Espacios cerrados, un aire muy peligroso de respirar

Redacción Animal Político · 29 de enero de 2024

El olor es asfixiante: una potente mezcla de químicos flota en el aire, persistente. Pero el personal del gimnasio es categórico, no podemos abrir las ventanas.

Los muros están tapizados de carteles brillantes con caritas felices que anuncian que están renovando para nuestra comodidad. Mensajes que blindan contra nuestra presente realidad: por el momento hay que soportar todas las incomodidades.

Empieza la clase y recibimos la primera oleada de olores comúnmente categorizados como agradables, destinados a contrarrestar aquellos otros. Pero no nos engañemos, todos entran dentro de la categoría de peligrosos. La diferencia es que el olor ha cambiado, ahora flota un penetrante aroma a vainilla y lavanda artificial. Casi puedo ver los colores.

Mientras sudamos, jadeamos, desfallecemos, se va gestando una batalla de químicos sobre nuestras cabezas. Revolotean, se mezclan, se activan y terminan por formar un flujo continuo y desenfrenado que se mete por nuestras narices y bocas ávidas de aire, acelerado por el ejercicio y nuestro creciente ritmo cardíaco y respiratorio. La lucha se vuelve íntima, nuestras barreras internas tratan de hacerle frente a este flujo de material desconocido y, pronto, son superadas por la avasalladora cantidad. Terminamos la clase sintiéndonos triunfantes por haber llevado nuestros cuerpos a límites insospechados, pero hay una batalla interna, más sutil, que ya se perdió.

Hay datos detrás de estas imágenes. A nivel global, son 13 las personas que mueren por minuto por aire tóxico inhalado; por año, terminan siendo 6.7 millones. De estas, la mitad muere por aire que respiró en espacios cerrados. La contaminación del aire es el cuarto factor de riesgo más importante. Las partículas finas son los contaminantes atmosféricos más dañinos para la salud, entre más finas, más profundo trasgreden, trastocan nuestros organismos.

La mayoría de las grandes ciudades tienen estaciones de monitoreo que arrojan datos sobre el aire que respiramos. Sabemos que a partir de cierto nivel se activan las contingencias ambientales. Las categorías rojas, “MUY MALA”, y moradas, “EXTREMADAMENTE MALA”, restringen momentáneamente nuestra libertad de circulación y le ponen un alto a nuestras ambiciones deportistas. Pero las acatamos pues sabemos que son por un bien mayor, el de proteger nuestra salud. Todavía de acuerdo con las consignas de los gobiernos, reducir nuestra exposición a contaminantes se logra, muy literalmente, encerrándonos dentro de casa: se anuncia la cancelación de torneos al aire libre, partidos de fútbol, recreos en escuelas. En otras palabras, hay un entendimiento de que los espacios cerrados son sinónimo de mejor calidad del aire.

En la Ciudad de México, las contingencias se activan cuando se rebasa, en promedio diario, concentraciones de 214 ug.m3 de partículas menores a 10 micrómetros, las PM10 -aunque los impactos fuertes a la salud se empiezan a sentir con 155 ug.m3 y cuando se rebasan 97.4 ug.m3 de partículas ultrafinas, PM2.5 – 79 ug.m3 es ya un aire muy peligroso de respirar-. Para dimensionar, la OMS recomienda concentraciones anuales de PM2.5 que no rebasen 5 ug.m3 y 15 ug.m3 de promedio diario. En la CDMX, la concentración promedio anual de PM2.5 es de 23 ug.m3, es decir, cinco veces más de lo que recomienda la OMS.

En espacios cerrados como restaurantes, gimnasios y casas, es decir, lugares donde pasamos 80 % de nuestro tiempo, no tenemos ni idea de lo que estamos respirando. También son espacios en donde tenemos más control sobre el aire que inhalamos.

Tengo un microsensor de calidad del aire que me permite medir las concentraciones de partículas finas, PM2.5, en interior; para mi intranquilidad lo llevo a todos los lugares a los que voy.

En la mañana, en mi casa, las PM2.5 fluctúan normalmente entre 10 y 20 ug.m3: concentraciones aceptables, aunque rebasen las recomendaciones de la OMS. Son también más bajas que las concentraciones en exterior, que mido con un sensor apostado a mi ventana: las PM2.5 suelen variar entre 20 y 30 ug.m3 en un día normal, poco contaminado.

Vivir mi casa implica una coreografía bien orquestada y perfeccionada para mantener estas idóneas concentraciones mañaneras. Cerrar ventanas cuando hay picos de tráfico en mi calle. Abrirlas cuando cocino, pongo incienso, fuman, limpian. Prender filtros de aire. Apagarlos. Y es que vivir la casa es un riesgo: el pad thai me valió 100 ug.m3 de PM2.5, palomitas olvidadas en el sartén costó más caro, 1,691 ug.m3 6 o lo que es lo mismo, contingencia ambiental decretada, valores 112 veces por arriba de lo recomendado por la OMS. Según un estudio científico publicado en 2022, las concentraciones que alcanzamos al cocinar dependen del tipo de estufa, del combustible -electricidad, gas natural, gas LP, carbón o leña-, de los ingredientes y aceites, del modo de preparación de los alimentos, del tiempo y de la temperatura. Cocinar con leña genera diez veces más emisiones que cocinar con gas LP; utilizar aceite de oliva o de coco produce menos PM2.5 que otro tipo de aceites, aunque esto depende y varía según las temperaturas alcanzadas; freír es el tipo de cocción que emite más partículas y especialmente si es comida procesada.

Hacer una fiesta es también habitar el riesgo. Fumar y cerrar ventanas para evitar quejas de vecinos resulta ser un combo explosivo que se traduce en una ALERTA, ALERTA, AIRE TÓXICO, SERIOS RIESGOS PARA EL CORAZÓN Y PULMONES DE CUALQUIER PERSONA. En la noche el microsensor brilla lúgubremente arrojando concentraciones de hasta 300 ug.m3 de PM2.5.

La neblina de magnesia que flota en el aire los días de cupo lleno en los estudios de escalada deja presagiar lo peor. Los ventiladores se mueven indolentemente, tan solo cumpliendo la perezosa función de revolver un poco más el tibio ambiente al que se mezcla el delicado aroma de la carne frita de los tacos de la esquina. Ahí se rebasa por más de 20 veces las recomendaciones de la OMS para PM2.5. Una contingencia ambiental permanente si estuviéramos en exterior, prohibido categóricamente hacer ejercicio. En interior no pasa nada: no medimos, no sabemos, nada tememos. Y no se hace nada para bajar las concentraciones. Artículos científicos arrojan que en la escalada se pueden alcanzar concentraciones de entre 1,000 a 4,000 ug.m3 de PM10 en periodos de alta actividad, mientras que las PM2.5, las más dañinas para la salud, pueden alcanzar hasta 500 ug.m3..  

Respirar peligro no significa que hay que encerrarse en casa para respirar mejor. Ciertos gestos, sencillos, hacen toda la diferencia. Tener un microsensor ayuda a identificar más rápidamente las fuentes de contaminantes, detectar los comportamientos de riesgo. Pero aún en su ausencia hay mecanismos que nunca fallan: airear los espacios al cocinar evita alcanzar altos niveles de contaminación y mejora rápidamente la calidad del aire; los extractores de humo en cocinas o filtros de aire son aún más eficaces. Hay concentraciones altas que por el momento, sin regulación, no podremos evitar en espacios públicos, restaurantes, gimnasios. Aunque sea preocupante, -y aún más si somos población categorizada como sensible o vulnerable- el riesgo no es altísimo si nos aseguramos de que la mayor parte del día respiramos un aire de mejor calidad: es la acumulación a largo plazo la que conlleva fuertes impactos a la salud. Esto no significa que el problema de calidad del aire en interiores no se tiene que atender y regular, especialmente en beneficio del personal que trabaja en las cocinas de los restaurantes o en los gimnasios y que pasan largas horas encerrados en espacios altamente contaminados.

La OMS reconoce seis enfermedades que están directamente relacionadas con la contaminación atmosférica: las enfermedades isquémicas de corazón; aquellas respiratorias en vías inferiores, más comúnmente conocidas como neumonías; las pulmonares obstructivas crónicas (EPOC); los ataques cardíacos; los cánceres de pulmón, branquias y tráqueas; la diabetes mellitus tipo II. Hay otras enfermedades, menos exploradas, menos bien diagnosticadas y entendidas como los problemas en la reproducción; los nacimientos prematuros o el bajo peso al nacer o enfermedades neurodegenerativas como el alzhéimer.

Los niños son las principales víctimas. La lista es larga: problemas en el desarrollo neuronal; asma; desarrollo desigual de los pulmones; alteraciones al desarrollo del sistema inmune, y futuros problemas respiratorios, de obesidad.

Son 6.7 millones de personas que mueren al año por la mala calidad del aire. 3.2 millones mueren por la mala calidad del aire en interiores.

Hay historias detrás de estas cifras. Leila Guerriero dice que esas son las historias que incendian los datos. Hay cirujanos que se dedican a rebanar pulmones enfermos, infestados, colapsados por células cancerígenas; pacientes que son llagas sanguinolentas, que escupen por la boca pedacitos de pulmón; está Ella Adoo-Kissi-Debrad que tuvo una vida puntuada por ingresos hospitalarios, cerca de 30 por episodios de asma aguda y que terminó por ahogarse en sus propias vísceras. Tenía nueve años.

Nota. Utilizo este purificador de aire, este sensor exterior y este microsensor para interiores.

@andreabizberg