Redacción Animal Político · 3 de agosto de 2023
Por mucho tiempo se han entendido las problematizaciones de género alrededor de las mujeres y lo femenino, aún desde diversos instrumentos jurídicos y acciones de los Estados; hablar de género se dio desde una construcción de sinónimo entre “género” y “mujer”, como que al hablar de violencia de género y discriminación por género era entender “violencia hacia la mujer”, en general. Por supuesto que estas construcciones han tenido una relevancia y un sentido histórico en cuanto a las violencias y luchas que se viven desde las mujeres en su diversidad, y desde lo femenino (o feminizado), en donde también entran las divergencias sexuales.
Sin embargo, es importante poner sobre la mesa la complejidad del género en su construcción binaria como una imposición ideológica e histórica que ha repercutido en la forma de entender los cuerpos y sus deberes y roles en la sociedad mexicana. En ese sentido, es importante problematizar también la masculinidad.
Históricamente y desde distintas latitudes, lo femenino se ha puesto como un lugar extraño y enigmático, al punto de considerarse como inferior o demoníaco en algunos lugares y épocas, como son los casos de la Grecia clásica, al pensar que las mujeres eran seres incompletos (en comparación al hombre), la cacería de brujas que se dio durante la inquisición europea (después expandida a los territorios conquistados) o la negación y estigmatización de la diversidad sexual en América durante y después de la colonia; lo femenino ha sido colocado en el lugar del otro, de lo diferente…
Pero… ¿diferente en relación a qué o en comparación a qué? La respuesta está dada entre líneas en el párrafo anterior: a lo masculino; aquello que de primer momento se relaciona a los hombres. Por lo que, en ese sentido, no es de extrañarse que ese lugar enigmático haya sido construido como tal pensando que el mundo antiguo y contemporáneo han sido erigidos desde el androcentrismo (sistema ideológico que coloca al hombre como centro y protagonista de la historia y del desarrollo de las civilizaciones humanas).
Así también cobra sentido que un mundo construido desde el androcentrismo se haya traducido en violencia hacia lo femenino, en negación de oportunidades, derechos y ejercicio de poder de lo femenino; donde las mujeres han tenido que luchar por derechos civiles y políticos como el voto, el trabajo, la educación, la propiedad privada, etcétera; donde también las disidencias sexuales han tenido que luchar por reconocimiento, respeto y derechos en general.
Así entonces, la masculinidad ha sido invisibilizada como un lugar de ejercicio de poder y de violencias, pues la misma historia androcentrista y patriarcal se ha encargado de normalizar esta como el orden natural de las cosas. Sin embargo, es importante identificar a la masculinidad como una fuente de violencias que es importante atender.
Vale la pena aclarar un par de cuestiones conceptuales: “masculinidad” no es igual a “hombre”, y ni hombre ni masculinidad es igual a violencia de forma intrínseca.
El entendimiento del género como una construcción social permite ver que no hay un comportamiento natural por el cuerpo que tenemos, sino que son los factores históricos, geográficos, políticos, culturales, religiosos, legislativos, etcétera, los que producen un impacto en la forma de entender un contexto en particular y los cuerpos de las personas que lo habitan. Desde la herencia colonial del contexto mexicano se ha entendido al género de manera binaria: como masculino y femenino, entendiendo uno en contraposición al otro, de manera exclusiva y excluyente, es decir, pensando que si se es masculino no se puede ser femenino y viceversa; sin embargo, la realidad no es así.
Es importante aclarar en ese sentido que lo masculino y lo femenino son una construcción del género, la cual ha tenido una traducción en los cuerpos de las personas: los hombres deben de ser masculinos y las mujeres deben de ser femeninas. En ese orden de ideas, sexo (las características cromosómicas, gonadales, genitales y hormonales) no es lo mismo que género, y es este último que a través de distintas normatividades y sistemas sociales genera órdenes y deberes.
Aún los mismos conceptos de hombre y mujer pueden ser analizados y problematizados desde la construcción del género. Sin embargo, para fines explicativos en cuanto a la masculinidad, lo importante es poner en la mira el cómo los cuerpos leídos socialmente o asumidos como hombres y mujeres deben comportarse de cierta manera y desempeñar ciertos roles. Esto quiere decir que hay códigos y deberes sociales que dicen que significa “ser hombre” y “ser mujer”, como el que los hombres deban de ejercer un papel activo, ser proveedores, racionales, líderes natos y vestir de azul mientras que las mujeres deban de ejercer un papel pasivo, ser cuidadoras, emocionales, sumisas y vestir de rosa.
Los deberes de género han marcado una jerarquía de valor entre lo masculino y lo femenino, en donde históricamente el primero ha sido más valorado por las implicaciones de apropiación y fuerza que han representado en el espacio público frente al espacio privado.
Enfocándonos en la masculinidad (aunque aplica en el mismo sentido para la feminidad), las personas masculinas no nacen, sino se hacen, en un largo proceso de socialización y educación en donde se aprende a ser una persona masculina, y es así, y de acuerdo a los diversos contextos, que hay múltiples formas de ejercer las masculinidades.
El problema con la construcción de masculinidades (principalmente como deberes sociales de los hombres) es que se han desarrollado a partir de ciertos estandartes que implican más poder y dominio sobre otras personas, como el uso de la fuerza física como recurso ante los conflictos, mostrarse invulnerable emocionalmente, ser autosuficiente y proveedor de un espacio, saber qué hacer y tener control sobre cualquier situación, y hasta replicar la normatividad de la masculinidad en contraposición con la feminidad siendo homofóbico, etcétera.
En ese sentido, no es extraño escuchar frases en lo cotidiano que tienen que ver con la desvalorización de la feminidad como “pegas como niña”, “aguántate que eres hombre”, “¡habla fuerte, como hombre!”, “no llores, pareces vieja”, “casi choca, seguro era mujer”, “no seas marica”, etcétera.
Hay un tipo de masculinidad, la cual podemos nombrar como hegemónica, que se presenta en distintos espacios de socialización como en los medios de comunicación, como aquella de idealización en la que se exaltan ciertos valores como la ambición, la competitividad, el abuso de poder, la riqueza, el éxito económico, el riesgo y la violencia. En México una forma de masculinidad hegemónica se ha dado a partir del “ser macho”, lo cual representa ser autoridad, viril, proveedor y tener el control y dominio de sí mismo y de otras personas, en un primer lugar de las mujeres y las disidencias sexuales, y en segundo, de otros hombres.
Estas idealizaciones de la masculinidad hegemónica implican repercusiones negativas aún para los propios hombres, pues se establecen como lugares prácticamente inalcanzables para la mayoría, y el no cumplir con dicho ideal se puede traducir en violencias y opresiones. Interseccionando la construcción de masculinidad con otras características, cualquier persona que no sea un hombre, blanco, cisgénero, heterosexual, sin discapacidades, europeo y con mucho dinero puede ser violentada al no cumplir con alguna de estas características.
La masculinidad hegemónica representa un riesgo para todas las personas, pues aquellas personas u hombres que traten de alcanzar este ideal, pero no puedan, es posible que traten de utilizar otros recursos de dominación o control para reafirmar su masculinidad; un ejemplo de esto es el uso de las armas como recurso por parte de algunos hombres cuando su masculinidad se ve amenazada.
En un mundo patriarcal en donde el dinero, el control y el dominio son pilares de significado masculino, es importante hacer conciencia de las implicaciones que tiene el seguir reproduciendo estos estándares perpetuadores de violencias; proponer y promover otras formas no violentas de ejercer la masculinidad es vital para la construcción de espacios y sociedades más justas e igualitarias, en donde las personas puedan ser quienes quieran ser sin el miedo de ser señaladas o violentadas por este simple hecho.
Así entonces, es pertinente hacer un énfasis en que los hombres no son violentos de manera intrínseca, sino que es un aprendizaje que se adquiere a partir de las órdenes de masculinidad, por lo que también cabe mencionar, que el poner en la mira la construcción de masculinidades, no es aludiendo a su desaparición, sino a dejar de ejercer violencia a partir de estas; de manera reducida no importa la forma de ejercicio de masculinidad mientras ésta no ejerza ni reproduzca violencias.
Esta discusión debe continuar para problematizar la construcción de masculinidades, la atención que debe darse a las personas que se asuman desde lo masculino o ejerzan la masculinidad (cualquier persona sin importar su género puede hacer uso de esta) para promover formas más seguras y pacíficas de existir para todas las personas diversas, y en ese sentido también para asumir la responsabilidad de reconocerla como la principal fuente de violencia de género (y de muchas otras violencias) hacia las mujeres en su diversidad, las disidencias sexuales, pero también hacia los mismos hombres.
* Ricardo Portilla es asesor educativo en la Subdirección de Educación del COPRED.