Contarlo todo

Redacción Animal Político · 18 de agosto de 2023

Quiero contarlo todo cada vez que vengo. He escrito y descrito las veces que me he enamorado y he sido feliz. También he venido a llorar en voz alta cuando estoy destrozada. Tanto la desolación como la alegría me empujan a sentarme frente a la computadora en una especie de confesión. Y, entre salto y salto, siempre vuelvo a la idea de que todo va a estar bien, aunque de momento no lo esté.

He ido y venido. Me he convencido de no volver y he vuelto para quedarme, el tiempo que sea. He crecido y he sido una pendeja, pero jamás me he encogido. Soy enorme y soy pendeja, me gobierno con ambas capacidades y desde ambos polos. He venido a decir una y otra vez que esta vida vale la pena, todas las penas, todas las veces. También he escrito que no le veo sentido alguno y, aun así, me considero una aficionada a rascarme donde me da comezón. Tal vez la curiosidad va más ligada a la vitalidad que los motivos, las razones y los sentidos.

He sido persona, hija, madre, pareja, amiga, he estado sola y acompañada, aquí, frente a todos. Me he aislado mientras me exhibo. Me he equivocado y he acertado. He revelado hasta el último de mis secretos. Dejé aquí mi mirada hacia dentro y hacia afuera, con filtros y sin ellos cuando logro detectarlos a tiempo. Y, de todo lo que me leo, como si yo misma fuese mi propio caso de estudio, lo que responde a mis preguntas es la permanente inquietud de seguir amando y compartiendo. Con errores cada vez más sofisticados, por supuesto, indescifrables todavía.

¿Qué me faltó? ¿Qué me sobró? Me pregunto, pretendiendo que la respuesta se puede contestar en una sesión de terapia, como si descubrir el hilo negro resolviera y deshiciera los nudos que se ataron con los años.

¿No somos iguales? ¿No queremos lo mismo? Yo creo que sí y, en la adultez, después de mucho terreno emocional explorado, aprendemos a amar mejor. Más profundo, más pulcro y con menos pretensiones. Quizá porque hemos aprendido a ser pacientes. Quizá porque hemos entendido que la vida marca el tiempo y el amor marca el ritmo.

A mis 37 años entiendo, aunque a veces lo olvide, que el amor no resuelve nada por sí mismo. Por eso es maravilloso que exista, porque sólo está ahí, sin prometernos nada: con un principio y un final que se trasladan a nuestro cuerpo.

Contrario a lo que deseamos, quien ama, duda: duda de sí, de su prevalencia y de su permanencia. Duda de lo eterno porque tal vez exista, porque tal vez se trate del amor que no promete nada, pero que nos extiende la vida, la gloria, la dicha, el temor (a que termine) y la abundancia. Nos causa preguntas y nos regala la inquietud de las respuestas, aunque no las encontremos. Nos arroja a confesarnos, frente a todos, con nuestra grandeza y pendejez sobre lo más básico que tenemos y sobre lo más complejo, que nos libera.

El amor vive condenado a la circunstancia, al destino, a lo místico, a lo inesperado. A la fortuna y a los infortunios. A nosotros y a los otros. A nuestro cuerpo y sus extensiones. A la manera de descifrarlo, de revelarlo y de contagiarlo.

Quiero contarlo todo, cada vez. Y cada vez que lo hago, termino dándome cuenta de que lo único que llevo en la punta de la lengua, escrito de cualquier manera, es una nueva relación con el amor. Esta, dicho sea de paso, que de adulta me acompaña, no es mía sino una mezcla caleidoscópica de ellas y ellos, que me han roto y reparado el corazón.

¿No es el amor el único momento de nuestra vida donde la felicidad no se trata de rascarse con las propias uñas donde tenemos comezón?

Ilustración del blog de Bárbara Hoyo, Anatomía, que representa la forma de una mujer.

 

@barbarahoyo