Redacción Animal Político · 7 de noviembre de 2025
Actualmente vivimos un momento en la historia en el que las democracias atraviesan una crisis profunda, tanto en el ejercicio institucional como en la confianza ciudadana que las sostiene.
La desinformación inflama la polarización. A su vez, permite que la circulación de narrativas autoritarias basadas en el miedo, el odio o el nacionalismo excluyente desgaste cada vez más los vínculos sociales.
Las crisis en las democracias no son algo nuevo, lo que ha cambiado es que ahora se ha sumado un nuevo espacio de disputa: el entorno digital. En algún momento se pensó como un terreno abierto para la pluralidad; hoy es un campo de batalla donde se confrontan emociones, datos, la verdad y el derecho a expresarse.
¿Es el internet el único espacio posible para librar esta pugna? ¿O se ha conformado como un territorio más, que puede conjugarse con las demandas en las calles, las comunidades y los espacios culturales donde también se disputa el futuro de la democracia?
La tesis es clara: las narrativas importan. Su utilidad va más allá de adornar discursos o campañas; transforman y configuran sentires comunes, fortalecen horizontes colectivos y abren posibilidades democráticas. Por ejemplo, construir el reconocimiento de “trabajadora sexual” con derechos, y dejar atrás el estigma de “puta”, ha requerido años de organización, resistencia y nuevos marcos de comprensión, y aún falta muchísimo. Las narrativas no son neutras: legitiman o cuestionan estructuras de poder, incluyen o excluyen voces, habilitan o restringen vidas.
Una característica de ellas es su capacidad para moldear lo que conocemos como sentido común: aquello que “parece obvio” en una sociedad o comunidad. Disputar el sentido común es un ejercicio democrático, porque implica abrir caminos hacia lo adverso y abrir espacio a la diversidad. Implica cuestionar lo que ya está naturalizado y crear marcos de entendimiento común que legitimen procesos participativos.
Las narrativas son, además, herramientas colectivas. Nos recuerdan que no hay héroes que vengan a salvarnos, ni soluciones fáciles, sino procesos comunitarios que se tejen con múltiples voces. En ese tejido se construyen horizontes comunes, identidades colectivas e imaginarios políticos que sostienen la vida democrática.
Otro aspecto fundamental de las narrativas es su potencia para generar empatía. Pueden conectar a grupos sociales diversos, que en la vida cotidiana suelen ser antagonistas, y fomentar procesos participativos que abren un terreno compartido para la acción. Por eso, más que contranarrativas necesitamos narrativas colaborativas, pensadas como bienes públicos. Relatos que no buscan destruir, sino ofrecer información útil, persuadir para permitir la abertura a otros horizontes y la toma de decisiones ciudadanas.
Aquí surge una tensión fundamental: ¿cómo distinguir información confiable sin generar nuevas formas de exclusión? La curaduría de narrativas no debería ser un ejercicio vertical donde algunos deciden qué es válido y qué no. Es necesario construir criterios colectivos, transparentes y situados que reconozcan la diversidad de saberes y experiencias.
Para instalar nuevas narrativas o transformar las existentes, se requiere ordenar algunos elementos comunicacionales que pongan principalmente a las audiencias y sus realidades al centro. Conocerlas va más allá de saber su edad, profesión o intereses. Implica también conocer sus preocupaciones cotidianas, sus aspiraciones colectivas y los códigos culturales que dan sentido a su experiencia y sentido común. Se trata de identificar los valores compartidos que nos conectan más allá de las diferencias políticas o ideológicas y de abrir puentes más allá de esas fronteras.
La elección de mensajerxs adecuados es clave para que esos valores se pongan en marcha. Y no hablamos únicamente de figuras públicas reconocidas, sino de una pluralidad de voces que emergen desde las comunidades: líderes vecinales, educadorxs, trabajadorxs, jóvenes activistas que encarnan los valores democráticos en su práctica diaria. En México, por ejemplo, colectivas como Todxs por el Agua, en Ecatepec, o Las Borders (Aborteras Feministas Fronterizas), en Baja California, construyen narrativas que resignifican la acción política desde el cuidado y la autonomía.
Lo hacen creando relatos que vinculan el territorio con los cuerpos, y la defensa de derechos con la imaginación colectiva.
Las estrategias del relato y las narrativas transmedia han sido históricamente utilizadas por los poderes dominantes. Por eso, es importante apropiarse de estas herramientas para construir otras narrativas transformadoras. En “La comunicación y la movilización social en la construcción de bienes públicos”, de Bernardo Toro y Martha Rodríguez, se presenta un concepto muy relevante para este punto: los reeditores, a quienes definen como “una persona que tiene un público, o un conjunto de personas frente a las cuales tiene credibilidad y legitimidad para proponer y modificar acciones y mensajes”.
En el documento mencionan que “el secreto (la clave) para lograr una movilización exitosa es poder identificar el conjunto de “reeditores” que pueden movilizar y comprometer a las personas que se requieren para lograr los propósitos establecidos. Una reforma social ocurre cuando se logra afectar la vida cotidiana de la sociedad”.
Los formatos deben diversificarse estratégicamente, combinando múltiples lenguajes que dialoguen con la diversidad de nuestras sociedades. Los formatos digitales permiten interactividad, viralización y construcción colectiva en tiempo real, mientras que los analógicos mantienen la cercanía territorial y la construcción de confianzas cara a cara. Desde podcasts comunitarios hasta murales participativos, desde campañas en redes sociales hasta asambleas barriales.
Tejer alianzas entre colectivos, medios independientes, creadorxs de contenidos y espacios culturales permite construir ecosistemas narrativos que desafían el statu quo, a los monopolios informativos y disputan el sentido común para instalarse de forma sostenida. En México, por ejemplo, desde el Laboratorio de Narrativas Corrientes, más de 25 organizaciones mexicanas han tejido puentes entre movimientos feministas, ambientalistas, de pueblos originarios y defensores de derechos humanos, disputando el sentido común desde múltiples frentes.
La efectividad de estas estrategias radica en su capacidad de generar procesos participativos donde las comunidades no solo consuman narrativas, sino que las coconstruyan, las adapten a sus contextos específicos y las conviertan en herramientas propias de transformación social.
Las democracias que estamos construyendo nos invitan a poner al centro otros relatos posibles, a ir más allá de lo binario y de la polarización. En ese sentido, las narrativas colaborativas nos permiten sostener las diferencias sin convertirlas en trincheras, y así encontrar valores compartidos sin borrar las particularidades.
* Texto coescrito y editado por Milena Pafundi, Elena Rojas Parra, Pablo Baños y Camilo Velásquez.