Redacción Animal Político · 17 de julio de 2024
Hace más de dos años emprendimos un camino que sabíamos que sería todo, menos corto; todo, menos fácil. La construcción de paz en un país, que es muchos países a la vez en cuanto a territorios, complejidades, contextos, poblaciones, requiere de una sinceridad sin tapujos ante un diagnóstico implacable que dista mucho de la esperanza y de una mirada que escape al cortoplacismo sexenal que nos ha invadido desde hace décadas.
Nos gustaría decir que recorriendo el país encontramos comunidades sólidas y organizadas, adolescentes y jóvenes confiando en un futuro posible y deseable, madres recargadas en la certeza de que sus hijas e hijos volverán a casa, policías dignificadas y capacitadas para su trabajo, fiscalías eficientes al margen de la impunidad, gobiernos confiables con resultados de transparencia y no corrupción, instituciones sólidas e independientes, territorios boyantes confiados en que lo que impera es el estado de derecho y no las redes de macro criminalidad.
Lo que nos encontramos en mil encuentros está reflejado en la Agenda Nacional de Paz, que recoge las miradas de más de 20,000 personas de 1600 instituciones. Cientos de estudios y espacios de análisis hablan de diagnósticos que coinciden en mayor o menor medida en los puntos medulares. No abundaremos más en ellos.
Un diagnóstico, en lo social, en lo médico, permite (o exige) un plan de acción. Un diagnóstico que amenaza la supervivencia exige cambios profundos, estrategias definidas que, si lo que se quiere es preservar la vida o recuperar la salud, implica estar dispuestos a dejar de ser quienes éramos, a renunciar a modos de ser, de interactuar, de operar que, en caso de insistir en conservarlos, nos conducirían a una muerte segura. Apegarse a la estrategia, al tratamiento, requiere siempre de un derroche de voluntad, de recursos, de decisiones concertadas, de renuncias.
A lo largo del periodo electoral pasado, más de 650 candidaturas a la presidencia, gubernaturas y presidencias municipales de todas las fuerzas políticas de 29 estados firmaron el Compromiso por la paz. En algunos casos discreparon del diagnóstico, pero en todos sin excepción coincidieron en el objetivo común de trabajar por la paz, la seguridad, la justicia, los derechos humanos y un tejido social sólido que permitan hacer de cada territorio mexicano un espacio habitable para quienes intentan vivir ahí.
Para lograrlo es inútil preguntar qué tenemos que hacer si no nos respondemos antes quiénes tenemos que ser para construir ese país que necesitamos para salir del desahucio. En quiénes tenemos que convertirnos para hacer frente al diagnóstico que amenaza la supervivencia. ¿Qué abogados, qué artistas, qué médicos, qué docentes, qué policías, qué empresarios, religiosos, intelectuales, periodistas, políticos, qué analistas, qué estudiantes, qué comerciantes, qué hombres, mujeres, jóvenes, qué sociedad civil tenemos que ser para responder por el presente y el futuro, para exigir, para retribuir, para dar la cara, para dormir con la tranquilidad de estar abonando a la construcción de paz aunque eso nos cueste el beneplácito, la sonrisa condescendiente, el privilegio de estar alineados al silencio y la decisión de preferir ignorar al camino a donde se dirige este tren si no hacemos cada quien lo que nos toca?
¿Qué presidenta, qué secretarías de estado, qué funcionarios públicos, qué policías, qué juezas, magistrados, legisladoras, qué gobernadores tenemos que ser para reducir el margen insólito de impunidad del delito que ronda el 94 %, para fortalecer la división de poderes, para evaluar los programas sociales por su impacto en el bienestar y no en las urnas, para implementar estrategias que desincentiven el delito y el crimen organizado y que promuevan la reinserción, para abrir espacio a las víctimas, a las minorías étnicas, políticas, sociales, para crecer éticamente en el triunfo y no desfallecer en la derrota?
Si conociendo el diagnóstico, reconociendo que distamos mucho de ser quienes tenemos que ser para lograrlo, no hace cada uno desde donde está, desde lo que es, todo lo humanamente posible para hacerse responsable de su parte, serán nuestros hijos y las generaciones venideras quienes juzguen nuestra omisión y nuestro silencio.
Estar a la altura de esta responsabilidad implica transformaciones individuales y colectivas profundas, renunciar al mundo de las ocurrencias, a la impotencia del desamparo, a la espera de que lo hagan otros, a la resignación de la insignificancia.
Buscando asumir el reto desde la corresponsabilidad, el Diálogo Nacional empieza ahora una tercera etapa con cuatro estrategias centrales:
Miles de personas en el país se han sumado ya al Diálogo Nacional por la Paz entendiendo que la paz requiere de la participación y el compromiso de cada individuo, de cada sector. Seguiremos trabajando sin descanso para contribuir a hacer de cada rincón del país un territorio habitable, y de cada presente, un futuro deseable y compartido.
* Ana Paula Hernández Romano es coordinadora del Diálogo Nacional por la Paz (@dialogopazmx).