Las consecuencias definen la realidad: la crisis ambiental no espera

Joel Aguirre · 17 de octubre de 2026

Las consecuencias definen la realidad: la crisis ambiental no espera

Por José Urbina Bravo, Pepe Tiburón

Micrófonos mañaneros, altavoces comentocratas e IA que, más que agua, evapora neuronas: ninguno define la realidad. Son las consecuencias de nuestras decisiones las que la definen, y nuestra realidad se cae a pedazos a las orillas del mar en San Pancho, en la pestilencia del agua de Guadalajara, en tablas con clavos para amedrentar fauna nativa, con cada árbol talado en la selva de la península de Yucatán, en los cenotes perforados, en el acuífero contaminado y en las costas muriendo por falta de manglar.

​La esperanza para reparar estos daños pareciera depender de un milagro, uno muy diferente al “Milagro Mexicano”, gestado en la ambición de modernidad en 1940, y que continuó hasta 1970 arrasando con los recursos naturales hasta coronarse con la Revolución Verde. Una revolución tan alejada del progreso y tan virulenta como el lema: “Que solo los caminos queden sin sembrarse…”.

​La ignorancia que forjó semejante concepción del desarrollo se extendió hasta 1988, cuando la esperanza por proteger nuestros ecosistemas encontró respaldo legal en la naciente Ley General del Equilibrio Ecológico y la Protección al Ambiente. Pero a esa esperanza le dieron un baño de realidad estructural, con nuevas formas de corromper el sistema: los permisos ambientales irregulares se convirtieron en recaudación; los cambios de uso de suelo, en bonos de fin de año; y las zonas protegidas, en planes de retiro al finalizar los mandatos. 

Cambiaron las siglas, pero la constante fue la misma, las instituciones que nos debían proteger terminaron contaminadas de funcionarios corruptos; y las que no, a merced de un presupuesto irreal para afrontar la misión para la que se habían fundado. Hasta el día de hoy, ni la SEMARNAT, ni la CONANP, ni la PROFEPA tienen la capacidad para cumplir sus funciones; en uno de los países más diversos del mundo, quienes deben proteger esa diversidad son rebasados por un sistema donde destruir el medio ambiente es más rentable para el Estado que protegerlo.

Tan rentable que a los ciudadanos que alzan la voz para defender su hogar se les persigue sistemáticamente; se les puede amenazar o difamar desde las más altas tribunas del país y se les elimina sin mayor consecuencia que unas sentidas palabras en redes sociales.

La sociedad no debe ignorar las consecuencias de las malas decisiones ambientales

​Pero para quien cometió y permitió los ecocidios, la impunidad es la norma: ni me vengan con eso de que la ley es la ley, ni te pares enfrente del desarrollo que te estoy prometiendo, porque te atropello.

​Las promesas de desarrollo pueden ignorar la realidad, pero nosotros no podemos ignorar las consecuencias de esta ignorancia. La explotación de nuestros recursos naturales ha obedecido a razones que nada tienen que ver con la protección de nuestro país; hoy seguimos discutiendo si existe el fracking sustentable, defendiendo nuestros bosques de incendios provocados y de la especulación inmobiliaria. Hoy nuestros mares están a merced de promesas ajenas al valor de una ballena, del coral y de los pastos marinos. La ciudadanía ha alzado la voz como nunca antes y encuentra en la indiferencia de las autoridades un obstáculo para defender su hogar. Basta.

Hay que hablar más fuerte.

​De haber escuchado advertencias e indicaciones de especialistas, muchas de estas catástrofes ambientales pudieron haberse evitado; si se hubiera escuchado a la ciencia y respetado la ley en lugar de anteponer decretos y proyecciones mercantiles, nuestras playas y ecosistemas hoy estarían sanos. Tenemos que entender que no nos dirigimos a una emergencia ambiental: somos cómplices de una, y por ello mismo está en nuestras manos resolverla. México ha sido siempre un ejemplo de unión ante las catástrofes; hagamos algo, cada quien con los recursos a su alcance.

​¿Qué puedes hacer tú? Lo que sea. Hazlo. Ya.

​¿Qué puede hacer el gobierno? Está en nuestras manos exigirle qué es lo que queremos como mexicanos para nuestro país. Para comenzar, proteger de inmediato el acuífero de la Selva Maya mediante un Área Natural Protegida que garantice su restauración y vida.

​¿Tengo que explicarte el valor del agua?

​El futuro de México no se debe decidir en un escritorio ni en un decreto; se defiende en el territorio, siendo voz, con más voluntad. Defender la naturaleza es defendernos a nosotros mismos. La indiferencia nunca fue una opción; el presente es su consecuencia. La transformación ambiental de México empieza con la determinación de su gente. Exijamos lo justo, protejamos lo nuestro, definamos nuestra realidad con cada acción. El reto es inmenso: como México, no demos ni un paso atrás.

*José Urbina Bravo (@tiburon_pepe) es buzo de cuevas e integrante de Selvame del Tren (@SelvameMX).