Jardiel Palomec · 27 de julio de 2016
Asumiré para los efectos de este texto que todos los gobernadores electos tienen la voluntad de liderar la construcción de entidades federativas pacíficas y libres de violencia. Me dirijo a cada uno de ellos.
Usted se encuentra en una encrucijada. Tiene enfrente dos posibles caminos. En la puerta de uno hay un letrero con estas palabras: “Gobierno político de la seguridad”, mientras que en el otro se lee “Desgobierno político de la seguridad”. Si decide tomar el primero le tocará liderar la construcción e implementación de una política pública integral en la materia; si se va por el segundo entonces deberá ceder la toma de decisiones a los responsables de las instituciones armadas civiles y militares desplegadas en la entidad. El gobierno político de la seguridad es la vía del cambio porque hace posible construir políticas complejas para enfrentar problemas precisamente complejos; el otro es la senda de la continuidad porque reduce la inseguridad a un problema de uso de la fuerza. Es la fórmula que desbarrancó al país hacia la reproducción de la violencia.
En esto no hay grises y la decisión que tome definirá mucho de su gobierno y de su legado. En caso de que haya decidido la cesión de la responsabilidad a los operadores armados, aquí termina el texto. En caso contrario, siga leyendo.
Si usted ha decidido asumir el liderazgo propio de un gobierno político de la seguridad, ahora debe también asumir que todo el poder en sus manos jamás le alcanzará para lograr el éxito. Sean cuales sean las atribuciones de su encargo, la infraestructura a su disposición y el monto de recursos a su alcance, todo ello no es suficiente para construir la seguridad. No se confunda. No importa con cuál margen de votos haya ganado, no importa de qué tamaño sean sus redes de influencia entre las élites públicas y privadas en la entidad y el país, entienda que jamás llegará a la contención sostenible de la violencia sin el más importante de todos los soportes: la tracción social. Cada día que pase sin que usted entienda que la seguridad se coproduce con la sociedad, se alejará de un éxito posible.
Aquí también hay dos alternativas: usted puede entender que la seguridad se construye desde arriba o desde abajo. La primera opción es la vía del error. Los emisarios del pasado siguen pensando que las grandes decisiones desde las altas jerarquías colocadas atrás de los fastuosos escritorios, tienen la potencia para construir comunidades seguras y no violentas. Nada de eso. El gobierno político de la seguridad se hace en la calle y con la gente. Centenas de casos lo demuestran en América Latina. Las soluciones a la inseguridad y la violencia son focalizadas, calle por calle, y su diseño e implementación opera en mancuerna entre la autoridad y las comunidades. A usted le toca poner el ejemplo sin escritorios de por medio. El liderazgo político de la seguridad pasa por ahí.
Lo más probable es que quienes ya le están dando recomendaciones para enfrentar la inseguridad y la violencia en la entidad federativa que gobernará, no están conectados al foro nacional e internacional del saber experto. Puede ser incluso que ni siquiera saben que tal foro existe. Si es el caso, entonces le están llevando medicinas viejas, tratamientos caducos para tratar enfermedades nuevas. Le están llevando propuestas simples, casi siempre asociadas al espejismo del remedio por la vía del uso de la fuerza. Le están llevando propuestas que no están ancladas a la evidencia empírica. Aparece con esto una disyuntiva más. Usted debe decidir si tomará decisiones basadas en la intuición o lo hará con soporte metodológico y evidencia empírica. Si lo suyo es el conocimiento de la calle, si más bien lo convence quien dice saber cómo se hacen las cosas porque se ha curtido en el terreno, independientemente de que cuente o no con un marco metodológico para argumentar sus propuestas, entonces lo que sigue en este texto no es para usted.
Si en cambio ha decidido construir una política de seguridad que por supuesto se beneficie del conocimiento en terreno, pero se contextualice dentro de marcos teóricos y se conduzca por medio de instrumentos técnicos, entonces busque a quienes están conectados a la producción del conocimiento que ha documentado los casos prometedores y de éxito en la construcción de comunidades seguras y libres de violencia, dentro y fuera del país. Instale un laboratorio de innovación con expertos nacionales y extranjeros. Encargue al laboratorio el diseño de una política pública de seguridad moderna y ambiciosa, soportada a su vez en un programa de trabajo controlado por las mejores herramientas de evaluación. Abrace la innovación, rompa con paradigmas e invierta en la creatividad. El peor camino puede ser la repetición y la promesa está en la innovación.
Una más. Ahí donde las cosas están peor es donde más cambios hay que hacer. Parece lo más obvio cuando en realidad es lo más difícil. Ahí donde los homicidios violentos rebasan toda proporción, suele ser donde más reactiva es la respuesta del Estado y de la sociedad; es donde menos espacio se da a la construcción de alternativas propias de una política integral; es donde quizá hace mucho tiempo se dejó siquiera de pensar que era posible reconstruir el andamiaje institucional y el tejido social; es ahí donde suelen mandar los más duros, es decir, los que parecen tener la razón cuando blanden el arma para convencer a todos que se acabaron las opciones no armadas frente a la violencia armada. Por esa vía se reproduce a sí misma la supuesta salida que en realidad cierra el paso a la solución. Seis años de gobierno en una entidad federativa dan para reconstruir todo lo que sea necesario. También dan para seguir alimentando y profundizando la crisis de inseguridad y violencia. Nadie dice que el uso de la fuerza no es en ocasiones necesario. El problema llega cuando la medida se pone al frente. Cuando así sucede, los propios gobernadores se colocan del lado del problema, muchas veces sin siquiera saberlo.