitarlo.
En el caso de Estados Unidos, varias personas que votaron a favor de la despenalización de la psilocibina y la regulación de cannabis en sus respectivos estados, argumentaron que lo hicieron en defensa de las propiedades medicinales y “naturales” de cada sustancia. Esto, a pesar de ser válido y necesario, confirma que sigue siendo un tabú consumir una sustancia por el mero placer de hacerlo, y desvía la atención de los verdaderos problemas a erradicar: la guerra contra las drogas y la criminalización. Además, recordemos que las salas de consumo tienen el objetivo de generar un espacio seguro para utilizar cualquier sustancia bajo supervisión médica.
Asimismo, el excepcionalismo está presente en las mismas drogas sintéticas. Es bastante común que se apele a su “pureza” y “limpieza” más desde una óptica elitista, que farmacológica. El Dr. Carl Hart, autor del libro Drug Use for Grown-Ups: Chasing Liberty in the Land of Fear, ejemplifica esta afirmación en el trato que se le ha dado a las personas usuarias de MDMA vs personas usuarias de metanfetaminas. Pese a sus grandes similitudes químicas, a la segunda se le ha asignado la capacidad de corromper, atentar contra el orden y generar violencia.
Algo similar sucede en el caso de la cocaína vs crack; si bien ninguna de estas sustancias dispone de aceptación en términos generales, la primera hace referencia al consumo dentro de las clases altas, mientras que la segunda se asocia con poblaciones racializadas y empobrecidas, lo que se traduce en mayor punitivismo, penal y social.
Es momento de preguntarnos qué tan eficaz ha sido trazar estas líneas arbitrarias. Por supuesto que es útil clasificar las drogas según sus efectos, componentes y la forma en que interactúan con los receptores de nuestro cerebro, pero no podemos recurrir al método simplista de dividirlas entre “buenas” y “malas”. Moralizar y juzgarlas según su composición química y farmacológica es un falso dilema, cualquier droga puede ser benéfica o perjudicial dependiendo del contexto, la dosis y la persona que consume. El uso responsable no distingue sustancias.
No olvides responder la Encuesta Global de Drogas para generar un análisis más preciso con mejores datos, ¡es totalmente confidencial!
* Romina Vázquez estudió Derechos Humanos y Gestión de Paz en el Claustro de Sor Juana. Es coordinadora en el Instituto RIA e investiga sobre centros de reclusión, paz y política de drogas.