Redacción Animal Político · 2 de abril de 2025
Los pujantes intentos por mostrar la verdad detrás de lo que consumimos ha ocasionado que diversos sectores demuestren interés por garantizar que en las cadenas de producción haya bienestar animal. Dicho interés se refleja en esfuerzos de instituciones educativas, organismos gubernamentales y organizaciones privadas por desarrollar prácticas más éticas en el manejo de animales, en producción alimentaria o de conocimiento.
Desde la bioética (rama que estudia cuestiones filosóficas, sociales y legales que surgen en las ciencias de la vida) podemos decir que vamos hacia una experimentación y alimentación libres de sufrimiento animal. Sin embargo, aún hay resistencia a cuestionar tradiciones y costumbres que dañan a los animales. Quisiera ilustrar este último punto con la tauromaquia o las peleas de animales. En nuestro país, el entretenimiento con animales —causándoles la muerte en muchos casos— se encuentra bajo una dicotomía discursiva: seguir con esas tradiciones o practicar el respeto hacia otras especies. Es un “estira y afloja” que lleva mucho tiempo.
Hace ya un año que en la Ciudad de México la Suprema Corte revocó una suspensión que impedía realizar corridas de toros. El domingo 28 de enero de 2024, en medio de protestas de activistas que pedían la cancelación definitiva del evento, la Plaza de Toros (oficialmente nombrada Plaza México) mostró una toma aérea de la arena con un arreglo de letras blancas que decía “Libertad”. Sería pertinente preguntarnos: ¿libertad para quién? ¿Para los espectadores o para el hiperestimulado toro, aturdido por los gritos de casi 50 mil Homo sapiens sapiens que abarrotaron aquella plaza?
Para Mary Midgley, filósofa inglesa y especialista en ética, el problema con ese manifiesto de libertad iniciaría desde que no nos percibimos horizontalizados con aquel toro atrincherado en el anfiteatro. En su libro Beast and Man, Midgley —refiriéndose a los seres humanos— abre con la premisa “No somos simplemente ‘como’ animales; somos animales”. Aunque para muchos esta sentencia biológica represente una afrenta, la frase ayuda a entender nuestro pensamiento moral y cómo lo configuramos. Sí, somos animales sociales encarnados e insertos en un mundo moralmente complejo, plagado de valores y afirmaciones conflictivas. Pero también compartimos un contexto social y ecológico con multitud de animales no humanos. Muchas veces perdemos esto de vista.
Para entender cómo nos relacionamos a nombre de nuestra especie con otras formas de vida podemos valernos de algunas alegorías como la de un bote salvavidas, donde —real o metafóricamente— se rescata al mayor número de víctimas. Si los animales (o nuestro concepto de ellos) fuesen la víctima potencial, ¿qué hacemos? ¿Los dejamos subir al bote? ¿Los condenamos al ahogamiento? En general —y para gran parte de la tradición filosófica occidental—, los humanos no expulsamos a los animales de nuestro bote salvavidas, pero sí los hemos marginado hasta el extremo inferior de ese espectro moral.
Hagamos un balance. Dichas posiciones, si bien no se encuentran al extremo del rechazo absoluto —al estilo de Descartes o Spinoza, quienes veían a los animales como funcionalmente equivalentes a máquinas y sin ninguna importancia moral especial—, descuidan la compasión y las relaciones que como humanos somos capaces de tener y que a menudo tenemos hacia los demás, incluidas otras especies. Todavía es prematuro hablar de una victoria en la dignificación para el resto de los animales.
En un contexto mexicano, cuando se habla de sanciones al maltrato animal, quizá la imagen evocada más comúnmente sea la de un perro abandonado o un caballo tirando de una calandria. Pocos pensarán en un toro en la plaza o en dos gallos enfrentándose mientras los rodea una multitud enardecida, muchas veces con infancias entre los espectadores. Tal diferencia en la percepción responde a creencias profundamente arraigadas, no sólo en nuestro país. Si hay un concepto clave para entenderlo es el especismo: la idea de que los humanos son superiores a otras especies y que al interior de esta jerarquía algunas merecen mayor consideración que otras.
Al hacer un repaso histórico veremos que el especismo no sólo ha servido para justificar tradiciones opresivas en distintos lugares del mundo, sino que, en un sentido más amplio, ha legitimado la destrucción del medio ambiente y la extinción de innumerables especies. Esta visión ha permitido que prácticas como la tauromaquia o las peleas de animales sean consideradas un patrimonio cultural antes que expresiones de una violencia exacerbada hacia lo no humano.
Es evidente que la discusión en torno a las prácticas de entretenimiento con animales se encuentra atravesada por múltiples intereses. El pasado 15 de febrero, por ejemplo, se celebró una corrida de aniversario mientras el Congreso de la Ciudad de México sigue postergando la discusión sobre su prohibición. Ahora se plantea someter el tema a consulta con pueblos originarios, barrios y sectores que lucran con dichos espectáculos. Pero es importante recordar que los derechos no deberían depender de una votación, y que la Constitución federal ya prohíbe el maltrato animal.
En la ciudadanía, cuando se debate la abolición de espectáculos que infligen sufrimiento a otros animales, no es raro encontrar argumentos que apelen a la tradición como justificación. Algunos defensores sostienen que estas costumbres forman parte de su identidad cultural y que quienes no pertenecen a su demarcación geográfica no tienen derecho a opinar al respecto. Sin embargo, en un país tan variopinto como México, estos razonamientos resultan sesgados y engañosos. Tan sólo la tauromaquia tiene su origen en España, mientras que las peleas de perros y gallos se remontan al Imperio Romano y a China, respectivamente.
De acuerdo con un artículo de Carlos Arturo Giordano Sánchez Verín, doctor en historia, la ganadería, como la conocemos, llegó a México con la colonización. En la época prehispánica, la cría de animales se sostenía principalmente con el guajolote, el xoloitzcuintle, la grana cochinilla y especies apícolas. No figuraba el ganado menor ni mayor. Por lo tanto, prácticas como las corridas de toros, novilladas, becerradas, rejoneo y peleas de gallos no formaban parte de la cotidianidad de los pueblos originarios ni son tradiciones milenarias de estos.
Preservar la cultura no significa validar costumbres heredadas sin cuestionarlas. Incluso si nos encontráramos en los territorios donde estas prácticas surgieron, la filósofa Mary Midgley argumenta que las tradiciones opresivas pueden ser sometidas a un escrutinio moral y ético, hasta por personas externas a dichas culturas. 1
Los animales, al poseer estatus moral, no pueden ser dañados sin una razón justificable. Elaboremos esta parte. Atribuir estatus moral a una entidad equivale a afirmar que ésta tiene valor moral inherente, es decir, que merece consideración de manera independiente de cómo otros puedan pensar acerca de su valor. Si bien es posible hablar de grados de estatus moral, la sola posesión de tal estatus permite establecer un estándar mínimo de obligaciones en favor de quienes lo poseen: no hacerles daño de manera injustificada o tomar sus demandas en consideración desde un punto de vista moral y ético.
Los criterios para la atribución de estatus moral son diversos y se basan en la posesión de determinada propiedad (como la sintiencia o la racionalidad) o cierta combinación de otras. La sintiencia —grosso modo, la capacidad de sentir de un ser vivo— constituye la propiedad más aceptada como umbral mínimo para estatus moral, por cuanto permite demarcar aquellas entidades capaces de experimentar por sí mismas sus padecimientos y afectarse directamente por ellos. La evidencia científica es clara al respecto: muchos animales no humanos pueden sentir dolor y hasta experimentar emociones. Diversos estudios han demostrado que tanto los vertebrados como algunos invertebrados presentan respuestas complejas al dolor, que van más allá de un simple reflejo ante estímulos nocivos.
Mamíferos, peces y otras especies poseen nociceptores —receptores sensoriales que detectan estímulos dolorosos o potencialmente dañinos para el cuerpo— similares a los humanos. Además, experimentan cambios fisiológicos y conductuales en respuesta al dolor, como alteraciones en la actividad cerebral y conductas que pueden mitigarse con analgésicos. El sufrimiento animal, por tanto, no es una mera reacción mecánica, sino una experiencia real que debemos considerar.
Nuestra relación con otras especies está determinada por el estatus que les atribuimos. Si reconocemos a los animales como entidades con un valor intrínseco, debemos modificar la manera en que interactuamos con ellos, lo que implicaría cuestionar no sólo lo que comemos o vestimos, sino también aquello que nos entretiene. ¿Por qué encontramos diversión en el dolor y por qué habríamos de legar esa creencia a las generaciones venideras?
Las culturas evolucionan y, ciertamente, pueden hacerlo hacia prácticas libres de crueldad. La antigüedad o el arraigo de una costumbre no la convierte en moral o éticamente aceptable. Prácticas como la tauromaquia y las peleas de animales carecen de una justificación válida, especialmente cuando su propósito es meramente recreativo.
El árbol de la vida, ese modelo que nos ubica en un punto diminuto junto a los 2.16 millones de especies descritas —y muchas más por incluir—, nos recuerda que las diferencias entre especies, por profundas que sean, no son barreras absolutas. Son, de hecho, límites permeables que permiten la convivencia y la interacción entre distintas formas de vida.
A lo largo de la historia humana, todas las sociedades han compartido su mundo con los animales. Como señala Mary Midgley, uno de los dones más notables de nuestra especie es precisamente la capacidad de no ignorar a los demás. Podemos hacerlo mejor. Debemos hacerlo mejor.
* Mariana Mastache Maldonado es bióloga y periodista científica. Investiga sobre neurociencias, ambiente, biomedicina y epigenética. Es ganadora del Premio Nacional de Periodismo en Salud 2024 en su categoría universitaria y primer lugar en ensayo del XVIII concurso “Leamos la Ciencia para Todos” del Fondo de Cultura Económica. Entusiasta de las ciudades sostenibles, el arte y la literatura.
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1 El aislacionismo moral es la visión de que nunca podemos entender ninguna cultura excepto la nuestra, por lo que no podemos hacer juicios morales sobre otras culturas. En su ensayo “Trying Out One’s New Sword”, Midgley ofrece varios argumentos diferentes contra el aislacionismo moral.